Cuando estaba a punto de entrar, un policía auxiliar asignado a la puerta principal le rindió el saludo reglamentario. Su uniforme estaba gastado por los años, pero su espalda recta reflejaba dignidad.
Valeria se detuvo de golpe.
Sus ojos se clavaron en el rostro del auxiliar.
Los administrativos y oficiales quedaron paralizados. Pensaron que tal vez el guardia había cometido algún error. Pero lo que sucedió al instante siguiente dejó a todos en shock.
Los ojos de la mujer más poderosa de la policía estatal se llenaron de lágrimas. Juntó las manos y se inclinó frente al policía auxiliar.
El silencio fue tan profundo que el tic-tac del reloj parecía retumbar en las paredes.
Con la voz quebrada, Valeria murmuró:
—¿Miguel… eres tú? ¿Aquí? ¿Así?
Valeria y Miguel se habían casado ocho años atrás en un pequeño pueblo de Oaxaca. Miguel era un joven brillante, pero de origen humilde. El sueño de Valeria siempre fue ingresar a la academia y llegar lejos en la corporación.
Miguel apostó todo por ella.
Trabajaba como albañil durante el día y por las noches la ayudaba a estudiar. Para pagar los cursos, los libros y la estancia en la Ciudad de México, vendió el terreno que había heredado de su padre.
Valeria lo logró. Ascendió. Se convirtió en una oficial de alto rango.
Pero el éxito vino acompañado de soberbia.
La vida entre escoltas, eventos oficiales y camionetas blindadas la cambió. La sencillez de Miguel, sus manos ásperas y su forma directa de hablar comenzaron a parecerle una vergüenza.
Hace cuatro años, cegada por el poder, le dijo sin rodeos:
—Miguel, tú no estás a mi nivel. Cuando me preguntan a qué se dedica mi esposo, no puedo decir que es un obrero sin estudios. Quiero el divorcio.
Miguel no discutió. Firmó los papeles en silencio, tomó una mochila vieja… y desapareció.
Valeria pensó que se había liberado de un peso.
Días después del reencuentro, Valeria estaba sentada en su oficina de lujo, pero no podía concentrarse. Llamó al inspector de la comandancia.
—¿Desde cuándo está aquí el policía auxiliar… Miguel?
El inspector respondió con cautela:
—Comandanta, lleva casi dos años. Es el más honesto que tenemos. Lo curioso es que dona todo su sueldo a un orfanato del pueblo y él vive en un cuartito rentado.
El corazón de Valeria se encogió.
Esa misma tarde, vestida de civil, fue a buscarlo. El cuarto estaba en una zona marginal. Pequeño. Humilde. En la pared colgaba una sola foto: Valeria el día que se puso el uniforme por primera vez.
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