Descubrí que le gustaba el pozole blanco con mucha col y rábano, que era el único platillo que repetía. Le preparé un plato especial con una dosis generosa de dormilona negra, asegurándome de que nadie más comiera de esa olla específica. El doctor murió 5co días después de la fiesta. Según supe, empezó a sentirse mal la noche siguiente con dolores en el pecho y dificultad para respirar.
pensó que era indigestión, se tomó unas pastillas y se fue a dormir. No despertó. Los doctores del hospital, donde lo llevaron de emergencia dijeron que había sido un infarto fulminante, probablemente causado por una condición cardíaca no diagnosticada. 13 muertos quedaba solo uno, el comandante Ramiro. Para entonces ya llevaba casi dos años ejecutando mi venganza.
dos años de cocinar y matar, de sonreír y envenenar, de parecer una viejita inofensiva mientras sembraba la muerte a mi alrededor. había perdido la cuenta de cuántas veces había lavado sangre imaginaria de mis manos, de cuántas veces había rezado pidiéndole perdón a Dios por lo que estaba haciendo, pero no podía detenerme.
No hasta que el último nombre de mi lista estuviera tachado, no hasta que el comandante Ramiro pagara por haber ordenado la muerte de mi hijo. La oportunidad llegó de la forma más inesperada en diciembre de 2019. Doña Celia me llamó a su oficina un lunes por la mañana. Pensé que algo malo había pasado, que finalmente alguien había sospechado de mí, que mi tiempo se había acabado, pero lo que me dijo fue completamente diferente.
Consuelo, tengo una propuesta para usted. El comandante Ramiro va a organizar una posada navideña en su casa para toda la gente importante de la organización. Su cocinera de siempre está enferma. tiene algo grave en el hígado y no puede trabajar. Necesita alguien que la reemplace para el evento y usted es la mejor cocinera que tenemos.
Sentí que el corazón se me detenía por un segundo. Después empezó a latir tan fuerte que pensé que doña Celia podía escucharlo. Yo, cocinar en la casa del comandante Ramiro. Sí, usted. Él mismo aprobó la sugerencia cuando le dijeron que la cocinera de Tlajomulco era la mejor de Jalisco. Va a ser un evento grande, como 300 personas.
se le pagará muy bien, por supuesto. Le dije que sí, que sería un honor, que estaba muy agradecida por la oportunidad. Por dentro sentía algo que no había sentido en mucho tiempo. Esperanza. Finalmente iba a poder llegar a él. Las dos semanas siguientes fueron de preparación intensa. Visité la casa del comandante Ramiro tres veces para conocer la cocina, planificar el menú.
hacer listas de ingredientes. Era una mansión impresionante en la zona de Bugambilias, con jardines enormes, alberca climatizada y más seguridad que una cárcel de máxima seguridad. También fueron dos semanas de planificación de mi ataque final. tenía que ser perfecta, no podía haber errores.
Si algo salía mal, no solo moriría yo, sino probablemente también Gabriela y Pedrito. El problema era que el comandante Ramiro seguía siendo extremadamente precavido. Aunque su cocinera estaba enferma, tenía otras personas probando la comida antes de que él la tocara. un catador que comía de cada platillo 30 minutos antes de que se sirviera para asegurarse de que no estuviera envenenado.
Eso significaba que no podía simplemente ponerle veneno en el plato. Tenía que encontrar otra manera. Estudié sus hábitos durante mis visitas a la casa. Observé qué hacía, qué tocaba, qué rutinas seguía. Y entonces descubrí algo interesante. El comandante Ramiro tenía una costumbre peculiar. Después de las fiestas grandes, cuando ya todos los invitados se habían ido o estaban demasiado borrachos para anotarlo, él se retiraba a su estudio privado a fumar un puro y tomar una copa de coñac, siempre el mismo coñac, una botella de Génesis
XO que guardaba en un mueble bar dentro del estudio. Nadie más tocaba esa botella. Era su reserva personal, su momento de soledad después del caos de las celebraciones. Ahí estaba mi oportunidad. El día de la posada llegué a las 6 de la mañana con todo mi equipo de cocina. Trabajé sin descanso durante 12 horas, preparando pozole, tamales, birria, carnitas, buñuelos, ponche, todo lo que se necesitaba para alimentar a 300 personas.
tenía cinco ayudantes que había traído de Tlajomulco y entre todos convertimos la cocina en una máquina de producción perfecta. La fiesta empezó a las 7 de la noche. Llegaron camionetas de todas partes, hombres importantes con sus esposas enjadas, comandantes de otras plazas, políticos que saludaban a los narcos como si fueran viejos amigos.
La casa se llenó de música de banda, de risas, de brindis con tequila caro. Yo me mantuve en la cocina supervisando, cocinando, sirviendo. De vez en cuando salía al salón principal para verificar que todo estuviera bien, que la comida no se acabara, que los invitados estuvieran satisfechos. A la medianoche, cuando la fiesta estaba en su apoeo, pedí permiso para ir al baño, pero en lugar de ir al baño de servicio, me escabullí hacia el ala privada de la casa donde estaba el estudio del comandante Ramiro.
Había estudiado la distribución de la casa en mis visitas anteriores. sabía exactamente dónde estaba el estudio, dónde estaba el mueble bar, dónde estaban las cámaras de seguridad. Los guardias estaban concentrados en la fiesta, vigilando a los invitados, no prestando atención a los pasillos vacíos de la zona privada.
Entré al estudio con el corazón latiéndome en los oídos. Era un cuarto elegante con libreros de madera, sillones de piel y el mueble bar en una esquina. Encontré la botella de Genesis XO, exactamente donde esperaba, casi llena esperando a su dueño. Saqué el frasquito con dormilona negra, concentrada que había escondido en mi delantal.
Abrí la botella de coñac con manos temblorosas. Pertí frasquito, la cerré de nuevo y la agité suavemente para que se mezclara bien. El veneno no tenía color ni olor, se disolvió completamente en el alcohol oscuro. Salí del estudio tan silenciosamente como había entrado. Nadie me vio, nadie sospechó nada. Volví al baño, me lavé las manos tres veces y regresé a la cocina como si nada hubiera pasado.
La fiesta continuó hasta las 4 de la mañana. Vi al comandante Ramiro varias veces durante la noche riendo con sus invitados, bailando con su esposa, brindando por el éxito del año. Parecía feliz, relajado, sin sospechar que su muerte ya estaba preparada y esperándolo en su estudio.
Me fui de la casa a las 5 de la mañana, cuando ya casi todos los invitados se habían ido. Doña Celia me pagó 20000 pesos en efectivo. Me agradeció por el excelente trabajo. Me dijo que el comandante Ramiro había quedado muy impresionado con la comida. Seguramente la va a llamar otra vez para futuros eventos me dijo con una sonrisa. Dice que hacía años que no comía una birria tan buena.
Le agradecí y me fui a mi casa. No dormí esa noche ni la siguiente. Me quedé sentada en mi cocina esperando noticias, rezando para que mi plan hubiera funcionado. Las noticias llegaron tres días después. El comandante Ramiro había sido encontrado muerto en su estudio la mañana del 26 de diciembre. Su esposa lo había buscado cuando no bajó a desayunar y lo encontró desplomado en su sillón favorito con una copa de coñac todavía en la mano.
Los doctores dijeron que había sido un infarto masivo, probablemente causado por el exceso de comida y alcohol de las fiestas. Nadie sospechó nada. Nadie conectó su muerte con la fiesta de tres días antes. Nadie pensó en la cocinera que había preparado el banquete. 14 muertos. La lista completa, la venganza terminada.
Cuando escuché la noticia, fui al cuarto de Daniel, al cuarto que había mantenido exactamente como él lo había dejado, con sus libros de ingeniería, sus pósters de equipos de fútbol, su ropa todavía colgada en el closet, me senté en su cama y lloré durante horas. No eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de alivio, de liberación, de algo parecido a la paz que no había sentido desde que me tiraron su cuerpo en la puerta.
“Ya está, mi hijo”, le dije a su foto en el buró. “Ya pagaron todos, ya puedes descansar.” Han pasado 5 años desde que completé mi venganza. 5 años desde que el último nombre de mi lista fue tachado. En ese tiempo he seguido cocinando, aunque ya no para el cártel. Abrí un pequeño restaurante en una zona alejada de Guadalajara, un lugarcito modesto donde sirvo pozole, birria y tamales a la gente del barrio.
Gabriela terminó la carrera de medicina como siempre soñó. Ahora trabaja en un hospital público salvando vidas en lugar de quitarlas como su madre. Pedrito estudia ingeniería en la universidad cumpliendo el sueño que Daniel nunca pudo cumplir. Ninguno de los dos sabe lo que hice. Ninguno de los dos sabe que su madre es una asesina.
Y Valentina, la hija de Daniel, que apenas conoció a su padre, ya tiene 10 años. vive con su madre Marisol en otra ciudad, lejos de todo este horror. Le mando dinero cada mes, la visito cuando puedo, le cuento historias de su papá para que no lo olvide. Hago esta confesión porque sé que me queda poco tiempo. Los doctores me diagnosticaron cáncer de estómago hace 6 meses, avanzado, inoperable.
Probablemente sea karma, probablemente sea el precio de haber manipulado venenos durante tanto tiempo o probablemente sea simplemente mala suerte como todo lo demás en mi vida. No me arrepiento de lo que hice. Si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría exactamente igual. Cada uno de esos hombres merecía morir por lo que le hicieron a mi hijo.
La justicia mexicana nunca me la habría dado, así que tuve que tomarla con mis propias manos. Estuvo mal, probablemente fue pecado. Seguramente me condenará Dios por ello. No lo sé y la verdad ya no me importa. Lo único que me importa es que cuando me muera y llegue al otro lado, voy a poder ver a Daniel a los ojos y decirle que vengué su muerte, que no dejé que sus asesinos vivieran tranquilos mientras él se pudría en una tumba.
Que su madre hizo lo que cualquier madre haría si pudiera. Mi nombre es Consuelo Ramírez Vázquez. Tengo 52 años. Fui cocinera del cártel Jalisco Nueva Generación durante 10 años y maté a 14 sicarios usando el mismo conocimiento culinario que ellos tanto elogiaban. Esta es mi confesión final. Que Dios tenga misericordia de mi alma, porque yo no tuve misericordia de las de ellos.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.