En su habitación se dejó caer al suelo, abrazando sus rodillas. Lloró en silencio, pensando en la injusticia que acababa de presenciar, pero entre las lágrimas una determinación se encendió. No permitiría que esa mujer siguiera sufriendo. Al amanecer, la casa volvió a la rutina. Ricardo partió a su oficina sin imaginar lo que ocurría bajo su techo. Verónica, como si nada, paseaba con su taza de café y sus joyas brillando bajo el sol, pero Clara ya no era la misma.
Había visto la verdad. Mientras servía el desayuno, se juró que encontraría la manera de hablar con el señor Ricardo. Tenía que hacerlo saber, aunque eso significara perderlo todo. Esa noche, cuando el cielo se tiñó de rojo y la mansión se hundió en el silencio, Clara volvió a mirar hacia la escalera del sótano. Allí donde había descubierto la oscuridad más profunda, también había nacido algo más fuerte que el miedo, la esperanza. Y mientras la luz de la luna se reflejaba en los retratos del pasillo, comprendió que había iniciado una guerra, una que se bibliotecaría no con armas, sino con verdad.
La voz de doña Leonor resonó una vez más en su mente. Dile a mi hijo que no me olvide. Clara apretó el puño. No solo lo recordaría, lo haría saber al mundo. El amanecer parecía más cruel que nunca. El sol se filtraba por los ventanales, pero la mansión del monte estaba llena de sombras. Clara no había pegado un ojo. Sus manos aún temblaban al recordar el rostro de doña Leonor, aquella mirada entre el amor y la resignación.
Tenía que actuar, tenía que hablar con Ricardo, aunque eso significara desafiar el poder de Verónica. Ese día la señora amaneció de mal humor. Desde temprano gritaba órdenes a los empleados, exigiendo perfección en cada rincón. Su voz era un látigo. Clara, el suelo está mal cerrado. Vuelve a hacerlo. La joven obedecía en silencio, pero dentro de su pecho crecía una tormenta. Cada palabra de Verónica era gasolina sobre el fuego que la consumía. A media mañana, Ricardo regresó antes de lo habitual.
vestía de traje oscuro con el ceño fruncido, saludó brevemente al personal y entró en su despacho. Clara sintió que era su única oportunidad. Limpiándose las manos con el delantal, reunió valor y llamó a la puerta. “Sí”, respondió él desde dentro. Soy Clara, señor. Quisiera hablarle un momento. Ricardo levantó la vista sorprendida. Claro, pasa. ¿Qué sucede? Clara respiró hondo. Es sobre su madre, señor. El silencio cayó de golpe. Ricardo la miró confundido. Mi madre, ¿qué sabes de ella?
Solo que no está en Europa como le han hecho creer. Él se inclinó hacia delante inquieto. ¿Cómo dices? Clara tragó saliva. Ella está aquí, señor, en el sótano. Las palabras salieron temblorosas, pero sinceras. Ricardo quedó helado. Iba a responder cuando la puerta se abrió de golpe. Verónica apareció con una sonrisa falsa. ¿Qué ocurre aquí? -preguntó con tono inocente. Ricardo la miró. Nada, solo conversaba con Clara. Así, dijo la esposa cruzando los brazos. Y sobre qué tema tan importante Clara bajó la mirada.
Sobre la limpieza, señora. Mmm. Verónica fingió una sonrisa. Qué eficiente. Pero tu trabajo no es hablar, sino limpiar. Ricardo, distraído, se levantó. Cariño, tengo que salir de nuevo, luego seguimos.” dijo mientras tomaba sus llaves. Cuando se fue, el rostro de Verónica cambió por completo. Su sonrisa se borró. “Así que fuiste a contarle, ¿verdad?”, susurró con furia contenida. “¿Mientes?”, gritó ella, empujándola contra la pared. “Te advertí que no te acercaras a esa puerta”. El estruendo atrajo al personal.
Dos sirvientas y el mayordomo se asomaron al pasillo. Verónica, aprovechando el público, cambió el tono. “Basta”, exclamó teatralmente. “Esta mujer me robó.” Los empleados se miraron entre sí, confundidos. Yo no hice nada”, dijo Clara temblando. “Se lo juro”. Verónica arrojó un pañuelo de seda al suelo “Y esto lo encontré en tu habitación, un regalo de mi esposo. Eres una ladrona y una traidora. Las lágrimas corrieron por el rostro de Clara. “Eso no es verdad”. “¡Cállate!”, gritó Verónica abofeteándola frente a todos.
Lárgate de mi casa antes de que llame a la policía. El mayordomo intentó intervenir. Señora, quizás cállese usted también, interrumpió ella. Todos sabían que esta sirvienta era un problema y yo tuve razón. Clara, humillada, miró alrededor. Nadie se movió, nadie la defendió. Tomó su pequeño bolso aún temblando y caminó hacia la salida. Verónica la siguió hasta la puerta principal. Y escucha bien, mocosa, susurró al oído. Si le dices algo a Ricardo, me encargaré de que te arrepientas el resto de tu vida.
Clara salió con los ojos nublados por las lágrimas. El aire fresco le golpeó el rostro, pero no trajo alivio. Caminó sin rumbo hasta sentarse en un banco del jardín exterior. Allí lloró en silencio, recordando a doña Leonor encerrada, sola, esperando ayuda que quizás no llegaría nunca. El sonido de un motor rompió el silencio. El auto de Ricardo regresaba. Clara se levantó sobre saltada. Tenía que intentar una última cosa. Corrió hacia el portón, pero los guardias, siguiendo órdenes de Verónica, le cerraron el paso.
No puede entrar, señorita. Por favor, déjenme hablar con él solo un minuto. Lo siento, órdenes de la señora. Clara retrocedió derrotada. A través de las rejas vio a Ricardo bajar del auto mirando su reloj ajeno al infierno que ardía en su propia casa. Quiso gritarle la verdad, pero su voz se ahogó en el pecho. Esa noche, mientras buscaba refugio en un pequeño cuarto que le había prestado una vecina, no pudo dejar de pensar en doña Leonor. Ella me encierra cada noche.
Dile a mi hijo que no me olvide. La nota seguía guardada en su Biblia. La apretó contra el corazón y decidió que no podía rendirse. Al amanecer, antes de que el sol saliera, regresó a escondidas, se acercó al jardín y miró hacia el despacho de Ricardo. Dejó bajo la ventana un sobre sellado con una sola frase escrita en tinta azul, “baja al sótano”. Luego desapareció entre las sombras, mientras en el interior de la casa los primeros rayos del día iluminaban la verdad que estaba a punto de estallar.
Y aunque Clara creía haber perdido todo, esa nota sería la chispa que incendiaría los cimientos de la mentira. Porque a veces la humillación no destruye, despierta el valor. El amanecer llegó con un silencio inquietante. Ricardo del Monte se despertó antes de que sonara el reloj. Había tenido un sueño extraño. Oía la voz de su madre llamándolo igual que cuando era niño. Aún medio dormido, se llevó las manos al rostro y suspir. Hace años que no sueño con ella, pensó sin imaginar que aquel recuerdo sería el preludio de algo mucho más real.
Bajó las escaleras con su taza de café en mano y notó algo en el suelo del pasillo. Era un sobre. Al principio pensé que se trataba de documentos, pero al agacharse leyó las palabras escritas con tinta azul baja al sótano. Su corazón dio un vuelco, miró alrededor. La casa estaba en silencio. Guardó la nota en su bolsillo y caminó hasta la puerta del sótano, la misma que Verónica siempre mantenía cerrada con llave. El candado colgaba roto, oxidado.
Ricardo frunció el ceño, empujó la puerta que se abrió con un sonido áspero. El aire que escapó de allí dentro era pesado, antiguo. Subió una linterna y bajó lentamente. Los escalones crujían como si protestaran por su presencia. A mitad de camino escuchó algo, un suspiro. Luego una voz débil. ¿Quién está ahí? Preguntó con el alma encogida. Ricardo respondió con voz temblorosa. Él se quedó inmóvil. Aquella voz no podía ser. Bajó corriendo los últimos escalones. La luz tembló en su mano cuando la dirección hacia el rincón.
Allí, sobre un colchón viejo, estaba una mujer muy delgada, de cabello blanco y mirada perdida. Su respiración era frágil, pero viva. “Madre”, gritó Ricardo cayendo de rodillas a su lado. Doña Leonor abrió los ojos lentamente. “Sabía que vendrías, hijo mío”, susurró con una débil sonrisa. Él la abrazó sin poder contener el llanto. Sentía su piel fría, sus huesos frágiles bajo los dedos. "¿Qué te han hecho? ¿Quién te hizo esto? Ella lo miró con tristeza. Fue ella, Ricardo.
Verónica, tu esposa. Él retrocedió incrédulo. No, eso no puede ser. Sí, insistió la anciana. Me encerró aquí el día que te casaste. Me dijo que te avergonzabas de mí, que querías que desapareciera y lo hizo creer a todos. Ricardo se llevó las manos a la cabeza. Cada palabra era una puñalada. Los recuerdos comenzaron a encajar como piezas de un rompecabezas maldito. Las cartas sin respuesta, las llamadas fallidas, las evasivas de Verónica. Todo tenía sentido. Dios mío, murmuró todos estos años y yo creyendo que estabas lejos.
No te culpes, hijo. El mal siempre encuentra la manera de disfrazarse. Ricardo la abrazó de nuevo. Te sacaré de aquí ahora mismo. Ten cuidado, adviértela. Verónica no se detendrá. El sonido de pasos en la parte superior los interrumpió. Ricardo apagó la linterna y escuchó. Eran tacones. Tarde o temprano tenía que bajar, dijo la voz de Verónica desde arriba. Te anuncio que no abrirías esa puerta, Clara. La puerta se cerró con un golpe. Ricardo sintió la sangre hervir, subió los escalones dos a la vez y empujó la puerta con fuerza.
Verónica estaba al otro lado, sosteniendo la cerradura en las manos, pálida como un fantasma al verlo. “¿Qué hiciste?”, rugió él. Ricardo, no es lo que crees. Basta de mentiras. la interrumpió. La vi. Está viva. Mi madre está viva. Verónica dio un paso atrás. Yo solo quería protegerte. Ella no estaba bien. Protegerme, gritó él, encerrando a una anciana en un sótano, negándome a verla durante años. Eso es amor. Verónica trató de mantener la compostura, pero su voz tembló.
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