Esa noche, Walter evitó mirarla, como si no mirarla lo absolviera, y Matilde entendió que su padre se estaba vendiendo a sí mismo también, aunque no lo admitiera.
Dos días después, Matilde subió al coche negro con una maleta pequeña, sin joyas, sin despedidas largas, y con la sensación de estar entrando en un destino ya escrito por otros.
El camino hacia la ciudad se sintió interminable, y cada kilómetro parecía arrancarle una capa de la persona que había sido.
Cuando llegaron a la propiedad de Brandão, Matilde vio un mundo de muros altos, jardines perfectos y empleados que caminaban en silencio, como si el aire tuviera dueño.
Esperó crueldad, esperaba órdenes humillantes, esperaba convertirse en una pieza más de una vida rica y fría.
Pero lo primero que vio fue un hombre mayor de lo que imaginaba, con ojos cansados y un gesto de tristeza que no encajaba con la fama de monstruo.
Otávio Brandão no la tocó, no la miró como mercancía, no celebró su “compra” como un trofeo.
En cambio, le dijo una frase que la dejó confundida: “Nadie debería llegar aquí por hambre.”
Matilde pensó que era teatro, una manera elegante de disfrazar la prisión, pero los días siguientes empezaron a contradecir esa idea.
Le dieron una habitación propia, comida suficiente y tiempo para respirar, y aunque seguía sintiéndose atrapada, la trampa no tenía los dientes que ella esperaba.
Brandão la llamó a su despacho una tarde, y Matilde entró temblando, preparada para la humillación definitiva.
Pero él no habló de su cuerpo, habló de papeles, de la deuda pagada, de un contrato que podía romperse si ella decidía irse.

Matilde no entendía, porque si podía irse, entonces ¿por qué estaba allí, y qué significaba realmente esa “compra”?
Brandão le confesó que no necesitaba esposa ni amante, que necesitaba alguien que escuchara, alguien que no estuviera en su círculo de interés y traición.
Su vida, dijo, estaba rodeada de personas que lo adulaban por dinero, y su casa estaba llena de silencio, un silencio tan grande que lo estaba consumiendo.
Matilde sintió una mezcla de desconfianza y compasión, porque seguía siendo injusto, pero ya no era el horror simple que el pueblo le había pintado.
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