Estaba bañando a mi suegro, incapaz de moverse, cuando al quitarle la camisa me quedé inmóvil: recordé las advertencias de mi esposo antes de viajar y por fin comprendí por qué siempre temía que yo entrara en la habitación de su padre…

—Si usted se siente en peligro —añadió el abogado— o siente que el señor Manuel corre peligro inmediato, puede llamar a la policía. Hacer un reporte por sospecha de maltrato. Las fotos de las lesiones ayudarían.

Respiré hondo. No era una conversación que hubiera imaginado tener jamás.

Dos días después, Diego volvió del viaje.

Lo vi cruzar la puerta con su maleta, sonriendo cansado, como siempre. Me abrazó, me besó en la frente, me preguntó por mi semana. Yo respondí con frases cortas, automáticas. Él se dio cuenta.

—¿Qué pasa? —frunció el ceño—. Tienes una cara…

—Necesitamos hablar —dije, interrumpiéndolo.

Sus ojos cambiaron de inmediato. Ese brillo que conocía bien, mezcla de alerta y molestia contenida.

—¿Conseguiste a alguien para ayudar con papá, no? Te dije que no fueras a su habitación sola.

—Fui —lo miré a los ojos—. Y le ayudé a bañarse.

Su mandíbula se tensó.

—Te dije que no lo hicieras —repitió, esta vez con un tono más duro—. Puede ponerse nervioso, puede…

—Diego, tu padre no se “pone nervioso”. Tu padre está lleno de moretones.

El silencio que siguió fue pesado. Vi, claramente, cómo su expresión cambiaba de sorpresa a algo más frío.

—Está viejo, Ana. Se marca con cualquier cosa. Los cuidadores a veces lo…

—Los cuidadores no lo golpean —lo interrumpí, sacando el móvil—. Ya hablé con ellos. Y tengo fotos. Moretones que no corresponden a simples “marcas”.

Deslicé el dedo y le mostré una imagen cercana del torso de su padre. Diego la miró apenas un segundo y apartó la vista.

—No sé qué estás insinuando —dijo.

—No estoy insinuando nada. Estoy diciendo lo que vi. Y lo que leí.

Saqué la libreta de la cartera y la puse sobre la mesa entre nosotros. Él la reconoció al instante. Sus ojos se abrieron apenas.

—¿Qué es esto? —preguntó, aunque estaba claro que sí lo sabía.

—Lo que tu padre ha escrito durante meses, cuando no estabas. Lo que tú no querías que nadie más leyera.

Diego tomó la libreta con brusquedad. La hojeó, sus dedos temblando. Vi cómo apretaba la mandíbula con cada línea que pasaba.

—Está delirando —escupió al final—. Tú misma ves la letra. No tiene fuerza, no coordina. ¿Desde cuándo le crees más a él que a mí?

—Desde que lo vi mirarme a los ojos con más lucidez que tú ahora —respondí, sintiendo por primera vez que no tenía miedo—. Desde que parpadeó “sí” cuando le pregunté si tú lo golpeabas. Desde que empecé a ver cosas tuyas que nunca quise ver.

Se rió, una risa seca.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Ir a la policía con esto? ¿Con garabatos de un viejo paralítico que me odia porque finalmente me quedé con la empresa que siempre quiso controlar?

Me dolió que lo dijera tan directamente, pero también era una confesión.

—Voy a proteger a tu padre —dije despacio—. No vas a quedarte solo con él nunca más. Y sí, si hace falta, voy a ir a la policía. Ya hablé con un abogado.

Sus ojos se oscurecieron. Por un momento tuve miedo de que me golpeara a mí también. Pero sólo apretó los puños y se dio media vuelta.

—No sabes con lo que te estás metiendo, Ana —murmuró—. No tienes idea de quién soy yo de verdad.

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