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“Fui Cocinera Del CJNG”: Env3n3né A 14 Sic4rios Que Mat4ron A Mi Hijoo”

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Reconocí las hojas oscuras y las flores moradas casi negras que mi madre me había mostrado hacía tantos años. Mi tía me enseñó a cortarla correctamente, a seleccionar las hojas más maduras, a extraer las raíces sin dañar la planta para que siguiera creciendo. Me explicó otra vez cómo preparar el veneno, cómo calcular las dosis, cómo conservarlo para que no perdiera potencia.

Una cucharadita en la comida mata a un hombre de 80 kg en 8 a 12 horas. Me recordó. Los síntomas parecen un infarto. Dolor en el pecho, dificultad para respirar, sudoración. Para cuando llega al hospital ya está muerto y ningún doctor va a encontrar nada raro en la autopsia porque nadie sabe buscar esta planta. Le agradecí con un abrazo largo y apretado.

Mi tía me besó la frente y me dijo que rezaría por mí, que le pidiera perdón a la Virgen por lo que iba a hacer, que no olvidara que aunque los hombres merecieran la muerte, el acto de matar siempre dejaba cicatrices en el alma. Regresé a Guadalajara con una bolsa llena de dormilona negra escondida entre mis cosas. Pasé los siguientes días procesando las plantas según las instrucciones de mi madre y mi tía.

Sequé las hojas al sol, las molí en el metate hasta convertirlas en polvo fino. Preparé un extracto concentrado hirviéndolas en agua y evaporando el líquido hasta que quedó una pasta oscura. Guardé el veneno en frascos pequeños de vidrio que escondí en el fondo de mi alacena. detrás de los frascos de especias que usaba para cocinar.

Nadie sospecharía de unos frasquitos más en la cocina de una cocinera. También preparé toloache y chamico por si necesitaba variar los métodos. Cada veneno tenía sus ventajas y desventajas. El toloache era más fácil de conseguir, pero tenía un ligero sabor amargo. El chamico era más potente, pero tardaba más en hacer efecto.

La dormilona negra era perfecta, pero difícil de reponer una vez que se acabara. Para finales de mayo, un mes después de la muerte de Daniel, ya estaba lista para empezar. Mi primer objetivo fue el zorro, el halcón que había reportado a mi hijo aquella noche fatal. Era un tipo flaco y nervioso de unos 30 años, con ojos pequeños y nariz puntiaguda que le habían ganado el apodo.

Venía a comer a la casa de Tlajomulco tres o cuatro veces por semana. Siempre pedía lo mismo, un plato de pozole rojo con mucho orégano y chile. Observé sus rutinas durante dos semanas. Siempre llegaba solo, siempre se sentaba en la misma esquina del comedor, siempre comía rápido, como si tuviera prisa por irse.

Era perfecto para mi primer intento. Un miércoles de junio, cuando el zorro llegó a pedir su pozole, le preparé un plato especial. Usé la dormilona negra, media cucharadita mezclada con el caldo caliente. El veneno se disolvió completamente, sin alterar el color ni el sabor. Le agregué el orégano y el chile de siempre y se lo serví con una sonrisa.

Aquí tiene joven con harto chile como le gusta. El zorro se lo comió todo en 10 minutos. hasta remojó una tortilla en el caldo para no dejar nada. Cuando terminó, me felicitó por el pozole como siempre, dejó 50 pesos de propina y se fue. Esa noche no dormí. Me quedé despierta contando las horas, imaginando lo que estaba pasando dentro del cuerpo del zorro, el veneno entrando en su sangre, llegando a su corazón, empezando a hacer su trabajo.

Al día siguiente, cuando llegué a trabajar, doña Celia me dio la noticia con cara de preocupación. Ya se enteró, Consuelo. El zorro se murió anoche, le dio un infarto en su casa, lo encontró su mujer tirado en el baño. Apenas tenía 32 años, ¿quién iba a decir? Fingí sorpresa y tristeza. Dije que qué tragedia, que tan joven, que cómo era posible.

Por dentro sentí algo que no había sentido desde la muerte de Daniel. Satisfacción. El primero había caído, quedaban 13. Las semanas siguientes fui refinando mi técnica. Aprendí a calcular mejor las dosis según el peso de la víctima. Aprendí a variar los venenos para que no hubiera un patrón detectable. Aprendí a espaciar las muertes para que nadie conectara los puntos.

El segundo fue el chino, el sicario gordo que había levantado a mi hijo. Le puse toloache en los frijoles refritos que tanto le gustaban, una dosis doble por su peso. Murió 5co días después de aparente derrame cerebral. Los doctores dijeron que había sido por su obesidad y su presión alta.

El tercero fue un tipo al que llamaban el pescado, que había participado en la tortura de Daniel, según escuché, en una conversación que no debían saber que yo estaba oyendo. Le puse chamico en el agua de Jamaica que le preparé en una tarde calurosa. Murió esa misma noche en su casa, aparentemente de un golpe de calor severo. El cuarto y el quinto fueron dos hermanos, los Tapia, que habían ayudado a sostener a mi hijo mientras le cortaban el cuello.

Los maté juntos en una carne asada donde me pidieron que preparara las salsas y los guisados. Puse dormilona negra en el guacamole que solo ellos comían porque los demás no les gustaba. Murieron con tres horas de diferencia en lo que los doctores llamaron intoxicación. alimentaria severa. Cada muerte era un pequeño alivio para mi alma destrozada.

Cada cuerpo que caía era un paso más hacia la justicia que el sistema nunca me iba a dar. No me sentía culpable, no sentía remordimiento, solo sentía que estaba haciendo lo que tenía que hacer, lo que cualquier madre haría si pudiera, pero sabía que tenía que ser cuidadosa. Demasiadas muertes en poco tiempo podrían levantar sospechas.

Así que empecé a espaciar más los ataques, a esperar semanas o incluso meses entre uno y otro. El sexto fue en septiembre. Un tipo al que llamaban el colombiano, aunque era de Michoacán, que había conducido la camioneta que transportó a Daniel al lugar donde lo torturaron. Le puse veneno en los tamales de rajas que le mandé de regalo por su cumpleaños.

Murió 4 días después de supuestos problemas renales. El séptimo fue en noviembre. un alcón llamado el perro que había vigilado que nadie interrumpiera mientras torturaban a mi hijo. Le puse toloache en el atole de masa que le vendí en una mañana fría. murió al día siguiente de lo que parecía una sobredosis de drogas, aunque él juraba que estaba limpio.

El octavo fue en enero del año siguiente. Un sicario veterano al que respetaban todos, el comandante Víctor, que había supervisado toda la operación esa noche. Era más difícil de alcanzar porque comía poco en la casa de seguridad. Prefería comer en restaurantes o en su propia casa. Tuve que esperar tres meses hasta que me encargaron preparar la comida para una reunión importante a la que él asistió.

Le puse dormilona negra en el mole negro, que era su platillo favorito. Murió una semana después de un infarto fulminante que sorprendió a todos porque él se cuidaba mucho y hacía ejercicio. Ocho muertos en menos de un año. Ocho de los 14 nombres de mi lista, la mitad del camino recorrido.

Para entonces empezaba a correr un rumor dentro de la organización. Decían que había una maldición sobre la gente que trabajaba en la zona de Tlajomulco. Decían que demasiados sicarios estaban muriendo de formas extrañas, que algo sobrenatural estaba pasando. Algunos hasta fueron a ver brujos y curanderos buscando protección contra el mal de ojo. Nadie sospechaba de doña Consuelo.

¿Cómo iban a sospechar? Era solo una viejita de 50 años que cocinaba para ellos desde hace una década. Era prácticamente de la familia. Era la señora que les hacía pozole y les preparaba agua de horchata cuando hacía calor. Ese era mi poder, mi invisibilidad, mi capacidad de parecer inofensiva mientras sembraba la muerte en cada platillo que servía.

Pero todavía quedaban seis nombres en mi lista. Incluyendo el más importante de todos, el comandante Ramiro, el jefe de plaza que había ordenado la muerte de mi hijo y él iba a ser el más difícil de alcanzar. El comandante Ramiro era un hombre precavido. A diferencia de los sicarios comunes que comían lo que fuera sin pensarlo dos veces, él tenía sus propias reglas de seguridad alimentaria.

Nunca comía nada que no preparara su cocinera personal. Una mujer de Michoacán que llevaba años trabajando exclusivamente para él. Nunca bebía de vasos que no hubiera visto servir directamente. Nunca aceptaba regalos de comida de nadie, ni siquiera de gente de confianza. Era como si supiera que alguien podría intentar envenenarlo.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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