Comieron en silencio al principio, concentrados en sus platos, pero conforme fueron probando la comida, empezaron los murmullos de aprobación, las miradas de sorpresa, los asentimientos de cabeza. “Órale, doña, esto sí está bueno”, dijo uno de ellos. Un muchacho que no pasaba de los 25 años. Por fin alguien que sabe cocinar de verdad.
Ya nos tenían hasta la madre las cocineras anteriores. Me sentí orgullosa a pesar de todo, a pesar de saber para quién estaba cocinando, a pesar del miedo que me apretaba el estómago. Mi comida era buena, mi trabajo valía, eso nadie me lo podía quitar. Los meses siguientes aprendí a moverme en ese mundo que nunca imaginé conocer. La casa de Tajoulco era lo que llamaban casa de seguridad, un lugar donde los sicarios descansaban entre trabajos, donde los jefes se reunían para planear operaciones, donde se guardaban armas y dinero y a veces cosas peores. Yo
llegaba a las 6 de la mañana y me iba a las 8 de la noche. Preparaba tres comidas completas, más refrigerios para los que llegaban a desoras. Aprendí a cocinar para grupos de 10, de 20, de 30 personas. Aprendí a improvisar cuando los ingredientes escaseaban, a estirar los guisados sin que perdieran sabor, a tener siempre algo listo para quien llegara con hambre a cualquier hora.
También vias que ningún ser humano debería ver. Vi cómo llegaban camionetas con hombres amarrados en la cajuela. Amordazados, con los ojos vendados, vi como los bajaban a golpes y los arrastraban al sótano, de donde después subían gritos que trataba de no escuchar. Vi como los sicarios regresaban de sus trabajos con la ropa manchada de sangre que yo tenía que lavar a veces.
Vi cómo contaban fajos de dólares en la mesa del comedor, cómo empacaban droga en la cochera. Cómo planeaban asesinatos con la misma tranquilidad con que planeaban una carne asada. Pero nunca dije nada, nunca pregunté nada. Cocinaba, servía, limpiaba y me iba a mi casa con mis 3,000 pesos semanales en la bolsa.
era el precio de la supervivencia en un país donde la supervivencia tiene precios terribles. Los años pasaron 2011, 2012, 2013, 2014, el Secatata NG crecía como un monstruo imparable, tragándose territorios, eliminando rivales, volviéndose el cártel más temido de México. Y yo seguía cocinando para ellos. siguiendo la corriente, fingiendo que era ciega, sorda y muda.
Mi fama como cocinera se extendió dentro de la organización. Los jefes de otras plazas pedían que me mandaran a cocinar para sus eventos importantes, para sus fiestas privadas, para las reuniones donde se decidían cosas que yo prefería no saber. Me llevaban a casas en Zapopan, en Tlaquepaque, en Chapala. a veces hasta Michoacán y Guanajuato.
Conocí a comandantes, a contadores, a políticos y empresarios que se codeaban con el narco como si fuera lo más normal del mundo. Todos me trataban con respeto, todos elogiaban mi sazón, todos me llamaban doña Consuelo y me besaban la mano como si fuera alguien importante. Para ellos yo era casi de la familia. La señora que les daba de comer, que los cuidaba como una madre, cuida a sus hijos. Qué irónico.
Ellos me veían como madre y yo terminaría matándolos como a ratas. Ramiro murió en marzo de 2015 de un infarto fulminante mientras manejaba su tráiler en la carretera a Manzanillo. Se fue al barranco con todo y carga. Lo encontraron tres días después. Me dejó viuda a los 42 años con tres hijos que todavía me necesitaban, con una vida que se caía a pedazos.
Daniel ya tenía 18 años y había terminado la preparatoria con buenas calificaciones, pero no teníamos dinero para mandarlo a la universidad. Gabriela tenía 15 y soñaba con ser doctora. Pedrito apenas tenía 13. y todavía necesitaba que alguien le ayudara con la tarea. Fue entonces cuando cometí el error más grande de mi existencia, el error que me costaría todo.
Le conseguí trabajo a Daniel dentro del cártel. No como sicario, eso nunca se me habría ocurrido. Le conseguí trabajo como mi ayudante de cocina para que me acompañara y aprendiera el oficio mientras juntábamos dinero para que estudiara. ería como siempre había soñado. Le dije que era temporal unos meses nada más, que después buscaríamos algo mejor.
Daniel aceptó porque necesitaba el dinero, porque quería ayudarme, porque era un buen hijo que nunca me decía que no. empezó a ir conmigo todos los días a las casas de seguridad a aprender los secretos de la cocina que yo le enseñaba, a ganarse el cariño de los sicarios que atendíamos. Los hombres lo trataban bien, le hacían bromas, le daban propinas, lo invitaban a jugar fútbol en el jardín cuando había tiempo.
Daniel se relajó, empezó a sentirse cómodo, empezó a pensar que aquello no era tan peligroso como se contaba. Y yo, estúpida de mí, también me relajé, también bajé la guardia, también olvidé que en el mundo del narco la comodidad es una trampa mortal. No sabía que nos estaban observando. No sabía que ya habían decidido el destino de mi hijo.
No sabía que esos hombres que le sonreían y le daban palmadas en la espalda ya estaban planeando cómo iban a matarlo. Daniel llevaba trabajando conmigo casi 3 años cuando todo se derrumbó. tres años en los que se había convertido en mi mano derecha, en el mejor ayudante de cocina que había tenido jamás. Había aprendido todos mis secretos, todas las recetas de mi madre y mi abuela, todas las técnicas que llevaban generaciones perfeccionándose en mi familia.
A sus 21 años cocinaba casi tan bien como yo y los sicarios lo adoraban. Doña Consuelo, su hijo va a ser mejor cocinero que usted”, me decían bromeando mientras devoraban los chilaquiles que Daniel preparaba. “Ya nos lo quiere robar el patrón para llevárselo a su casa principal.” Yo sonreía orgullosa, sin saber que esos mismos hombres que le hacían bromas ya habían firmado su sentencia de muerte.
El problema empezó en febrero de 2018. El CJNG estaba en guerra abierta contra el cártel de Sinaloa por el control de varias plazas en Jalisco y Colima. Había balaceras casi todos los días, levantones, ejecuciones, cuerpos colgados de puentes. La violencia estaba desatada como nunca antes y las casas de seguridad se habían convertido en cuarteles de guerra donde se planeaban operaciones militares.
Una noche de marzo hubo una reunión importante en la casa de Tlagoco. Llegaron jefes de varias plazas, comandantes que yo solo había visto un par de veces, gente con mucho poder y muchos secretos. Me pidieron que preparara una cena especial para 20 personas con todo lo mejor: Birria de res, carnitas, pozole rojo, todo el repertorio de la cocina jaliciense.
Daniel me ayudó a preparar todo durante el día. Trabajamos desde las 6 de la mañana hasta las 7 de la noche cuando empezaron a llegar los invitados. Servimos la cena en el comedor grande y después nos retiramos a la cocina a lavar los trastes mientras ellos hablaban de sus asuntos. Lo que no sabíamos era que la cocina estaba justo al lado del comedor, separada solo por una puerta de madera delgada y que esa noche los jefes iban a discutir algo que nadie debía escuchar.
No sé exactamente qué dijeron, no sé qué nombres mencionaron, qué operaciones planearon, qué traiciones descubrieron. Solo sé que en algún momento de la noche Daniel fue al baño que estaba al fondo del pasillo y para llegar tuvo que pasar junto a la puerta del comedor y que uno de los guardias que custodiaba la reunión lo vio detenerse un segundo, solo un segundo, cerca de la puerta.
Eso fue suficiente. Al día siguiente, cuando llegamos a trabajar, como siempre, el ambiente estaba raro. Los icarios, que normalmente saludaban a Daniel con bromas y palmadas, lo miraban de reojo evitándolo. Doña Celia, la encargada, me dijo que esa semana solo me necesitaban a mí, que Daniel podía quedarse en casa descansando.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Algo estaba mal, muy mal. ¿Pasó algo?, le pregunté a doña Celia tratando de controlar el temblor en mi voz. Ella me miró con esos ojos fríos que tenía y negó con la cabeza. Nada, consuelo. Solo queremos que el muchacho descanse unos días. Ha trabajado mucho. Le dije a Daniel que se quedara en casa esa semana.
Él protestó, dijo que estaba bien, que no necesitaba descanso, pero insistí, algo en mi instinto de madre me gritaba que lo mantuviera lejos de esa casa, aunque no sabía exactamente por qué. Pasaron tres días normales. Daniel se quedó en casa ayudándole a su hermana con la tarea, jugando videojuegos con Pedrito, viendo películas en la televisión.
Yo iba a trabajar sola. Cocinaba en silencio, observaba los rostros de los sicarios tratando de detectar algo que me dijera qué estaba pasando. El cuarto día, un jueves que nunca voy a olvidar mientras viva, llegué a casa después del trabajo y Daniel no estaba. Gabriela me dijo que había salido hacía dos horas, que le había llegado un mensaje al celular y se había ido sin decir a dónde.
Lo llamé, pero no contestó. Le mandé mensajes, pero no respondió. Esperé una hora, dos horas, tres horas, con el corazón latiéndome cada vez más fuerte, con el miedo creciéndome en el pecho como una bestia hambrienta. A las 11 de la noche escuché un carro estacionarse frente a mi casa. Escuché puertas que se abrían y cerraban, voces graves de hombres, pasos que se acercaban.
Corrí a la puerta pensando que era Daniel, que por fin había vuelto, que todo estaba bien. Cuando abrí, vi una camioneta negra con las luces apagadas. Dos hombres encapuchados bajaron algo de la parte trasera, algo pesado envuelto en una cobija oscura, manchada, que dejaba un rastro en el pavimento. Lo tiraron en mi puerta como si fuera un costal de basura, sin decir palabra.
Sin mirarme siquiera, se subieron a la camioneta y se fueron chirreando las llantas. Me quedé paralizada un segundo que pareció eterno. Después caí de rodillas junto al bulto y empecé a desenvolver la cobija con manos temblorosas, aunque ya sabía lo que iba a encontrar, aunque mi corazón ya lo había entendido antes que mi mente.
Era Daniel, mi muchacho, mi primogénito, mi soluna. Tenía el cuello cortado de oreja a oreja, un tajo profundo y limpio que le había desangrado como a un cerdo en matadero. Tenía los ojos abiertos, todavía con el terror grabado en las pupilas, mirando a la nada. Tenía marcas de golpes en la cara, en los brazos, en el pecho.
Lo habían torturado antes de matarlo. Lo habían hecho sufrir. No sé cuánto tiempo me quedé ahí abrazando su cuerpo frío, meciéndolo como cuando era bebé y lloraba de noche. Pudieron ser minutos, pudieron ser horas. Solo recuerdo que gritaba su nombre una y otra vez, que le pedía que despertara, que le rogaba que no me dejara. Gabriela salió de la casa cuando escuchó mis gritos, vio el cuerpo de su hermano y empezó a gritar también.
Pedrito se asomó por la ventana y se quedó paralizado sin poder moverse ni hablar. Los vecinos se encerraron en sus casas, apagaron las luces, fingieron que no pasaba nada. En México, cuando el narco mata a alguien, nadie ve nada, nadie escucha nada, nadie sabe nada. Metimos el cuerpo de Daniel a la casa entre Gabriela y yo.
Lo acostamos en la mesa del comedor, le limpiamos la sangre de la cara, le cerramos los ojos que ya empezaban a ponerse opacos. Le recé un rosario completo mientras Gabriela soyozaba en un rincón y Pedrito seguía sin poder moverse del pasillo. No llamé a la policía. ¿Para qué? La mitad de la policía de Jalisco trabajaba para el CJ.
Si denunciaba, solo conseguiría que nos mataran a todos. Así funcionaban las cosas. Así funciona este país maldito, donde los criminales mandan y los inocentes mueren. Enterré a mi hijo dos días después en el panteón de Guadalajara. Un entierro discreto, sin mucha gente, sin mucho ruido.
Solo yo, Gabriela, Pedrito y algunas vecinas que se atrevieron a acompañarnos. No hubo investigación, no hubo justicia, no hubo nada más que una tumba con una cruz blanca. y el nombre de mi muchacho grabado en piedra. Daniel Delgado Ramírez, 1997 a 2018. Hijo amado, descansa en paz. tenía 21 años, toda una vida por delante y lo mataron porque estuvo en el lugar equivocado, en el momento equivocado, porque tal vez escuchó algo que no debía, porque en el mundo del narco la sospecha es suficiente para dictar una sentencia de muerte. Los días siguientes
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