¡ESE COLLAR ERA DE MI DIFUNTA ESPOSA!”, GRITÓ EL MAGNATE… PERO LA RESPUESTA DE LA MUJER DE LA LIMPIEZA LO CONGELÓ

El grito explotó en el salón principal como un vaso hecho trizas contra el piso y, por un segundo, hasta el mariachi en vivo se quedó sin aliento.
—¡Ese dije era de mi esposa! —rugió Sebastián Cruz, el empresario más temido de Puerto San Plata, de pie junto a su mesa, con el rostro torcido por una furia que hacía retroceder a cualquiera

Su dedo acusador apuntaba directo al pecho de una joven con uniforme gris y una jerga húmeda en la mano. Ivet se quedó paralizada. Sintió la sangre helársele y, por puro instinto, soltó la jerga y se cubrió el cuello con ambas manos, protegiendo el medallón dorado que colgaba ahí.

—Señor… yo no robé nada —tartamudeó, dando un paso atrás—. Se lo juro por mi madre.

Sebastián no escuchaba. Pateó una silla y avanzó como tormenta. Los comensales se apartaron, no por el escándalo, sino por el dolor crudo que salía de ese hombre.

—¡No me mientas! —gruñó, acorralándola contra una columna—. Llevo veintitrés años buscándolo. ¿De dónde lo sacaste? ¡Habla!

El gerente del restaurante, Vargas, apareció corriendo, rojo de pánico.
—Señor Cruz, mil disculpas… —se metió entre ambos con las manos alzadas—. La muchacha es nueva. Si se robó algo, la despedimos. Ivet, estás despedida. ¡Fuera antes de que llame a la policía!

Vargas le agarró el brazo para arrastrarla a la cocina. Ivet soltó un quejido, pero antes de zafarse, una mano fuerte cerró alrededor de la muñeca del gerente. Era Sebastián.

—Suéltala —ordenó en voz baja, peligrosa—. Si la vuelves a tocar, mañana mismo te cierro el changarro.

Vargas soltó al instante, temblando.
—Pero, señor… trae su medallón…

—Cállese y lárguese —cortó Sebastián sin mirarlo.

Luego volvió a Ivet. Estaban tan cerca que ella olió el tequila caro en su aliento y vio algo desnudo en sus ojos grises: no solo rabia, también una herida abierta.

—Dámelo —exigió, extendiendo la mano—. Ahorita.

Ivet negó con la cabeza, aferrándose al dije como si le fuera la vida.
—Es mío. Es lo único que tengo de mi mamá. Lo traigo desde bebé.

Sebastián golpeó la columna con el puño.
—¡Mientes! Mi esposa lo llevaba la noche que murió en el accidente. Nadie sobrevivió. Nadie.

Ivet tragó saliva, temblando, y aun así la dignidad le subió por la espalda.
—Si de verdad es suyo… dígame qué dice la grabación atrás —retó, con la voz quebrada—. Si lo conoce, lo debe saber.

Sebastián se quedó inmóvil.
—Dice… —susurró, cansado—. Dice: “S + E para siempre”.

Ivet volteó el medallón. Bajo la luz, las letras brillaron: S + E para siempre.

A Sebastián se le escapó un sonido ahogado. Se lo arrebató con cuidado brutal, frotándolo como si quisiera comprobar que era real.
—No… esto no puede… ¿Cuántos años tienes?

—Veintitrés.

—¿Cuándo cumples?

—No lo sé exacto. Me encontraron… el doce de diciembre.

El mundo se detuvo. Doce de diciembre. El día del accidente. El día que enterró a Evelina… y al bebé que le dijeron que jamás respiró.

—Vienes conmigo —dijo, tomándole el codo, ya sin furia, con una urgencia delirante.

—¡No! —Ivet jaló—. Devuélvame mi medallón.

Sebastián sacó la cartera y aventó un fajo de billetes sobre la mesa sin contarlos.
—Diez mil pesos por hablar diez minutos. Veinte mil si vienes ya.

El restaurante quedó en silencio.
—Treinta mil —dijo Ivet, con el corazón golpeándole el pecho—. Y me lo regresa al final.

—Trato.

Pidió un salón privado, cerró con pestillo y marcó con dedos temblorosos.
—Doctor Rivas… venga al Skyline ahora mismo. Prueba de ADN urgente. Sí, urgente.

Colgó y señaló un sofá.
—Siéntate.

—Usted dijo que era hablar. Quiero mi dinero y salir.

—El dinero es tuyo cuando termine el doctor. Y tú me vas a decir todo.

Ivet contó lo que sabía: la tormenta, la campana del refugio, la canasta, la chamarra de cuero sucia que olía a tabaco y grasa, el medallón amarrado con doble nudo. Cuando tocaron la puerta, entró el doctor canoso con su maletín.

—¿Qué locura es esta?

—ADN. Paternidad. Ahorita.

Tomaron las muestras. Sebastián firmó un cheque.
—Cincuenta mil —dijo—. Por el susto.

—Cuatro horas —advirtió el doctor— si despierto al laboratorio y pago triple.

Cuando se fue, Sebastián no dejó salir a Ivet. La llevó a su penthouse. Teléfono retirado. Elevador bloqueado. Silencio caro. Llegó su abogado, Arturo Salcedo, traje impecable, sonrisa sin alma.

—Esto es una estafa —dijo, mirando a Ivet como polvo—. ¿Una limpiadora con una joya de medio millón?

—Llame al orfanato —pidió Ivet—. A la hermana Maura.

Sebastián dudó y le devolvió el teléfono. Altavoz. Maura confirmó la noche de tormenta, la chamarra, la sombra que cojeaba hacia una camioneta vieja y el grito final: “¡Perdóname, Dios mío!”.

—Evelina murió esa noche —dijo Sebastián—. Si Ivet está aquí… alguien mintió.

A las tres de la mañana sonó el teléfono.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.