Por un instante la casa pareció respirar. Un reloj marcó las 12 con un sonido que estremeció los cristales. Clara guardó la llave en el bolsillo y continuó limpiando, encontrando normalidad, pero la mente no la dejaba en paz. ¿Y si esa llave abre la puerta del sótano? ¿Y si esa voz pertenece a ella, a la madre del señor Ricardo? Al caer la tarde, mientras todos se preparaban para la cena, Clara regresó al pasillo del sótano. Se aseguró de que nadie la viera.
La puerta seguía allí, imponente, como si la esperara. Sacó la llave y la sostuvo frente a la cerradura. Sus manos temblaban. Iba a girarla cuando escuchó el sonido de tacones detrás. ¿Qué haces aquí?, preguntó la voz helada de Verónica. Clara giró sobresaltada. Nada, señora. Estaba limpiando los pasillos con una llave en la mano. La mirada de Verónica se clavó en ella como una cuchilla. Clara escondió la llave rápidamente. La encontré en la biblioteca. No sabía quién era.
Verónica avanzó un paso amenazante. Devuélvemela. Clara dudó, pero no podía mentirle. la expansión con miedo. Verónica la tomó y la guardó en el bolsillo de su bata de seda. Esa llave no te pertenece, niña, y si te vuelvo a ver cerca de esta puerta, te juro que no volverás a trabajar en ninguna casa de esta ciudad. El tono no dejaba espacio a dudas. Clara bajó la cabeza y se retiró con el corazón ardiendo de impotencia. Esa mujer escondía algo terrible, algo que ni siquiera el propio Ricardo sospechaba.
Esa noche, mientras todos dormían, Clara se quedó en su pequeño cuarto mirando la ventana. La luna caía sobre el jardín como un farol solitario. De repente escuchó pasos en el corredor. Se asomó por la rendija y vio a Verónica caminando con una linterna en la mano hacia el sótano. Esperaba unos minutos. y la siguió a distancia con el corazón golpeándole el pecho. Desde la esquina del pasillo vio como la esposa del millonario abría la puerta y bajaba las escaleras lentamente.
La llave dorada brilló en su mano antes de desaparecer entre las sombras. Clara contuvo la respiración, esperó en silencio, escuchó un golpe seco, luego un quejido ahogado y después silencio. Cuando Verónica regresó, su rostro estaba tenso, como si hubiera visto un fantasma. Cerró la puerta con fuerza y guardó la llave en su bata otra vez. Cuando se alejó, Clara corrió hasta el mueble del corredor y se escondió. Esperó varios minutos antes de acercarse a la puerta. se agachó y pegó el oído a la madera.
Entonces la oyó otra vez Clara. La voz era más débil que antes, pero seguía viva. Clara, tragó saliva. No tenía la llave, pero su determinación era más fuerte que el miedo. Al levantarse, vio algo en el suelo, un trozo de papel doblado. Lo abri con cuidado. Era una nota escrita con letra temblorosa. Ella me encierra cada noche. Dile a mi hijo que no me olvide. Las lágrimas le nublaron la vista. Aquella mujer era la madre del señor Ricardo, no había duda, y la esposa cruel la mantenía prisionera como si fuera un castigo.
El amanecer la encontró despierta, sentada en el borde de la cama, sosteniendo el papel entre las manos. El silencio de la mansión era engañoso. Bajo esas paredes, una verdad estaba gritando. Clara levantó la vista hacia el retrato del pasillo, donde la figura de doña Leonor sonreía con dulzura eterna y comprendió que ya no podía quedarse callada. No más, porque cuando el miedo se enfrenta a la verdad, hasta la voz más humilde puede hacer temblar una mansión entera.
El día amaneció gris con una neblina que cubría los jardines como si la mansión quisiera esconderse del sol. Clara sintió el mismo peso en el pecho con el que despertaba desde que descubrió la nota. Aquel mensaje escrito con letra temblorosa la perseguía como una plegaria. Dile a mi hijo que no me olvide. guardó el papel entre las páginas de su Biblia pequeña, aquella que su madre le había dejado antes de morir. Era su único refugio. Se prometió a sí misma no descansar hasta liberar a esa mujer, aunque le costara el trabajo, aunque le costara la vida.
Mientras limpiaba el corredor principal, notó algo distinto. El retrato más grande de todos. Aquel que colgaba frente a la escalera estaba cubierta con una tela blanca. Nunca antes lo había visto así. Le pareció extraño. Nadie había mencionado cambiar la decoración. Subió a una silla y con cuidado retiró la tela. El polvo se elevó como una nube fina y entonces lo vio. Era el retrato de una mujer de cabello completamente blanco, mirada dulce y rostro sereno. Su expresión le resultó familiar, demasiado familiar.
El corazón de Clara comenzó a latir con fuerza. Era la misma mujer que había visto en la oscuridad del sótano. Aquellos ojos eran los mismos que la miraron entre cadenas y sombras. Doña Leonor del Monte sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Bajó de la silla, pero sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el marco. Fue entonces cuando escuchó el sonido de tacones detrás de ella. ¿Qué haces?, preguntó Verónica con la voz cargada de veneno. Clara se giró bruscamente.
Solo limpiaba, señora. Te dije que no tocaras nada sin permiso. Estaba cubierto de polvo y debía seguir cubierto, gritó Verónica, arrancando la tela de sus manos. La vuelta a colocar sobre el cuadro respirando agitada. No vuelvas a tocarlo. Entendido. Sí, señora. Pero antes de irse, Clara alcanzó a ver un detalle. Las lágrimas que corrían por el rostro de Verónica no eran de tristeza, sino de miedo. Horas después, mientras limpiaba el estudio, escuchaba los pasos de Ricardo en el pasillo, entraba buscando unos documentos y la saludó con su habitual cortesía.
Todo bien, Clara. Ella dudó, pero se atrevió. Señor, ¿puedo hacerle una pregunta? Claro. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su madre? Ricardo levantó la mirada sorprendida. Hace años viajó a Europa y decidió quedarse allí. ¿Por qué preguntas? Por curiosidad, señor. Vi un retrato de una mujer y pensé que podría ser ella. Él suena con melancolía. Sí, seguro. Mi madre siempre fue el alma de esta casa. Clara guardó silencio. No podía contar la verdad todavía, pero su corazón se partía al verlo tan confiado, tan lejos de la realidad que lo rodeaba.
Esa noche, mientras todos dormían, regresó a la sala, quitó la tela del retrato una vez más, subió una vela y la colocó debajo. La luz cálida iluminó los ojos de doña Leonor pintados al óleo. Por un instante, Clara juró ver un destello real en ellos, como si la mujer le hablara desde otro plano. “Te encontraré”, susurró. “Te sacaré de ahí.” En ese momento, un golpe seco la sobresaltó. Provenía del sótano. Corrió hacia la puerta y pegó el oído contra la madera.
La voz volvió a sonar más clara, más desesperada. Clara, hija. Su cuerpo se estremeció. Aquella palabra, hija, la atravesó como un rayo. ¿Por qué le dijo eso? ¿Por qué la voz de la madre del millonario la llamaba así? Cayó de rodillas con lágrimas en los ojos y comprendió que estaba atrapada entre el deber y el miedo. Sabía que si seguía adelante pondría en riesgo todo lo que tenía. Pero si callaba, aquella mujer moriría allí abajo. Se levantó limpiando el rostro con el dorso de la mano y juró que al día siguiente encontraría otra forma de entrar, aunque tuviera que enfrentarse a la furia de Verónica.
El fuego de la vela seguía ardiendo frente al retrato cubierto y mientras la cera caía lentamente sobre el marco, Clara sintió que algo invisible la observaba desde la oscuridad, como si la casa misma guardara su secreto. La puerta del sótano crujió una vez más y en ese silencio espeso, una promesa tomó forma. Esa voz no quedaría sin respuesta. El amanecer cayó sobre la mansión del monte con un silencio más denso de lo habitual. Clara se despertó antes del alba con la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.
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