Nadie en la mansión del monte imaginaba lo que ocurría bajo sus pies. Mientras el lujo brillaba en los salones y los perfumes caros llenaban el aire, en el sótano se escondía un secreto capaz de destruirlo todo. Clara, la nueva empleada, llegó aquella mañana con la esperanza de conservar un trabajo que necesitaba desesperadamente. Sabía que entre las paredes de mármol y las órdenes crueles de la señora de la casa, algo oscuro respiraba en el silencio. La esposa del millonario Verónica, parecía disfrutar humillando a los demás.
Su voz helada resonaba por los pasillos cada vez que veía a Clara limpiar una esquina o servir la mesa. Era bella, sí, pero su corazón estaba podrido por la envidia y el miedo. Ricardo del Monte, el dueño de todo, viajaba constantemente. Creía que su madre, doña Leonor, vivía tranquila en Europa, descansando de los años de trabajo, pero la verdad estaba mucho más cerca. demasiado cerca. Una noche, mientras la mansión dormía, Clara escuchó un lamento. Venía de abajo, de un lugar donde jamás había entrado.
Un sonido débil, tembloroso, una voz de mujer que suplicaba ayuda. El miedo le heló la sangre. ¿Quién podría estar allí? ¿Por qué Verónica había prohibido siempre acercarse al sótano? Con el corazón golpeándole el pecho, Clara tomó una pequeña linterna y bajó las escaleras. El olor a humedad, el polvo y el frío la envolvieron como un castigo. Entre sombras algo se movió, un susurro, un gemido y unos ojos cansados que brillaron en la oscuridad. Aquella noche, la humilde empleada descubriría el secreto más terrible de la familia del monte, un secreto que cambiaría su vida y revelaría quién era realmente la mujer que yacía prisionera en aquel sótano.
En la mansión del monte todo parecía perfecto, el jardín impecable, los autos relucientes, las risas falsas de una vida que solo existía para aparentar. Nadie sospechaba que detrás de esas paredes se escondía una historia que haría temblar los cimientos de una familia poderosa. Clara Jiménez llegó buscando trabajo con la esperanza de ganar lo suficiente para ayudar a su madre enferma. Su mirada humilde contrastaba con la frialdad del lugar. Desde el primer día sintió que algo no encajaba, como si el aire estuviera cargado de secretos que nadie se atrevía a nombrar.
Verónica Salazar, la esposa del millonario, no tardó en mostrar su verdadero rostro. Exigente, cruel y arrogante, trataba a clara como si fuera menos que nada. Cada palabra suya era una daga y cada orden prueba de obediencia. Ricardo del Monte, ocupado entre viajes y reuniones, apenas notaba el sufrimiento que habitaba su propia casa. Su ausencia era la sombra perfecta para los pecados que Verónica escondía con elegancia. Pero el destino tiene formas extrañas de revelar la verdad. un ruido, una puerta malerrada, un paso en falso y todo puede cambiar en un segundo.
Clara, con su corazón noble y su instinto puro, empezará a notar detalles que otros ignoran. Una llave perdida, un eco bajo las escaleras, un suspiro en la oscuridad. Algo la llamará desde abajo, desde el lugar donde nadie ha querido mirar. Y lo que descubrirá allí no será solo el secreto más doloroso de la familia, sino también el motivo por el que el amor y la verdad aún pueden sobrevivir incluso entre las sombras.
El amanecer sobre la mansión del monte era tan silencioso que hasta los pájaros parecían temer romper la calma. Clara caminaba despacio por el largo corredor, sosteniendo su calva y su trapo húmedo. Aún no había terminado de acostumbrarse al eco de sus pasos sobre el mármol. Todo era tan limpio, tan brillante, tan ajeno a su mundo de calles polvorientas y cocinas con olor a leña.
La casa era enorme, con retratos antiguos que parecían observarla mientras pasaba. Sentía que cada mirada pintada conocía un secreto que nadie contaba. Desde su llegada, Verónica, la señora de la casa, le había dejado claro que no era bienvenida. Aquí todo debe relucir”, le había dicho con voz cortante, “Incluso las manos de quien limpia”. Y aunque la frase sonaba absurda, Clara comprendió el mensaje. No debía dejar huellas. Mientras ilustraba la escalera principal, vio pasar a Ricardo del Monte, el dueño de todo aquello.
Alto, elegante, con un aire distraído, le dedicó una sonrisa breve antes de salir con su maletín. “Buenos días, señor”, alcanzó a decir ella. “Buenos días, clara verdad”. Esa sola palabra, su nombre en boca de él, bastó para iluminarle el día, pero esa luz se apagó pronto. Verónica apareció tras él con un perfume tan fuerte que cubría el aire. Llevaba un vestido blanco que parecía más caro que toda la casa de Clara. “No te quedes ahí parada, muchacha”, ordenó sin mirarla.
"El comedor tiene polvo y revisa bien el suelo del pasillo. No quiero marcas. Clara bajó la cabeza, no respondió. Aprendió que en esa mansión el silencio era la única forma de sobrevivir. A mediodía, mientras servía el almuerzo, escuchó al mayordomo hablar por teléfono. Mencionaba algo sobre mantener la puerta del sótano cerrada y no repetir el error. Clara fingio no oír, pero su mente se aferró a cada palabra. ¿Qué podía tener un sótano en una casa tan perfecta?
Esa tarde, mientras limpiaba la galería, vio una puerta metálica al fondo del corredor, medio oculta tras un mueble. Tenía un candado horrible y una advertencia, prohibido entrar. El aire allí era más frío y el olor extraño como humedad vieja y algo más. dio un paso atrás inquieta y tropezó con un gato que salió corriendo. Su corazón se aceleró. Juraría haber escuchado un gemido tras la puerta, un sonido tan leve que podría haber sido el viento. Pero no lo fue.
Esa noche, al volver a su pequeño cuarto, no pudo dormir. El reloj marcaba las dos cuando volvió a oírlo. Un lamento profundo, humano. Ayuda. La voz parecía venir del suelo. Clara se incorporó descalza, temblando. Tomó su linterna y bajó las escaleras sin hacer ruido. El eco de sus pasos era un susurro entre las sombras. El pasillo principal estaba oscuro. La puerta del sótano seguía cerrada, pero el lamento sonaba más claro ahora, como si alguien llamara por su nombre.
Clara. Ella retrocedió un paso helado. lo había imaginado. Tragó saliva, se inclinó hacia la rendija y murmuró, “¿Quién está ahí?” Nadie respondió, solo el viento, arrastrando una lágrima invisible entre las piedras. Al día siguiente, Verónica la esperaba en la cocina. “No me gustan las sirvientas curiosas”, le dijo sin preámbulo. “Aquí se hace lo que yo ordeno, no lo que a ti te da la gana.” Clara bajó la mirada intentando ocultar el temblor de sus manos. Sí, señora.
Bien, porque en esta casa quien no obedece desaparece. La amenaza quedó flotando en el aire, pesada, real. Clara volvió al trabajo, pero la semilla de la duda ya había germinado. Había algo oculto, algo que estaba debajo de aquella mansión. Lo sentí en cada rincón, en cada mirada del retrato del pasillo, en el frío que subía por las paredes. Esa tarde, mientras barría la entrada, Ricardo regresó. Lucía cansada, distraída, pero amable. ¿Todo bien, Clara?, preguntó. Ella dudó antes de responder.
Quiso contarle lo que oyó, lo que sintió, pero Verónica apareció detrás de él con su sonrisa falsa y su brazo aferrado al suyo. Claro que todo está bien, interrumpido. Clara es una joya, ¿verdad? Ricardo ascendió sin sospechar nada. Excelente, sigue así. Y se marcharon hacia el comedor, dejando tras ellos un aroma de mentira. Clara siguió barriendo, pero en su pecho algo ardía, una mezcla de miedo y necesidad de saber. No era solo curiosidad, era compasión. Aquella voz débil que pedía ayuda la perseguía incluso al cerrar los ojos.
Esa noche el viento tocó las ventanas. Clara se levantó, bajó las escaleras con la linterna. El silencio era tan profundo que podía escuchar su respiración. Frente a la puerta prohibida se detuvo. Su mano tembló sobre el candado y entonces una lágrima ajena rodó bajo la rendija y cayó sobre sus pies descalzos. Clara contuvo el aliento. No era su imaginación. Había alguien allí abajo, alguien vivo, alguien que sabía su nombre. El miedo se mezcló con un presentimiento que le erizó la piel.
Aquella voz no le era extraña, era cálida, frágil y tenía el mismo tono que había escuchado en los retratos colgados en el pasillo. Y sin entender por qué, sintió que su destino acababa de abrir los ojos dentro de aquella oscuridad. El amanecer trajo consigo un aire distinto, pesado, como si la mansión entera supiera lo que Clara había hecho la noche anterior. Caminó hasta la cocina con el corazón acelerado, mirando de reojo a todos, temerosa de que alguien hubiera escuchado sus pasos.
Pero nadie dijo nada, todo seguía igual, demasiado igual. Mientras lavaba los platos, su mente no dejaba de reproducir aquella lágrima cayendo bajo la rendija. No podía haberlo imaginado. Había alguien en ese sótano, alguien que la conocía, alguien que había pronunciado su nombre con un susurro que todavía vibraba en sus oídos. Una media mañana, Verónica apareció en la cocina. Su perfume la precede como una sombra elegante y venenosa. “Hoy limpiarás la biblioteca”, dijo sin mirarla. “Y ni se te ocurre tocar la puerta del sótano.
Está cerrada por una razón”. Clara bajó la cabeza. “¡Sí, señora!”, Pero su alma gritaba lo contrario. La biblioteca era un lugar silencioso y frío. El polvo se acumulaba en los estantes más altos y las cortinas apenas dejaban pasar la luz. Mientras limpiaba una repisa, algo metálico brilló entre los libros. Era una pequeña llave dorada con las iniciales LDM grabadas en el mango.
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