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“Fui Cocinera Del CJNG”: Env3n3né A 14 Sic4rios Que Mat4ron A Mi Hijoo”

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Le dije que no, que el trabajo me ayudaba a no pensar, que prefería mantenerme ocupada. Era mentira, por supuesto. La verdad era que necesitaba estar ahí. Necesitaba observar, identificar, planear. Esa primera semana de regreso fue de pura observación. Mientras cocinaba y servía, estudiaba los rostros de todos los hombres que entraban y salían de la casa.

Trataba de identificar quiénes habían participado en la muerte de mi hijo, quiénes habían dado la orden, quiénes la habían ejecutado. No fue fácil. Nadie hablaba del tema delante de mí. Nadie mencionaba a Daniel. Era como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiera trabajado ahí, como si su muerte fuera un asunto ya olvidado.

Pero yo tenía ojos y oídos, y los sicarios, acostumbrados a mi presencia invisible, hablaban sin cuidado cuando creían que nadie los escuchaba. Fue así como empecé a armar el rompecabezas. El primero que identifiqué fue el zorro, un tipo flaco y nervioso que trabajaba como halcón en la zona. Escuché que él había sido quien reportó que Daniel se había detenido junto a la puerta del comedor.

Esa noche él había dado la alarma, él había encendido la mecha. El segundo fue el chino, un sicario gordo con cara de luna llena, que se encargaba de los trabajos especiales. Escuché que él había sido quien levantó a Daniel, quien lo llevó al lugar donde lo torturaron. El tercero fue el comandante Ramiro, un tipo mayor que dirigía las operaciones en la zona de Tlajomulco.

Él había dado la orden de matar a Daniel. Él había decidido que mi hijo tenía que morir. Había más, muchos más, los que habían participado en la tortura, los que habían sostenido a Daniel mientras le cortaban el cuello, los que habían envuelto su cuerpo en la cobija y lo habían tirado en mi puerta como basura.

Hice una lista mental de 14 nombres, 14 hombres que directa o indirectamente habían participado en el asesinato de mi muchacho. 14 sentencias de muerte que yo iba a ejecutar con mis propias manos, pero no podía actuar precipitadamente. Tenía que ser inteligente, paciente, meticulosa. Alguien sospechaba de mí.

Si conectaban las muertes con mi cocina, me matarían a mí y después irían por Gabriela y Pedrito. Tenía que encontrar la manera de matarlos sin dejar rastro. Y para eso necesitaba recurrir al conocimiento que mi madre me había transmitido hacía tantos años. Saqué de mi memoria las lecciones sobre plantas venenosas que mi madre me había enseñado en la sierra de Jalisco.

Recordé cada hierba, cada dosis, cada síntoma. Recordé las advertencias que me había hecho, las precauciones que había que tomar y empecé a planear mi venganza. Iba a tomar tiempo, iba a requerir paciencia, iba a hacer la cosa más difícil que había hecho en mi vida. Pero lo iba a hacer por Daniel, por mi hijo, por el muchacho que soñaba con ser ingeniero y que terminó con el cuello cortado en la puerta de su propia casa.

Los iba a matar a todos uno por uno y ninguno de ellos lo vería venir. Las semanas siguientes, a mi regreso al trabajo, fueron de preparación meticulosa. Por fuera seguía siendo la misma doña Consuelo de siempre, puntual, eficiente, sonriente, siempre con un platillo caliente, listo para quien llegara con hambre.

Por dentro era otra persona completamente diferente, una persona fría, calculadora, que observaba cada movimiento, memorizaba cada rutina, planeaba cada detalle de lo que estaba por venir. Lo primero que hice fue recordar todo lo que mi madre me había enseñado sobre plantas venenosas. Pasé noches enteras sentada en mi cocina con los ojos cerrados, reconstruyendo en mi memoria cada lección, cada advertencia, cada secreto que ella me había transmitido cuando era niña en la sierra de Jalisco.

Recordé el Toloache, que crecía silvestre en los campos y que los brujos usaban para dominar voluntades. Mi madre me había explicado que en dosis pequeñas causaba alucinaciones y confusión, pero que en dosis altas paralizaba el sistema nervioso y detenía el corazón. La muerte parecía un infarto común. Nadie sospechaba nada.

Recordé la hierba de la lacrán que mi abuela usaba para quitar el dolor de muelas, pero que en cantidades mayores provocaba convulsiones y paro respiratorio. Los síntomas se parecían a una reacción alérgica severa, algo que podía pasarle a cualquiera. Recordé el chamico primo del toloach, pero más potente, más difícil de detectar.

Mi madre decía que el chamico era la hierba de los cobardes porque mataba sin dejar rastro, sin dolor, sin que la víctima supiera siquiera que estaba muriendo. Pero lo que más recordé fue una planta que mi madre llamaba la dormilona negra. Era una variedad rara que crecía solo en ciertas partes de la sierra, cerca de los arroyos donde el agua corría fría.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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