Tú no entiendes. Si ella regresó, todo lo que construimos se derrumbaría. Entonces, que se derrumbe, dijo Ricardo con una firmeza que la hizo retroceder. Prefiero perderlo todo antes que vivir con una mentira. En ese momento, los empleados comenzaron a acercarse, atraídos por los gritos. Verónica intentó mantener su máscara de perfección. No creas lo que ves, Ricardo. Esa mujer está enferma. Clara la manipuló. Esa sirvienta inventó todo. Clara fue la única que tuvo el valor de decirme la verdad, replicó él.
Verónica perdió el control. Esa miserable arruinó mi vida. Todo era perfecto hasta que ella llegó. No, Verónica, respondió Ricardo con voz helada. Todo era una farsa. El silencio se hizo pesado. La esposa bajó la mirada sabiendo que había perdido. Ricardo corrió de nuevo al sótano y ayudó a su madre a subir. Los empleados observaban sin entender, algunos con lágrimas, otros con miedo. Doña Leonor temblaba, pero su mirada seguía llena de dignidad. Cuando llegó al salón principal, respiró hondo, como si el aire le devolviera los años perdidos.
Verónica intentó acercarse, pero Ricardo levantó la mano. Ni un paso más. Ricardo, por favor, no te atrevas a pronunciar mi nombre. La puerta principal se abrió. Dos guardias de seguridad, alertados por los gritos, miraron a Ricardo esperando órdenes. “Saquen a esta mujer de mi casa”, ordenó con voz firme. Verónica comenzó a llorar. Pero sus lágrimas ya no tenían poder. Fue escoltada hasta el jardín mientras su esposo, con los ojos húmedos, sostenía a su madre entre los brazos.
Doña Leonor lo miró con ternura. Ahora ya sabes la verdad, hijo mío, pero recuerda, el perdón también libera. Ricardo la abrazó llorando como un niño. Te prometo que nunca más estarás sola. Clara desde el corredor observaba en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No buscaba reconocimiento, solo paz. Y al verlos juntos, supo que todo había válido la pena. La mansión, que por años había sido un templo de apariencias, se llenó de algo que hacía mucho no habitaba allí, la verdad.
Y mientras la mañana iluminaba los retratos antiguos, el rostro de doña Leonor parecía sonreír como si por fin la casa recordara su verdadero corazón. El amanecer trajo una calma engañosa. Por primera vez en años, doña Leonor respiraba aire fresco en el salón principal de la mansión del monte. La luz entraba por los ventanas y se reflejaba en los ojos húmedos de Ricardo, que no se separaba de su madre. ni un segundo. Los empleados observaban en silencio, incapaces de creer lo que veían.
Verónica, en cambio, caminaba por el pasillo como un fantasma furioso. Sus pasos eran rápidos, su respiración agitada. Sabía que el equilibrio perfecto de su vida había terminado. Desde la ventana vio como Ricardo hablaba con su madre, como los dos reían entre lágrimas y sentía que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. En un intento desesperado, bajó las escaleras con una sonrisa forzada. “Ricardo, amor, ¿podemos hablar?”, dijo con voz dulce, intentando fingir inocencia. Él la miró con una frialdad desconocida.
No hay nada que decir. Claro que sí. Todo fue un malentendido. Tu madre, ella está confundida, no está bien de la cabeza. Doña Leonor levantó la mirada. Verónica, la única que está enferma aquí eres tú. Las palabras de la anciana fueron como un látigo. Verónica dio un paso hacia atrás pálida. Ricardo se interpuso entre ambas. No la toques, ordenó. Tampoco puedo defenderme, replicó ella alzando la voz. Todo lo hice por ti, Ricardo. Tú necesitabas una esposa fuerte, una imagen impecable.
Tu madre era un obstáculo. Era mi madre, gritó él con un dolor que resonó por toda la casa. El silencio fue absoluto. Verónica respiraba con dificultad, con los ojos brillantes de ira. Si ella no hubiera vuelto, todo seguiría perfecto. Perfecto para ti, dijo Ricardo con voz rota. Porque vivías entre lujos construidos sobre mentiras. La esposa lo observó con desesperación. De verdad vas a echarlo todo a perder por una sirvienta y una vieja loca. Clara, que estaba cerca de la puerta, bajó la cabeza al escuchar esas palabras.
No esperaba gratitud, pero el desprecio aún dolía. Ricardo se volvió hacia ella. Clara, acércate, por favor. Ella dudó, pero obedeció. Esta mujer, dijo Ricardo mirando a Verónica, arriesgó su vida para salvar a mi madre. Si hoy la tengo conmigo, es gracias a ella. Clara tembló. No hice más que lo correcto, señor. Lo correcto, lo repitió con firmeza, algo que muchos aquí olvidaron hace tiempo. Verónica apretó los puños. Así me pagas todo lo que he hecho por ti.
Te di mi juventud, mi vida. Me diste una mentira, respondió Ricardo con voz serena. Y esa mentira termina hoy. Los guardias que seguían en el vestíbulo dieron un paso al frente. Ricardo los miró. Quiero que acompañen a la señora Verónica a su habitación. Recogerá sus cosas y se marchará. ¡No me puedes echar de mi propia casa! Gritó ella histérica. Esta mansión también es mía. Esta casa pertenece al apellido del monte y tú lo manchaste con crueldad. No te lo perdonaré.
" Verónica rompió en llanto, pero sus lágrimas ya no tenían poder. "Te arrepentirás, Ricardo? Te juro que me vengaré.” Él no respondió, solo le dio la espalda y se arrodilló junto a su madre. Los guardias escoltaron a Verónica hasta las escaleras. Su rostro, cubierto de maquillaje corrido era un retrato de derrota. La miró en silencio con la serenidad de quien ya no teme.
Horas después, la mansión volvió al orden. Doña Leonor descansaba en un sillón, cubierta con una manta. Ricardo la observaba con ternura. Nunca más estarás sola, mamá. Lo prometo. Ella le acarició el rostro. Y tú, hijo, nunca olvides que la bondad es más fuerte que el rencor. Clara se acercó para ofrecerle té caliente. ¡Gracias hija! Dijo la anciana con una sonrisa. Tienes las manos que curan y el corazón que salva.” Clara bajó la mirada conmovida. Solo hice lo que cualquier persona con alma haría.
De pronto, un ruido fuerte hizo temblar los cristales. Ricardo se levantó alarmado. Desde el exterior se escucha un motor arrancar a toda velocidad. Es Verónica, dijo uno de los guardias. Salió con su coche antes de que pudiéramos detenerla. Ricardo miró por la ventana. El auto negro desaparecía por el camino principal. Cerró los ojos cansados. Que se vaya. Ya no pertenece a este lugar. Pero Verónica no se marchaba vencida. Mientras conducía bajo la lluvia, su mente hervía de furia.
“Me lo pagarán todos”, murmuró. “Nadie me humilla y sigue viviendo feliz.” En la mansión, Clara ayudó a doña Leonor a recostarse. “Descanse, señora, ya está a salvo”. La anciana ascendía, pero su mirada seguía preocupada. No confies en el silencio, hija. Las serpientes siempre regresan cuando creen que dormimos. Ricardo escuchó aquellas palabras y se acercó. No volverás, mamá. No dejaré que nadie les haga daño. Sin embargo, mientras la noche caía sobre la casa, un trueno retumbó en el cielo.
Clara sintió un escalofrío. Afuera, entre los árboles, una silueta parecía observarlos. La calma no era más que la antesala de una tormenta. Y aunque Verónica había sido expulsada, su sombra aún rondaba los pasillos de la mansión esperando su momento. La tormenta rugía sobre la mansión como si el cielo mismo quisiera purificarla. Clara observaba por la ventana abrazando una manta vieja. Cada trueno les recordaba que la paz que tanto anhelaban aún no había llegado. Verónica estaba libre, en algún lugar, herida, pero peligrosa, y en su mirada de despedida había quedado grabada una promesa de venganza.
Ricardo, en el despacho, no podía concentrarse. Tenía frente a sí los documentos de la empresa, pero la mente le pesaba. A veces se preguntaba cómo no había visto la verdad antes. Tantos años viviendo con el enemigo bajo mi techo pensé frotándose las ciencias. En el pasillo las pisadas suaves de clara rompieron el silencio. “Señor, le traje café”, dijo ella con voz baja. Ricardo levantó la mirada y le dedicó una sonrisa cansada. “Gracias Clara, no sé cómo agradecerte todo lo que hiciste por mi madre.
No tiene que agradecerme nada, respondió ella. Lo importante es que ella está viva. Un trueno iluminó el despacho. Ricardo miró la lluvia golpeando los ventanales. No me perdonaré haber vivido engañado tanto tiempo. Usted fue víctima de alguien sin corazón, dijo Clara suavemente. No se culpe por la maldad ajena. Doña Leonor apareció en la puerta apoyada en un bastón. Hijo, deja de castigarte. Todos los errores pueden redimirse, pero para sanar hay que perdonar. Ricardo se acercó y la abrazó con ternura.
Te prometo que volveré a levantar esta casa, mamá, pero esta vez será un hogar, no una prisión. Ella molesta. Y será gracias a esa muchacha que trajo la luz a nuestro infierno. Clara bajó la cabeza sonrojada. No sabía qué decir. En su corazón había gratitud, pero también cansancio. La noche anterior no había dormido. Sentía un presentimiento extraño, como si algo oscuro aún los rodeara. Al caer la tarde, la lluvia pasó. Ricardo decidió ir al pueblo para conseguir algunos medicamentos para su madre.
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