fueron un infierno. No podía comer, no podía dormir, no podía hacer nada más que llorar y pensar en mi hijo. Bajé 10 kg en dos semanas. Se me cayó el pelo a mechones. Las vecinas decían que parecía un cadáver caminando y tenían razón. Estaba muerta por dentro. Daniel se había llevado mi alma con él.
Pero lo peor fue lo que pasó después. Una semana después del entierro llegó una camioneta a mi casa. Era doña Celia, la encargada de la casa de Tlajomulco. Se bajó sola, caminó hasta mi puerta y me entregó un sobre con dinero. El patrón manda esto para los gastos del funeral, me dijo con voz plana, sin emoción, y me pidió que le dijera que lamenta mucho lo que pasó, pero que usted entiende cómo son las cosas.
El muchacho sabía demasiado y no podíamos arriesgarnos. Me quedé mirándola sin poder hablar. El sobre pesaba en mi mano como si estuviera lleno de plomo en lugar de billetes. También me pidió que le dijera que esperamos verla el lunes de regreso al trabajo. La necesitamos para un evento importante. Abrí la boca para responderle, para gritarle, para escupirle en la cara, pero no salió ningún sonido.
Solo me quedé parada en la puerta temblando mientras doña Celia regresaba a su camioneta y se iba. Miré el sobre en mi mano. Lo abrí con dedos temblorosos. Había 50,000 pesos en billetes de 500. 50,000 pesos por la vida de mi hijo. Eso era lo que valía Daniel para ellos. Menos que una camioneta de lujo, menos que un reloj de marca, menos que una fiesta de cumpleaños.
Quise romper los billetes, quemarlos, tirarlos a la basura, pero no lo hice. Los guardé en un cajón de mi cuarto junto con la foto de Daniel, junto con su acta de defunción. Los guardé porque representaban algo importante. Representaban la deuda que ellos tenían conmigo, una deuda que yo iba a cobrar con sangre.
Esa noche, mientras Gabriela y Pedrito dormían, me senté sola en la cocina oscura. Miraba mis manos, las manos que habían cocinado para los asesinos de mi hijo durante 8 años, las manos que les habían dado de comer como si fueran mis propios hijos. Y tomé una decisión. Iba a volver a trabajar para ellos. Iba a cocinar para ellos como si nada hubiera pasado.
Iba a sonreírles, a servirles, a tratarlos como reyes. Pero uno por uno, los responsables de la muerte de Daniel iban a caer con mis propias manos, con mi propia cocina, con el mismo conocimiento ancestral que mi madre y mi abuela me habían transmitido. Ellos me habían enseñado a cocinar para matar el hambre. Ahora iba a cocinar para matar de verdad.
El lunes siguiente me presenté a trabajar como si nada hubiera pasado. Llegué a las 6 de la mañana a la casa de Tlajomulco. Saludé a los guardias. Entré a la cocina que conocía tan bien. Doña Celia me miró con algo parecido al alivio, como si hubiera esperado que no volviera. “Qué bueno que vino Consuelo”, me dijo. Pensé que tal vez necesitaba más tiempo.
Le dije que no, que el trabajo me ayudaba a no pensar, que prefería mantenerme ocupada. Era mentira, por supuesto. La verdad era que necesitaba estar ahí. Necesitaba observar, identificar, planear. Esa primera semana de regreso fue de pura observación. Mientras cocinaba y servía, estudiaba los rostros de todos los hombres que entraban y salían de la casa.
Trataba de identificar quiénes habían participado en la muerte de mi hijo, quiénes habían dado la orden, quiénes la habían ejecutado. No fue fácil. Nadie hablaba del tema delante de mí. Nadie mencionaba a Daniel. Era como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiera trabajado ahí, como si su muerte fuera un asunto ya olvidado.
Pero yo tenía ojos y oídos, y los sicarios, acostumbrados a mi presencia invisible, hablaban sin cuidado cuando creían que nadie los escuchaba. Fue así como empecé a armar el rompecabezas. El primero que identifiqué fue el zorro, un tipo flaco y nervioso que trabajaba como halcón en la zona. Escuché que él había sido quien reportó que Daniel se había detenido junto a la puerta del comedor.
Esa noche él había dado la alarma, él había encendido la mecha. El segundo fue el chino, un sicario gordo con cara de luna llena, que se encargaba de los trabajos especiales. Escuché que él había sido quien levantó a Daniel, quien lo llevó al lugar donde lo torturaron. El tercero fue el comandante Ramiro, un tipo mayor que dirigía las operaciones en la zona de Tlajomulco.
Él había dado la orden de matar a Daniel. Él había decidido que mi hijo tenía que morir. Había más, muchos más, los que habían participado en la tortura, los que habían sostenido a Daniel mientras le cortaban el cuello, los que habían envuelto su cuerpo en la cobija y lo habían tirado en mi puerta como basura.
Hice una lista mental de 14 nombres, 14 hombres que directa o indirectamente habían participado en el asesinato de mi muchacho. 14 sentencias de muerte que yo iba a ejecutar con mis propias manos, pero no podía actuar precipitadamente. Tenía que ser inteligente, paciente, meticulosa. Alguien sospechaba de mí.
Si conectaban las muertes con mi cocina, me matarían a mí y después irían por Gabriela y Pedrito. Tenía que encontrar la manera de matarlos sin dejar rastro. Y para eso necesitaba recurrir al conocimiento que mi madre me había transmitido hacía tantos años. Saqué de mi memoria las lecciones sobre plantas venenosas que mi madre me había enseñado en la sierra de Jalisco.
Recordé cada hierba, cada dosis, cada síntoma. Recordé las advertencias que me había hecho, las precauciones que había que tomar y empecé a planear mi venganza. Iba a tomar tiempo, iba a requerir paciencia, iba a hacer la cosa más difícil que había hecho en mi vida. Pero lo iba a hacer por Daniel, por mi hijo, por el muchacho que soñaba con ser ingeniero y que terminó con el cuello cortado en la puerta de su propia casa.
Los iba a matar a todos uno por uno y ninguno de ellos lo vería venir. Las semanas siguientes, a mi regreso al trabajo, fueron de preparación meticulosa. Por fuera seguía siendo la misma doña Consuelo de siempre, puntual, eficiente, sonriente, siempre con un platillo caliente, listo para quien llegara con hambre.
Por dentro era otra persona completamente diferente, una persona fría, calculadora, que observaba cada movimiento, memorizaba cada rutina, planeaba cada detalle de lo que estaba por venir. Lo primero que hice fue recordar todo lo que mi madre me había enseñado sobre plantas venenosas. Pasé noches enteras sentada en mi cocina con los ojos cerrados, reconstruyendo en mi memoria cada lección, cada advertencia, cada secreto que ella me había transmitido cuando era niña en la sierra de Jalisco.
Recordé el Toloache, que crecía silvestre en los campos y que los brujos usaban para dominar voluntades. Mi madre me había explicado que en dosis pequeñas causaba alucinaciones y confusión, pero que en dosis altas paralizaba el sistema nervioso y detenía el corazón. La muerte parecía un infarto común. Nadie sospechaba nada.
Recordé la hierba de la lacrán que mi abuela usaba para quitar el dolor de muelas, pero que en cantidades mayores provocaba convulsiones y paro respiratorio. Los síntomas se parecían a una reacción alérgica severa, algo que podía pasarle a cualquiera. Recordé el chamico primo del toloach, pero más potente, más difícil de detectar.
Mi madre decía que el chamico era la hierba de los cobardes porque mataba sin dejar rastro, sin dolor, sin que la víctima supiera siquiera que estaba muriendo. Pero lo que más recordé fue una planta que mi madre llamaba la dormilona negra. Era una variedad rara que crecía solo en ciertas partes de la sierra, cerca de los arroyos donde el agua corría fría.
Todo el año. Mi madre me había llevado a verla una sola vez cuando yo tenía como 12 años y me había explicado sus propiedades con voz grave. “Esta planta es la más peligrosa de todas, Consuelo”, me dijo mientras señalaba las hojas oscuras y las flores moradas casi negras. Una cucharadita de extracto puede matar a un hombre en horas, pero lo más importante es que no tiene sabor, no tiene olor y los doctores nunca descubren qué la causó.
Parece un infarto, parece un derrame, parece muerte natural. Solo las curanderas viejas como tu abuela sabían reconocerla. me había enseñado cómo prepararla, cómo secar las hojas, cómo extraer el veneno, cómo calcular las dosis. Todo ese conocimiento había quedado guardado en un rincón de mi memoria durante décadas, esperando un momento que nunca pensé que llegaría.
Ahora había llegado. El primer paso era conseguir las plantas. El Toloache y el Chamico crecían en cualquier terreno valdío de las afueras de Guadalajara, así que empecé a recolectarlos en mis días libres. Salía temprano con una bolsa de mandado como si fuera al mercado, y caminaba por las orillas de la ciudad buscando las plantas que necesitaba.
Las cortaba con cuidado, las guardaba en bolsas de plástico y las llevaba a mi casa escondidas entre las verduras. La dormilona negra era más difícil. Según mi madre, solo crecía en las montañas del norte de Jalisco, cerca de donde yo había nacido. Tendría que hacer un viaje a mi pueblo natal para conseguirla.
Le dije a doña Celia que necesitaba unos días libres para visitar a mi familia en la sierra. Ella no puso objeciones, incluso me dio permiso de tomar una semana completa. Supongo que se sintió generosa considerando que acababan de matar a mi hijo. O quizás solo quería mantenerme contenta para que siguiera cocinando sin problemas.
Tomé un camión a San Martín de Bolaños, el pueblo donde había nacido. No había vuelto en más de 15 años y casi no lo reconocí. Muchas casas estaban abandonadas. La gente se había ido buscando trabajo en las ciudades y las calles que recordaba llenas de niños jugando ahora estaban vacías y silenciosas. Busqué a mi tía Esperanza, la única hermana de mi madre que seguía viva.
Tenía 83 años y vivía sola en una casita de adobe en las afueras del pueblo. Cuando me vio llegar, me abrazó llorando y me dijo que me parecía cada vez más a mi madre. Que en paz descanse. Le conté lo que había pasado con Daniel. Le conté todo sin omitir nada. El trabajo para el cártel.
La muerte de mi hijo, el cuerpo tirado en mi puerta. Mi tía escuchó en silencio, con los ojos llenos de lágrimas y cuando terminé me tomó las manos y me miró fijamente. ¿Vienes a buscar la dormilona negra, verdad? No me sorprendió que lo supiera. Mi tía también era curandera. También había heredado el conocimiento de mi abuela. Conocía las plantas y sus usos, los buenos y los malos.
Le dije que sí, que venía a buscarla, que necesitaba hacer justicia por mi muchacho. Mi tía cerró los ojos un momento, como si estuviera consultando con los espíritus. Después los abrió y asintió lentamente. Te voy a llevar al lugar donde crece, pero antes tienes que saber algo, Consuelo. Cuando usas la dormilona negra para matar una parte de tu alma muere también. Nunca vuelves a ser la misma.
¿Estás dispuesta a pagar ese precio? Le dije que sí, que ya estaba muerta por dentro desde que mataron a Daniel, que no me importaba. perder lo que me quedaba de alma si con eso podía vengar a mi hijo. Mi tía asintió otra vez, se levantó de su silla con dificultad y me hizo señas para que la siguiera. Caminamos por el monte durante dos horas, subiendo por senderos que solo ella conocía, cruzando arroyos y trepando rocas.
A pesar de su edad, mi tía caminaba con paso firme, como si el monte le diera fuerzas. Yo la seguía en silencio, jadeando por el esfuerzo, sintiendo como el aire frío de la sierra me llenaba los pulmones. Finalmente llegamos a un pequeño claro junto a un arroyo de agua cristalina y ahí, creciendo a la sombra de unos encinos viejos, estaba la dormilona negra.
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