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Juan Gabriel Miró al Público y Bajó la Voz — Ese Gesto Nunca se Repitió

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Marzo de 1996. Juan Gabriel está en medio de un concierto en el Auditorio Nacional. Lleva una hora cantando. El público está eufórico, saltando, gritando cada letra. Entonces, sin aviso, Juan Gabriel deja de cantar. La música sigue, la orquesta toca, pero él no canta. Solo mira al público lentamente, como si estuviera buscando algo o a alguien.

Luego levanta la mano. La orquesta se detiene. El silencio es absoluto. Juan Gabriel baja la voz tanto que la gente en las últimas filas apenas puede escuchar lo que dice en esos 3 minutos. Cambia el concierto, cambia a todos los que están ahí y nunca vuelve a repetirse porque lo que Juan Gabriel vio esa noche en el público no lo volverá a ver jamás.

Esta es la historia. El Auditorio Nacional está ubicado en Paseo de la Reforma. Es un edificio circular moderno, gris. Puede albergar a 10,000 personas sentadas. Esta noche está completamente lleno. Cada butaca ocupada. Gente de pie en los pasillos, en los balcones, en todas partes. Es la quinta noche consecutiva que Juan Gabriel se presenta aquí.

Cinco noches con entradas agotadas. Más de 50,000 personas en total. han venido a verlo esta semana. Es marzo de 1996. Juan Gabriel tiene 46 años. Está en la cúspide de su carrera. Su voz sigue siendo poderosa. Su energía en el escenario es inagotable. Sus conciertos son eventos, no solo shows, eventos. Esta noche es especial porque es la última de las 5. Mañana descansa.

Pasado mañana viaja a Los Ángeles para grabar un programa de televisión. Pero esta noche es para la ciudad de México, para su gente, para quienes lo han seguido desde el principio. El concierto empezó a las 9 de la noche, ahora son las 10. Juan Gabriel ha cantado 15 canciones sin parar, sin descanso, una tras otra.

El público canta con él cada canción, cada palabra. Algunos lloran, otros ríen, todos sienten. Juan Gabriel viste un traje blanco, completamente blanco. Saco, pantalón, zapatos. Hasta el pañuelo en el bolsillo es blanco. Brilla bajo las luces del escenario. Parece un ángel o un santo, algo no terrenal. Acaba de terminar de cantar hasta que te conocí.

El público aplaude, grita, pide más. Siempre piden more. Juan Gabriel camina hacia el centro del escenario, toma el micrófono de su soporte, lo sostiene con ambas manos, se queda ahí parado, quieto, mirando al público. La orquesta empieza a tocar los primeros acordes de la siguiente canción. Querida, una de sus canciones más conocidas.

El público reconoce la melodía inmediatamente. Empieza a aplaudir, a gritar, listos para cantar con él. Pero Juan Gabriel no canta, solo sostiene el micrófono mirando. Pasan 5 segundos, 10, 15. El público se da cuenta de que algo está pasando. Los gritos se callan, los aplausos se detienen. Solo queda la música, la orquesta tocando, esperando que Juan Gabriel empiece a cantar.

Pero él no canta, solo mira sus ojos. Recorren el auditorio de izquierda a derecha. de adelante hacia atrás, como si estuviera buscando algo específico, como si supiera que algo está ahí, pero no puede encontrarlo todavía. 30 segundos. La orquesta sigue tocando. El director musical mira a Juan Gabriel con confusión. Olvidó la letra.

Se siente mal. ¿Qué está pasando? Juan Gabriel finalmente levanta la mano. Un gesto pequeño pero claro. La orquesta se detiene. El silencio es inmediato. Total 10,000 personas conteniendo la respiración. Juan Gabriel baja el micrófono, lo sostiene a la altura de su pecho, no de su boca. Empieza a hablar, pero no con la voz que usa para cantar.

No con la voz que proyecta a las últimas filas. Con una voz baja, suave. Casi un susurro. La gente en las primeras filas puede escucharlo claramente. Los de en medio tienen que esforzarse. Los de atrás apenas captan palabras sueltas. Pero todos se quedan quietos. Todos intentan escuchar. Perdonen que detenga el show, dice Juan Gabriel.

Su voz suena diferente, vulnerable, real. Sé que vinieron a cantar, a bailar, a olvidarse de sus problemas por unas horas. Y lo vamos a hacer, se los prometo. Pero antes necesito decir algo. Pausa. El silencio es tan profundo que se puede escuchar a alguien tosiendo en el balcón superior. Llevo cinco noches cantando aquí.

50,000 personas me han visto esta semana. He cantado las mismas canciones, hecho los mismos movimientos, he dicho las mismas palabras. Es mi trabajo, es lo que hago y lo amo. Otra pausa. Juan Gabriel mira hacia abajo al piso del escenario. Pero esta noche, mientras cantaba, vi algo que me detuvo. Vi algo que no había visto en las otras cuatro noches.

Levanta la vista, mira hacia la sección central del auditorio. Filas 15 a 20 más o menos. Vi a una pareja. No sé quiénes son. No sé sus nombres, pero los vi y lo que vi me recordó algo que había olvidado. Juan Gabriel camina lentamente hacia el borde del escenario. Se agacha como si quisiera estar más cerca del público, más al nivel de ellos.

La pareja está sentada ahí en el centro. Él debe tenerunos 60 años, ella tal vez 55. No estoy seguro. No importa. Lo que importa es que él está en silla de ruedas y ella está sentada junto a él. Y durante todo el concierto, ella ha estado sosteniéndole la mano. Algunas personas en el público empiezan a buscar con la mirada tratando de identificar a la pareja, pero Juan Gabriel levanta la mano. No los busquen.

No es para eso que lo digo, es para otra cosa. Se incorpora un poco, todavía en cuclillas en el borde del escenario. Hace un rato, cuando canté Amor eterno, vi que ella lloraba y él también. Pero lo que me llamó la atención no fue que lloraran. Mucha gente llora con esa canción. Yo también lloro a veces cuando la canto. Sonríe ligeramente.

Algunos en el público ríen suavemente. Lo que me llamó la atención fue que cada vez que ella lloraba, él le apretaba la mano y cada vez que él lloraba, ella le limpiaba las lágrimas con tanta delicadeza, con tanto amor, como si fueran lo único que existía en este lugar, como si no hubiera otras 9998 personas aquí. Juan Gabriel se pone de pie, camina de regreso al centro del escenario y me di cuenta de algo.

Me di cuenta de que yo canto sobre amor, escribo sobre amor, hablo sobre amor, pero hace mucho tiempo que no veo amor real, amor de verdad, amor que no necesita palabras, amor que se demuestra con un apretón de mano, con limpiar una lágrima. El público está completamente silencioso. Algunas personas están llorando ahora sin saber exactamente por qué, solo sintiendo.

Yo he tenido éxito, he vendido millones de discos, he llenado estadios, he ganado premios, pero no he tenido eso, ese tipo de amor que vi esta noche en esa pareja y tal vez nunca lo tendré. Y está bien, no todos podemos tener todo. Juan Gabriel mira directamente a donde está la pareja, aunque desde el escenario con las luces es difícil ver al público claramente, pero quiero agradecerles a ustedes dos porque me recordaron por qué escribo canciones.

No para vender discos, no para llenar auditorios, sino para capturar esos momentos, esos gestos pequeños que son todo. Levanta el micrófono a su boca. Ahora su voz sigue baja pero más clara. Así que esta canción va para ustedes. No sé sus nombres, pero no importa. Esta canción es para el hombre que le aprieta la mano a su esposa cuando ella llora y para la mujer que le limpia las lágrimas a su esposo cuando él las derrama.

Porque ustedes son de lo que trata todo esto. Hace una señal a la orquesta, pero no es para tocar, querida, es otra canción. empiezan a tocar siempre en mi mente una canción más lenta, más íntima, más honesta. Juan Gabriel canta, pero diferente. No está actuando, está sintiendo cada palabra, cada nota. El público está hipnotizado.

Nadie se mueve, nadie habla, solo escuchan. Cuando termina la canción hay silencio por 3 segundos completos, luego los aplausos. Pero no son aplausos normales, son aplausos respetuosos, reverentes, como en una iglesia. Juan Gabriel sonríe, limpia sus propios ojos. Gracias. Ahora sí, sigamos con la fiesta.

La orquesta empieza a tocar una canción alegre. El público grita, salta, canta. El concierto continúa como si nada hubiera pasado. Pero algo pasó. Todos los que estaban ahí lo sintieron. Cuando el concierto termina dos horas después, la gente sale del auditorio diferente. No saben explicar por qué, pero algo cambió. Juan Gabriel vuelve a su camerino, se quita el traje blanco, se sienta en el sofá, exhausto, feliz, triste, todo al mismo tiempo.

Mario, su asistente, entra. Fue un gran show. Gracias. Lo que dijiste ahí afuera sobre la pareja fue hermoso. Juan Gabriel asiente. No dice nada. De verdad los viste o fue algo que improvisaste. Juan Gabriel lo mira. Los vi. Cada detalle, cada gesto, todo era real. Mario se sienta junto a él. ¿Por qué paraste el show para decirlo? Juan Gabriel piensa, tarda en responder.

Porque a veces veo tantas cosas que dejo de verlas de verdad. Veo miles de caras cada noche, pero no las veo. Solo veo una masa, un público, no personas. Se inclina hacia adelante, los codos en las rodillas, pero esta noche los vi a ellos dos y me recordaron que detrás de cada boleto vendido hay una historia, hay una vida, hay amor, hay dolor, hay todo.

¿Crees que ellos supieron que hablabas de ellos? No sé, tal vez, tal vez no, no importa. Pero sí importaba porque en la fila 16 del Auditorio Nacional, la pareja que Juan Gabriel describió está todavía sentada, aunque el lugar ya está casi vacío, aunque los trabajadores del lugar están empezando a limpiar. El hombre en la silla de ruedas se llama Roberto. Tiene 62 años.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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