Miró a su alrededor con los ojos llenos de ilusión, observando los juguetes, las bolsas de alimento y las correas colgadas en las paredes.
—Señor —preguntó con timidez—, ¿cuánto cuestan los cachorritos?
El dueño de la tienda, un hombre de sonrisa amable, respondió
—Entre treinta y cincuenta reales, muchacho.
El niño metió la mano en el bolsillo y sacó unas monedas y billetes arrugados.
—Pero… yo solo tengo tres reales —dijo en voz baja—.
¿Podría al menos verlos?
El hombre sonrió con ternura y llamó:
—¡Lady! Ven a mostrar tus bebés.
Lady, la perrita madre, entró trotando alegremente, seguida de cinco bolitas de pelo que se tambaleaban detrás de ella. Pero uno de los cachorritos venía rezagado, cojeando de manera evidente.
El niño lo señaló enseguida.
—¿Qué le pasa a ese?
El dueño suspiró.
—El veterinario lo examinó. Tiene un problema en la articulación de la cadera. Cojeará toda la vida. No podrá correr como los demás.
Pero los ojos del niño brillaron como si hubiera encontrado un tesoro.
—¡Ese! ¡Ese es el que quiero!
El hombre lo miró sorprendido.
—No, no… ese no querrás llevártelo. Si de verdad lo quieres, te lo regalo.
El niño se quedó callado un instante. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero habló con una firmeza que no se esperaba de alguien tan pequeño:

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