Luego ella retomó su expresión profesional.
—Procedamos —dijo con voz firme—. Caso número 2487/25. Aguilar contra Herrera. Demanda laboral por despido justificado y reclamación por daños y perjuicios.
Andrés tragó saliva y tomó asiento junto a su abogado de oficio, un hombre mayor llamado licenciado Rojas, que parecía más cansado que interesado.
—Llegaste tarde —susurró Rojas—. Otra vez.
—Lo sé… pero…
Andrés abrió su portafolio para sacar la memoria USB.
Y entonces sintió el vacío.
Revisó otra vez.
Luego otra.
Después empezó a buscar con desesperación.
Papeles. Facturas. Copias. Fotografías. Todo estaba ahí… menos la memoria.
El corazón comenzó a latirle en los oídos.
No podía ser.
No podía.
Era su única prueba.
El video donde se veía claramente a Paula Aguilar y al abogado Salgado falsificando documentos y alterando registros para culparlo de un desfalco que él nunca cometió.
Ese video era su salvación.
Y no estaba.
Sudor frío le recorrió la espalda.
—Licenciado… —susurró con voz rota—. No encuentro la prueba.
Rojas lo miró con molestia.
—¿Qué?
—La USB… no está.
El abogado cerró los ojos con resignación.
—Entonces estamos perdidos.
Al frente, Salgado ya sonreía.
Paula mantenía la vista baja, pero sus labios dibujaban una sonrisa casi imperceptible.
La jueza revisó el expediente.
—¿La parte demandada presenta pruebas adicionales?
Rojas suspiró.
—Su señoría… no.
El martillo del destino parecía a punto de caer.
Y entonces…
La puerta del juzgado se abrió.
Todos voltearon.
Una secretaria entró apresurada, caminó hacia la jueza y le entregó algo envuelto en un pañuelo.
Andrés sintió un golpe en el pecho.
Era su memoria USB.
La jueza la observó unos segundos y luego miró directamente a Andrés.
—Antes de iniciar la audiencia —dijo—, necesito hacer una aclaración.
La sala quedó en silencio.
—Esta mañana sufrí un incidente vehicular. Una llanta pinchada me dejó varada y en riesgo de llegar tarde a mi primer día como jueza titular de este tribunal.
Algunos murmullos recorrieron la sala.
Salgado frunció el ceño.
—Un ciudadano se detuvo a ayudarme sin pedir nada a cambio. Gracias a él estoy aquí a tiempo para cumplir con mi deber.
Andrés sintió que el corazón iba a estallarle.
La jueza levantó la memoria USB.
—Ese ciudadano… es el señor Andrés Herrera.
La sala estalló en murmullos.
Paula levantó la cabeza, alarmada.
Salgado perdió la sonrisa.
La jueza continuó:
—Al revisar mi vehículo encontré este dispositivo en el asiento del copiloto. Supuse que pertenecía al señor Herrera y, antes de iniciar la audiencia, ordené revisarlo para verificar si contenía información relevante para el caso.
Salgado se levantó de inmediato.
—¡Protesto, su señoría! ¡Eso es irregular!
Ella lo miró con frialdad.
—Siéntese, licenciado. La ley permite admitir pruebas relevantes cuando estas aparecen antes de dictarse sentencia. Y créame… esto es relevante.
La jueza miró a la secretaria.
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