—Grandma, no estás sola —dijo Lucas, tomando su mano de nuevo—. Pero tenemos que pensar. No puedes volver a casa sin un plan.
Helen se sentó en un banco, el cuerpo temblando. Por primera vez desde la muerte de Michael, deseó desesperadamente que él estuviera allí, que pudiera decirle qué hacer. Pero estaba sola. Sola con una verdad monstruosa.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Lucas.
Helen respiró hondo.
—Primero —dijo, con una determinación que no sabía que tenía—, vamos al funeral caminando. Que crean que todo sigue igual. Y después… hablaremos con un abogado. Y con la policía.
Lucas asintió, pero su mirada reflejaba algo más oscuro: miedo por lo que podía ocurrir cuando la familia descubriera la verdad.
El funeral sería solo el comienzo.
El servicio fúnebre se celebró en una pequeña iglesia de ladrillo rojo, donde Helen y Michael habían asistido cada Navidad durante décadas. Al entrar, Helen sintió el peso de todas las miradas sobre ella. Anna corrió hacia su madre con lágrimas perfectamente medidas.
—¡Mamá! ¿Por qué no respondiste las llamadas? Estábamos tan preocupados…
Helen mantuvo el rostro sereno, aunque por dentro le hervía la sangre.
—No las escuché —mintió suavemente.
Lo mismo dijo a David cuando él se acercó, fingiendo preocupación, cuando en realidad sus ojos la observaban con una frialdad calculada.
Lucas se mantuvo a su lado en todo momento, como un pequeño guardián silencioso.
Durante la ceremonia, Helen no escuchó ni una palabra del pastor. Su mente repasaba cada gesto, cada insinuación que había ignorado durante años: la presión por firmar documentos, las discusiones a puerta cerrada, los comentarios de Laura sobre “lo difícil que era mantener dos casas” o “lo mejor que sería simplificar la herencia”.
Michael siempre había confiado en sus hijos. Ella también. Pero la muerte cambia a la gente, o tal vez revela quiénes son en realidad.
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