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“Fui Cocinera Del CJNG”: Env3n3né A 14 Sic4rios Que Mat4ron A Mi Hijoo”

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Cada cuerpo que caía era un paso más hacia la justicia que el sistema nunca me iba a dar. No me sentía culpable, no sentía remordimiento, solo sentía que estaba haciendo lo que tenía que hacer, lo que cualquier madre haría si pudiera, pero sabía que tenía que ser cuidadosa. Demasiadas muertes en poco tiempo podrían levantar sospechas.

Así que empecé a espaciar más los ataques, a esperar semanas o incluso meses entre uno y otro. El sexto fue en septiembre. Un tipo al que llamaban el colombiano, aunque era de Michoacán, que había conducido la camioneta que transportó a Daniel al lugar donde lo torturaron. Le puse veneno en los tamales de rajas que le mandé de regalo por su cumpleaños.

Murió 4 días después de supuestos problemas renales. El séptimo fue en noviembre. un alcón llamado el perro que había vigilado que nadie interrumpiera mientras torturaban a mi hijo. Le puse toloache en el atole de masa que le vendí en una mañana fría. murió al día siguiente de lo que parecía una sobredosis de drogas, aunque él juraba que estaba limpio.

El octavo fue en enero del año siguiente. Un sicario veterano al que respetaban todos, el comandante Víctor, que había supervisado toda la operación esa noche. Era más difícil de alcanzar porque comía poco en la casa de seguridad. Prefería comer en restaurantes o en su propia casa. Tuve que esperar tres meses hasta que me encargaron preparar la comida para una reunión importante a la que él asistió.

Le puse dormilona negra en el mole negro, que era su platillo favorito. Murió una semana después de un infarto fulminante que sorprendió a todos porque él se cuidaba mucho y hacía ejercicio. Ocho muertos en menos de un año. Ocho de los 14 nombres de mi lista, la mitad del camino recorrido.

Para entonces empezaba a correr un rumor dentro de la organización. Decían que había una maldición sobre la gente que trabajaba en la zona de Tlajomulco. Decían que demasiados sicarios estaban muriendo de formas extrañas, que algo sobrenatural estaba pasando. Algunos hasta fueron a ver brujos y curanderos buscando protección contra el mal de ojo. Nadie sospechaba de doña Consuelo.

¿Cómo iban a sospechar? Era solo una viejita de 50 años que cocinaba para ellos desde hace una década. Era prácticamente de la familia. Era la señora que les hacía pozole y les preparaba agua de horchata cuando hacía calor. Ese era mi poder, mi invisibilidad, mi capacidad de parecer inofensiva mientras sembraba la muerte en cada platillo que servía.

Pero todavía quedaban seis nombres en mi lista. Incluyendo el más importante de todos, el comandante Ramiro, el jefe de plaza que había ordenado la muerte de mi hijo y él iba a ser el más difícil de alcanzar. El comandante Ramiro era un hombre precavido. A diferencia de los sicarios comunes que comían lo que fuera sin pensarlo dos veces, él tenía sus propias reglas de seguridad alimentaria.

Nunca comía nada que no preparara su cocinera personal. Una mujer de Michoacán que llevaba años trabajando exclusivamente para él. Nunca bebía de vasos que no hubiera visto servir directamente. Nunca aceptaba regalos de comida de nadie, ni siquiera de gente de confianza. Era como si supiera que alguien podría intentar envenenarlo.

O quizás solo era la paranoia natural de un hombre que había ordenado tantas muertes que ya no podía confiar en nadie. Durante meses lo observé buscando una debilidad, una grieta en su armadura de precauciones. Venía a la casa de Tlajomulco una o dos veces por semana para reuniones con otros jefes, pero nunca probaba la comida que yo preparaba.

Solo tomaba agua embotellada que él mismo traía y a veces ni eso. Los otros nombres de mi lista fueron cayendo mientras yo buscaba la manera de llegar a él. El noveno fue el químico, un tipo que se encargaba de procesar la droga y que había prestado las herramientas con las que torturaron a Daniel.

Lo maté en marzo con dormilona negra en un caldo de camarón que le preparé para curar su cruda después de una fiesta. Murió dos días después de aparente insuficiencia hepática, lo cual tenía sentido considerando cuánto bebía. El décimo fue el abogado, un licenciado corrupto que manejaba los asuntos legales del cártel y que había ayudado a encubrir la muerte de mi hijo, a asegurarse de que no hubiera investigación ni consecuencias.

No era sicario, era un hombre de traje y corbata que se creía mejor que los demás por tener título universitario. Lo maté en abril con Tolo H en el café que le llevé a su oficina cuando fui a cocinar para una reunión de negocios. murió una semana después de un derrame cerebral que sus colegas atribuyeron al estrés del trabajo.

El undécimo fue el gallo, un tipo presumido que se jactaba de haber sido quien le cortó el cuello a mi Daniel. Lo escuché una noche contando la historia en el comedor, riéndose mientras describía cómo mi hijo había llorado y suplicado antes de morir. Tuve que morderme la lengua hasta sangrar para no gritar, para no agarrar un cuchillo y clavárselo ahí mismo.

Esperé dos meses para matarlo, dos meses de verlo todos los días, de servirle la comida con una sonrisa, de escuchar sus bromas estúpidas y sus historias de violencia. Dos meses de imaginar su muerte una y otra vez mientras le preparaba el desayuno. Lo maté en junio con una dosis triple de dormilona negra en los chilaquiles que tanto le gustaban.

Quería asegurarme de que sufriera, de que sintiera como su cuerpo lo traicionaba, de que tuviera tiempo de saber que se estaba muriendo. Murió 12 horas después, solo en su departamento, retorciéndose de dolor, según contó el vecino, que escuchó sus gritos. Los doctores dijeron que había sido un infarto masivo, complicado, con falla multiorgánica.

11 muertos. Quedaban tres, incluyendo el comandante Ramiro. El dúo décimo fue relativamente fácil. Era un chóer llamado el patas que había manejado la camioneta que tiró el cuerpo de Daniel en mi puerta. No era sicario, solo chóer, pero había participado en el acto final de humillación contra mi hijo y contra mí.

Lo maté en agosto con chamico en una torta de tamal que le vendí en la calle, fingiendo que estaba vendiendo comida para juntar dinero extra. Murió al día siguiente de aparentes complicaciones respiratorias. El dettimottercero fue más complicado. Se llamaba el doctor, aunque no era médico, sino un tipo que se encargaba de interrogar a los prisioneros del cártel.

usando técnicas de tortura que había aprendido quién sabe dónde. Él había sido quien torturó a Daniel antes de que lo mataran, quien le arrancó las uñas y le quemó la piel según las marcas que vi en su cuerpo. El doctor casi nunca venía a las casas de seguridad. tenía su propio espacio de trabajo en algún lugar que yo no conocía y solo aparecía cuando lo llamaban para algún trabajo especial.

Tuve que esperar casi un año para encontrar la oportunidad. Se presentó en octubre de 2019 cuando el cártel organizó una fiesta grande para celebrar el cumpleaños de uno de los jefes principales. Me contrataron para cocinar para 200 personas, el evento más grande en el que había trabajado. Y entre los invitados estaba el doctor.

Lo identifiqué apenas llegó. un tipo de unos 40 años con lentes y cara de intelectual, que no parecía un torturador, sino un profesor de universidad. Vestía de manera formal, hablaba con palabras educadas y tenía modales que desentonaban con los sicarios tatuados que lo rodeaban. Observé qué comía, qué bebía, cuáles eran sus preferencias.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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