Él asintió, avergonzado.
Ya no puedo. Físicamente. No de la manera tradicional. Esperaba que... con el tiempo, las cosas mejoraran. Que antes de la boda pudiera darte la vida plena que mereces. Pero no fue así. Y esta noche, en nuestra noche de bodas, no quiero fingir ser alguien que no puedo ser.
Me quedé en silencio.
No porque estuviera enojado.
Pero porque esa confesión conllevaba verdad, dolor y coraje.
Me senté a su lado.
“Steve… ¿por qué no me lo dijiste antes?”
"Porque tenía miedo. Miedo de perderte. Miedo de que me vieras como menos.
Y cuando me di cuenta de que te amaba… ese miedo solo se hizo más fuerte”.
Sus palabras no eran excusas: eran pura vulnerabilidad.
Respiré profundamente y le tomé la mano.
No me casé con nadie. Me casé con un hombre. Me casé contigo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Y allí, en nuestra noche de bodas, que tenía todos los ingredientes para ser un desastre, hicimos algo más íntimo que cualquier caricia:
Nos dijimos la verdad.
Hablamos durante horas.
Reímos, lloramos, hablamos del accidente, de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de nuestras posibilidades.
Nos abrazamos y ese abrazo significó más que cualquier perfección esperada.
Esa noche entendí:
La verdadera intimidad no exige rendimiento.
Exige sinceridad.
Y el amor…
El amor no es lo que el cuerpo puede hacer.
Es lo que el corazón tiene el coraje de revelar.
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