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La chica de la habitación 207 – La anfitriona que se negó a mirar hacia otro lado

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Mariela llevaba cinco años trabajando en el turno de noche del Hotel El Faro. Enclavado en un tramo solitario de la carretera, el descolorido edificio veía un flujo constante de camioneros, turistas y familias que necesitaban una cama antes de seguir adelante. Había visto huéspedes extraños y comportamientos extraños antes, pero nada la había estremecido tanto como esa pareja.

Era una tarde fresca de marzo cuando los vio por primera vez. Un hombre corpulento y robusto, con barba descuidada, entró en el vestíbulo, seguido de una adolescente delgada que no aparentaba más de catorce años. Llenó el registro de huéspedes con el nombre de «Rubén Cifuentes y pariente». La chica permaneció en silencio, con la mirada baja y los hombros encogidos, como si deseara desaparecer. Mariela supuso que simplemente era tímida o estaba cansada del viaje.

Pero a partir de esa noche, algo en ellos carcomió sus instintos.

Llegaban todas las noches a las diez en punto. Nunca comían en el restaurante ni usaban el salón. Y lo más inquietante era que a la niña nunca le permitían estar sola ni un momento. Rubén la rondaba constantemente, incluso cuando iba a la máquina expendedora. Mariela intentó sonreírle una vez. Sus miradas se cruzaron por un instante, pero en ese breve instante, Mariela vio algo inconfundible: una súplica silenciosa, un grito de auxilio silencioso atrapado en una niña que no podía hablar.

Una noche tranquila, el hotel estaba casi vacío, y Mariela subió a entregar toallas limpias. Al pasar por la habitación 207, oyó un golpe sordo seguido de una voz grave y aguda. Se le tensó el cuerpo. Intentó tranquilizarse; quizá había oído mal, quizá no era asunto suyo.

Pero más tarde, mientras limpiaba un pasillo y sacudía una alfombra, notó que la pequeña ventana del baño de la habitación 207 estaba entreabierta. La curiosidad —y el miedo— la obligaron a mirar dentro.

Lo que vio le revolvió el estómago.

Lucía estaba sentada al borde de la cama, con lágrimas resbalando silenciosamente por sus mejillas. Un gran moretón le oscurecía el brazo. Rubén le agarraba la muñeca con fuerza, inclinándose hacia su rostro, hablándole con una voz que destilaba amenaza y control. El terror en la expresión de la chica era inconfundible.

El pulso de Mariela latía con fuerza en sus oídos. Sabía que no podía ignorarlo. Esa chica necesitaba a alguien, a cualquiera, que hiciera lo que ella no podía.

Regresó a la recepción, dando vueltas, con los nervios a flor de piel. Las dudas surgieron de inmediato:

¿Y si lo malinterpretó? ¿Y si el hombre era en realidad su padre y ella malinterpretó la situación? ¿Y si la policía la despidió?

Pero ella había visto el moretón. Había visto el miedo.

Eso fue suficiente.

Volvió arriba media hora después. La habitación estaba en silencio, salvo por el clic metálico de la cerradura. Escuchó, se apretó contra la puerta y, tras unos instantes, oyó un sollozo ahogado y algo que se estrellaba contra el suelo. Con el pánico apoderándose de ella, llamó a la policía, explicando todo lo que había presenciado. Los agentes dijeron que enviarían ayuda, pero que necesitaban verificar primero.

Mariela no podía quedarse quieta. Recorrió el pasillo, fingiendo revisar las habitaciones vacías, pero atenta a cualquier señal de peligro.

De repente, un grito rompió el silencio.

Ella se apresuró a llegar a la habitación 207 y llamó con fuerza.

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