Cuando guardé el teléfono, vi que tenía un mensaje nuevo de Diego.
“¿Todo bien con papá? Acuérdate de no quedarte sola con él. Se impresiona fácil y luego no duerme.”
Leí ese mensaje con otros ojos. Las palabras, que antes me habían parecido protectoras, ahora sonaban como una advertencia. No para mí. Para él.
Cerré la libreta con decisión. Me incliné hacia don Manuel.
—Le prometo que voy a averiguar la verdad —le dije, más para convencerme a mí misma que a él—. Y si Diego le ha hecho daño… no voy a mirar hacia otro lado.
Sus ojos se humedecieron. Un parpadeo lento, agradecido.
Lo que no sabía entonces era que buscar la verdad significaba no sólo enfrentar a mi esposo, sino enfrentar también la versión de mí misma que necesitaba creer que estaba casada con un buen hombre.
Esa noche no pude dormir. Dejé a don Manuel lo mejor acomodado que pude, hablé con la enfermera por teléfono para explicarle lo que había pasado y fingí normalidad. No le mencioné los moretones. No todavía. No estaba lista para escuchar un “yo también los vi” o, peor aún, un “no es asunto mío”.
Sentada en la cocina, con una taza de café que se enfriaba rápido, abrí de nuevo las fotos en mi móvil. Los moretones, la libreta, las frases a medias. Volví a leer una en particular:
“Vi cómo soltó el volante… necesitaba el dinero.”
Diego trabajaba en la empresa familiar, eso lo sabía. Tras el “accidente”, había quedado como el único hijo capaz de hacerse cargo. El seguro había pagado una suma importante, y algunas decisiones económicas polémicas se justificaron con la necesidad de adaptar la casa, contratar cuidadores, pagar terapias. Yo nunca sospeché de nada.
Abrí la aplicación del banco donde compartíamos una cuenta. Empecé a revisar movimientos antiguos, transferencias, gastos. No era hacker ni contadora, pero algo llamó mi atención: justo un mes después del accidente, una transferencia grande hacia una cuenta que yo no conocía. Remitente: la empresa. Beneficiario: Diego. Concepto: “bono extraordinario”.
Mi estómago se encogió.
Pasé las siguientes horas cruzando datos: mensajes, correos antiguos donde Diego se quejaba de su padre “controlador”, conversaciones con mi suegra fallecida años antes (ella decía que “Manuel siempre fue muy duro con los negocios, pero justo”). Cada pieza parecía encajar en una imagen que no quería ver completa.
Al día siguiente, tomé una decisión.
Llamé a mi hermana.
—Necesito que vengas a la casa —le dije—. No preguntes mucho por teléfono. Sólo… ven.
Cuando llegó, le mostré todo: los moretones, la libreta, las fotos, los movimientos bancarios que me parecían raros. Ella escuchó en silencio, con el ceño fruncido.
—Ana, esto es muy serio —murmuró al final—. No puedes manejarlo tú sola. Habla con un abogado, con la policía… con alguien.
—Es mi esposo —respondí, sintiendo de nuevo el peso de esa palabra—. Si todo esto es verdad, no sólo ha maltratado a su padre. Lo intentó matar. Y a lo mejor mató a mi suegra, quién sabe…
—No te vayas por las ramas. Quédate con lo que sabes, con lo que puedes probar.
Tenía razón. Lo único que tenía, de momento, eran palabras escritas por un hombre paralizado, un patrón de moretones y algunas transferencias sospechosas. No era poco, pero tampoco era suficiente para señalar a Diego como un criminal sin margen de duda.
Aun así, llamamos a un abogado recomendado por un conocido de mi hermana. Hicimos una videollamada esa misma tarde. Le conté todo, sin adornos. Él tomó notas, serio.
—Lo primero es proteger al señor Manuel —dijo—. ¿Hay forma de que Diego no se quede a solas con él hasta que esto se aclare?
Pensé en su mensaje, en su insistencia en que yo no entrara sola al cuarto. Irónico.
—Sí —respondí—. Puedo organizar los horarios con la enfermera y el cuidador. Y yo. Pero si Diego insiste…
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