Cuando me trajeron el cuerpo de mi hijo Daniel envuelto en una cobija ensangrentada y me lo tiraron en la puerta de mi casa como si fuera basura, supe que mi vida había terminado. Tenía 22 años. Trabajaba conmigo en las cocinas del cártel y lo mataron porque escuchó algo que no debía escuchar durante una reunión de los jefes.
Yo llevaba 8 años cocinando para el CJ. Och años preparando desayunos, comidas y cenas para sicarios, halcones, comandantes y jefes de plaza. 8 años alimentando a los hombres más peligrosos de Jalisco, mientras ellos planeaban ejecuciones, levantones y masacres en las mismas mesas donde yo les servía el pozole.
Me pagaban bien, me trataban con respeto, me decían doña Consuelo y me besaban la mano como si fuera su madre. Pero cuando mi hijo cometió el error de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, no dudaron ni un segundo en cortarle el cuello y aventarlo en mi puerta como advertencia. Esa noche, mientras lavaba la sangre de Daniel del piso de cemento, mientras cerraba sus ojos que todavía tenían el terror grabado, mientras le rezaba a la Virgen de Zapopan pidiéndole fuerzas para no morirme yo también de dolor, tomé una decisión que cambiaría
todo. Iba a seguir cocinando para ellos y va a seguir sonriéndoles, sirviéndoles, tratándolos como reyes. Pero uno por uno, los que participaron en la muerte de mi muchacho iban a ir cayendo con mis propias manos, con mis propios guisados, con el mismo veneno que mi abuela zapoteca usaba para eliminar ratas en el campo.
Mi nombre es Consuelo Ramírez Vázquez, tengo 50 años y en los últimos dos años maté a 14 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación, usando la cocina que ellos mismos me habían enseñado a amar. Esta es mi confesión. Nací en un pueblo llamado San Martín de Bolaños, en el norte de Jalisco, donde la sierra se levanta tan alta que parece tocar el cielo y las nubes se quedan atrapadas entre los picos como algodones olvidados por Dios.
Era un pueblo pobre, olvidado por todos los gobiernos que han pasado por este país, donde la gente vivía de la mil parraquítica, del ganado flaco que pastaba entre las piedras. y de los milagros que le pedíamos a la Virgen de la Asunción cada domingo en la iglesia del pueblo. Mi padre se llamaba Refugio Ramírez.
Era campesino de los de antes, de esos que se levantan cuando todavía está oscuro y se acuestan cuando ya salieron las estrellas. Tenía las manos callosas como piedras de río y la espalda doblada de tanto cargar costales de maíz. Nunca fue a la escuela. Apenas sabía escribir su nombre, pero era el hombre más sabio que he conocido.
Me enseñó que la dignidad no se compra con dinero y que el trabajo honrado es la única herencia que vale la pena dejar. Mi madre era Soledad Vázquez y era la mejor cocinera de toda la región de Los Altos de Jalisco. Según decían los que probaban sus guisados. La gente venía desde pueblos lejanos para encargarle comida para sus bodas, sus bautizos, sus 15 años.
Su mole negro era famoso en cinco municipios a la redonda y sus tamales de elote eran tan buenos que el cura del pueblo decía que debían ser pecado porque daban demasiado placer. Éramos seis hermanos en total, cuatro mujeres y dos hombres. Yo era la segunda de las mujeres, la que desde chiquita mostró talento para la cocina. Mientras mis hermanas preferían jugar con muñecas o ayudar a mi padre en el campo, yo me pegaba a las faldas de mi madre y no me despegaba del fogón.
A los 7 años ya sabía hacer tortillas a mano, palmeándolas con el ritmo exacto que mi madre me había enseñado. A los 10 preparaba el mole para las fiestas del pueblo, tostando los chiles en el comal hasta que se ponían negros y soltaban ese aroma que te hacía llorar y salivar al mismo tiempo. A los 12 cocinaba sola para toda la familia cuando mi madre se enfermaba de sus achaques, que eran frecuentes por el trabajo duro de toda una vida.
La cocina era mi mundo, mi refugio, el único lugar donde me sentía verdaderamente poderosa y en control de algo. En la cocina yo mandaba. En la cocina yo decidía qué sabores se mezclaban, cuánta sal llevaba cada guiso, cuánto tiempo se dejaba hervir el caldo. Era mi reino pequeño, mi territorio sagrado. Mi madre me enseñó todo lo que sabía con la paciencia de una santa.
Me enseñó a seleccionar los mejores chiles en el mercado, apretándolos suavemente para sentir su textura, oliéndolos para detectar su frescura. me enseñó a tostar las especias en el comal de barro hasta que soltaran su aroma más profundo. Ese momento exacto en que el comino, el clavo y la pimienta explotan en fragancia y si te pasas un segundo ya se quemaron y arruinaste todo.
me enseñó a preparar el nix tamal con la cantidad exacta de cal para que la masa quedara suave pero firme, ni chiclosa, ni quebradiza. Me enseñó que cocinar no era simplemente mezclar ingredientes siguiendo una receta. Cocinar era un acto de amor, una forma de comunicarse sin palabras, una manera de darle a la gente algo de ti mismo en cada bocado.
La comida es amor, consuelo, me decía mientras me guiaba las manos sobre la olla de mole negro que borboteaba en el fogón. Cuando cocinas para alguien, le estás entregando un pedazo de tu corazón. Por eso hay que cocinar siempre con cariño, nunca con rabia, nunca con prisa, nunca pensando en otra cosa.
La comida siente lo que tú sientes y la gente lo sabe aunque no pueda explicarlo. Esas palabras se me quedaron grabadas en el alma para siempre, aunque años después las traicioné de la manera más terrible que se pueda imaginar. también me enseñó otras cosas, cosas más oscuras que no le contaba a nadie. Mi madre venía de una familia de curanderas apotecas que habían emigrado de Oaxaca a Jalisco hacía tres generaciones.
Traían consigo conocimientos antiguos sobre plantas, sobre remedios, sobre los poderes ocultos de la naturaleza que la ciencia moderna desprecia, pero que funcionan igual que funcionaban hace 1000 años. Mi abuela materna, que murió cuando yo tenía 5 años, era conocida en su pueblo como la que sana y la que mata, porque sabía preparar pócimas que curaban las peores enfermedades, pero también sabía preparar venenos que despachaban al otro mundo sin dejar rastro.
Mi madre heredó ese conocimiento y me lo transmitió a mí, aunque siempre con advertencias severas. Esto que te enseño es solo para emergencias, Consuelo. Me decía en voz baja mientras me mostraba las plantas que crecían en el monte. La hierba del alacrán quita el dolor de muelas, pero en dosis altas detiene el corazón. El toloache domina la voluntad, pero si te pasas enloquece y mata.
El chamico cura el asma, pero también puede cerrar los pulmones para siempre. Este conocimiento es un arma y las armas solo se usan cuando no hay otra opción. Yo escuchaba y memorizaba, aunque nunca pensé que algún día tendría que usar ese conocimiento para algo más que curar dolores de cabeza o espantar las plagas del maíz.
Me casé a los 18 años con Ramiro Delgado, un muchacho del pueblo vecino que trabajaba como chóer de camiones de carga. Era buen mozo, Ramiro, alto y moreno, con una sonrisa que me derritió desde la primera vez que lo vi en una fiesta patronal. Bailamos toda la noche. Me robó un beso detrás de la iglesia y tres meses después le pidió mi mano a mi padre con todo el formalismo que se usaba.
Entonces, Ramiro me llevó a vivir a Guadalajara, donde él tenía más oportunidades de trabajo manejando tráileres para una empresa de transportes. Dejé mi pueblo, dejé a mi familia, dejé todo lo que conocía para empezar una nueva vida en la ciudad más grande que había visto en mi vida. Los primeros años fueron terriblemente duros.
Vivíamos en un cuartito de lámina en la colonia Oblatos, un solo espacio donde cocinábamos, dormíamos y guardábamos todas nuestras pertenencias. No teníamos dinero más que para lo básico. No conocíamos a nadie en la ciudad. No teníamos más que nuestra juventud y nuestras ganas desesperadas de salir adelante.
Ramiro manejaba sus camiones de lunes a sábado, a veces semanas enteras sin volver a casa, recorriendo carreteras de Guadalajara, a México, a Monterrey, a la frontera. Yo me quedaba sola en ese cuartito extrañando mi pueblo, llorando de noche cuando nadie me veía, preguntándome si había cometido un error al dejar todo por seguir a un hombre.
Busqué trabajo donde pude para ayudar con los gastos. Lavé ropa ajena hasta que se me agrietaron las manos de tanto tallar. Limpié casas de gente rica que me miraba como si fuera un mueble más. Cuide niños ajenos por unas monedas y sé de todo lo que una mujer pobre puede hacer en una ciudad que no la conoce ni le importa.
Fue entonces cuando recordé las palabras de mi madre y descubrí que mi talento para la cocina podía ser mi tabla de salvación. Empecé vendiendo tamales en la esquina de la vecindad donde vivíamos. Solo los fines de semana. Al principio me levantaba a las 3 de la mañana a preparar la masa, a moler los chiles, a envolver cada tamal con el cuidado que mi madre me había enseñado.
A las 6 ya estaba en la esquina con mi bote de tamales humeando, esperando a los primeros clientes que salían a trabajar. Mis tamales eran diferentes a los que vendían las otras señoras de la zona. eran más grandes, más sabrosos, con más carne y menos masa. Usaba las recetas de mi madre, los secretos de generaciones de mujeres de mi familia que habían perfeccionado el arte de los tamales durante siglos.
La gente lo notó inmediatamente. “Señora, estos tamales están increíbles”, me dijo un albañil la segunda semana con la boca todavía llena. “¿De dónde es usted?”, Le conté que era de la sierra de Jalisco, que mi madre era cocinera famosa en la región. El albañil asintió como si eso explicara todo. Se nota, se nota.
Esto es comida de verdad, no las porquerías aguadas que venden por ahí. La voz se corrió rápido. En menos de tres meses ya vendía tamales todos los días y la gente hacía fila desde las 5 de la mañana para asegurarse de alcanzar antes de que se acabaran. Tuve que empezar a preparar el doble, luego el triple.
Agregué gorditas, sopes, quesadillas, tacos de guisado. Mi pequeño puesto de esquina se convirtió en el lugar más popular del barrio para desayunar. Con el dinero extra pudimos mudarnos a una casa mejor, un departamento pequeño, pero con dos cuartos, baño propio y una cocina donde podía trabajar sin estorbar. Ramiro estaba orgulloso de mí.
Me decía que era la mejor cocinera del mundo, que algún día íbamos a tener nuestro propio restaurante. En 1997, después de 2 años de intentar sin éxito, finalmente quedé embarazada. fue el embarazo más difícil de mi vida, con náuseas constantes, dolores de espalda que no me dejaban dormir y un miedo terrible de perder al bebé como había perdido otros dos antes. Pero aguanté.
Recé todos los días a la Virgen de Zapopan. Le prometí que si me daba ese hijo sano, lo iba a criar para que fuera un hombre de bien. Daniel nació el 15 de agosto de 1997, día de la Asunción de la Virgen, como si fuera una señal del cielo. Fue el día más feliz de mi vida entera. Era un bebé hermoso, gordito y rosado, con los ojos grandes y expresivos de su padre y la sonrisa amplia de mi madre.
Desde el momento en que lo tuve en mis brazos mojado y gritando, supe que todo lo que hacía, todo mi trabajo, todo mi esfuerzo, todo mi sacrificio era por él y solo por él. Daniel era mi razón de existir, mi motor, mi sol y mi luna. Todo lo demás dejó de importar, solo él. 3 años después nació mi hija Gabriela y dos años más tarde llegó el último Pedrito.
Tres hijos que criar, tres bocas que alimentar, tres futuros que construir. Ramiro seguía con sus camiones, pero el dinero nunca alcanzaba, por más que trabajáramos los dos. Yo cocinaba de sol a sol ampliando el negocio, aceptando pedidos para fiestas, bodas, 15 años, lo que fuera. Daniel creció ayudándome en el puesto desde que tuvo edad para cargar una olla.
era mi mano derecha, mi compañero, mi orgullo. Aprendió a cocinar casi tan bien como yo. Heredó el don de la familia para los sabores, pero también era listo para la escuela. Sacaba buenas calificaciones, soñaba con estudiar ingeniería y construir puentes y edificios. Algún día voy a construirte una casa grande, mamá.
” Me decía cuando tenía 12 años con esa seriedad que solo tienen los niños cuando hablan de sus sueños. una casa con jardín y cocina enorme para que no tengas que trabajar tanto. Yo le acariciaba el pelo y le decía que sí, que algún día, sabiendo en mi corazón que probablemente nunca tendríamos dinero para eso, pero sin querer romper sus ilusiones.
En 2010, cuando Daniel ya tenía 13 años y estaba por entrar a la secundaria, mi vida dio un giro que nunca esperé. Una vecina que conocía mi trabajo, una señora que compraba tamales todas las semanas, me habló de una oportunidad especial. “Consuelo, conozco gente que busca una cocinera de planta”, me dijo bajando la voz como si contara un secreto.
“Pagan muy bien, mucho más de lo que ganas vendiendo en la calle, pero tienes que ser discreta, muy discreta.” Le pregunté quiénes eran esas personas, qué clase de trabajo era. Mi vecina me miró fijamente evaluándome, decidiendo si podía confiar en mí. Es gente pesada, consuelo, gente del cártel, pero pagan puntual, tratan bien a sus empleados y mientras no metas las narices donde no te llaman, no pasa nada.
Yo trabajé para ellos dos años lavando ropa y nunca tuve ningún problema. Debía haber dicho que no. Debía haber rechazado la oferta sin pensarlo dos veces y seguir con mi vida de tamalera honrada. Pero pensé en Daniel en su sueño de estudiar ingeniería. Pensé en Gabriela y Pedrito, en las escuelas buenas que nunca podría pagarles. Pensé en la casa con jardín que nunca podría comprarles.
Y pensé en los 3000 pesos semanales que ofrecían. más de lo que yo ganaba en un mes completo vendiendo en la calle. Acepté. Dije que sí y con esa decisión firmé sin saberlo la sentencia de muerte de mi hijo. El primer día llegó una camioneta suborba negra con vidrios polarizados a recogerme a las 5 de la mañana. El chóer era un tipo joven con tatuajes en los brazos y cara de pocos amigos.
No me dijo ni buenos días, solo me hizo una seña para que subiera. Viajamos 40 minutos hasta una zona residencial de Tiso Mulco, que yo no conocía, con casas enormes escondidas detrás de bardas altísimas y cámaras de seguridad. La casa donde me dejaron era una mansión como las que salen en las telenovelas. Dos pisos, jardines con palmeras, alberca reluciente, camionetas de lujo estacionadas en el patio.
Me recibió una mujer mayor, seria, con cara de no aguantar tonterías, que se presentó como doña Celia, la encargada de la casa. Me explicó las reglas con voz firme. Yo venía a cocinar, exclusivamente a cocinar. No podía hablar con nadie de lo que viera dentro de esas paredes. No podía hacer preguntas sobre nada. No podía usar teléfono celular dentro de la propiedad.
No podía contarle a mi familia dónde trabajaba ni para quién. Si cumplía todas las reglas, me pagarían bien y me tratarían con respeto. Si las rompía, bueno, doña Celia no especificó las consecuencias, pero la amenaza flotaba en el aire como el humo de un cigarro. Ese primer día preparé desayuno para 15 hombres.
Huevos rancheros con salsa de chile de árbol, frijoles refritos con queso, chilaquiles verdes con crema y pollo, café de olla con canela y piloncillo. Los hombres fueron llegando poco a poco al comedor. La mayoría jóvenes tatuados, con miradas que habían visto demasiadas cosas. Todos traían pistolas fajadas en el pantalón como si fueran parte del uniforme.
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