Mi tía me besó la frente y me dijo que rezaría por mí, que le pidiera perdón a la Virgen por lo que iba a hacer, que no olvidara que aunque los hombres merecieran la muerte, el acto de matar siempre dejaba cicatrices en el alma. Regresé a Guadalajara con una bolsa llena de dormilona negra escondida entre mis cosas. Pasé los siguientes días procesando las plantas según las instrucciones de mi madre y mi tía.
Sequé las hojas al sol, las molí en el metate hasta convertirlas en polvo fino. Preparé un extracto concentrado hirviéndolas en agua y evaporando el líquido hasta que quedó una pasta oscura. Guardé el veneno en frascos pequeños de vidrio que escondí en el fondo de mi alacena. detrás de los frascos de especias que usaba para cocinar.
Nadie sospecharía de unos frasquitos más en la cocina de una cocinera. También preparé toloache y chamico por si necesitaba variar los métodos. Cada veneno tenía sus ventajas y desventajas. El toloache era más fácil de conseguir, pero tenía un ligero sabor amargo. El chamico era más potente, pero tardaba más en hacer efecto.
La dormilona negra era perfecta, pero difícil de reponer una vez que se acabara. Para finales de mayo, un mes después de la muerte de Daniel, ya estaba lista para empezar. Mi primer objetivo fue el zorro, el halcón que había reportado a mi hijo aquella noche fatal. Era un tipo flaco y nervioso de unos 30 años, con ojos pequeños y nariz puntiaguda que le habían ganado el apodo.
Venía a comer a la casa de Tlajomulco tres o cuatro veces por semana. Siempre pedía lo mismo, un plato de pozole rojo con mucho orégano y chile. Observé sus rutinas durante dos semanas. Siempre llegaba solo, siempre se sentaba en la misma esquina del comedor, siempre comía rápido, como si tuviera prisa por irse.
Era perfecto para mi primer intento. Un miércoles de junio, cuando el zorro llegó a pedir su pozole, le preparé un plato especial. Usé la dormilona negra, media cucharadita mezclada con el caldo caliente. El veneno se disolvió completamente, sin alterar el color ni el sabor. Le agregué el orégano y el chile de siempre y se lo serví con una sonrisa.
Aquí tiene joven con harto chile como le gusta. El zorro se lo comió todo en 10 minutos. hasta remojó una tortilla en el caldo para no dejar nada. Cuando terminó, me felicitó por el pozole como siempre, dejó 50 pesos de propina y se fue. Esa noche no dormí. Me quedé despierta contando las horas, imaginando lo que estaba pasando dentro del cuerpo del zorro, el veneno entrando en su sangre, llegando a su corazón, empezando a hacer su trabajo.
Al día siguiente, cuando llegué a trabajar, doña Celia me dio la noticia con cara de preocupación. Ya se enteró, Consuelo. El zorro se murió anoche, le dio un infarto en su casa, lo encontró su mujer tirado en el baño. Apenas tenía 32 años, ¿quién iba a decir? Fingí sorpresa y tristeza. Dije que qué tragedia, que tan joven, que cómo era posible.
Por dentro sentí algo que no había sentido desde la muerte de Daniel. Satisfacción. El primero había caído, quedaban 13. Las semanas siguientes fui refinando mi técnica. Aprendí a calcular mejor las dosis según el peso de la víctima. Aprendí a variar los venenos para que no hubiera un patrón detectable. Aprendí a espaciar las muertes para que nadie conectara los puntos.
El segundo fue el chino, el sicario gordo que había levantado a mi hijo. Le puse toloache en los frijoles refritos que tanto le gustaban, una dosis doble por su peso. Murió 5co días después de aparente derrame cerebral. Los doctores dijeron que había sido por su obesidad y su presión alta.
El tercero fue un tipo al que llamaban el pescado, que había participado en la tortura de Daniel, según escuché, en una conversación que no debían saber que yo estaba oyendo. Le puse chamico en el agua de Jamaica que le preparé en una tarde calurosa. Murió esa misma noche en su casa, aparentemente de un golpe de calor severo. El cuarto y el quinto fueron dos hermanos, los Tapia, que habían ayudado a sostener a mi hijo mientras le cortaban el cuello.
Los maté juntos en una carne asada donde me pidieron que preparara las salsas y los guisados. Puse dormilona negra en el guacamole que solo ellos comían porque los demás no les gustaba. Murieron con tres horas de diferencia en lo que los doctores llamaron intoxicación. alimentaria severa. Cada muerte era un pequeño alivio para mi alma destrozada.
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