Apretaba con fuerza un portafolio barato que guardaba su única esperanza.
Una memoria USB con un video que, según él, podía cambiarlo todo.
Tenía que estar a las 7:30 en el juzgado del centro.
No podía llegar tarde.
No, otra vez.
Su Tsuru blanco, ya más cinta adhesiva que carro, rugió con un quejido al encender.
Se persignó rápido, como cada mañana, y tomó rumbo al sur.
El tráfico era denso, como si la ciudad supiera que ese día no le podía fallar.
Al tomar una curva en una vialidad secundaria, Andrés vio a una mujer parada junto a un sedán gris con la cajuela abierta y una llanta de refacción tirada en el suelo.
Estaba de espaldas.
Claramente frustrada, movía los brazos con desesperación y el celular no le daba señal.
Andrés frenó sin pensarlo.
Su instinto era más fuerte que su ansiedad.
“¿Necesita ayuda, señora?”, preguntó bajando la ventana.
La mujer se giró: morena, delgada, de cabello recogido y ojos que mezclaban firmeza con algo de angustia.
No parecía mayor que él, aunque su porte era el de alguien acostumbrado a estar en control.
“Sí, por favor.
La llanta se ponchó y no tengo fuerza para cambiarla.
Voy tardísimo.”
Andrés aparcó sin dudar, tomó su gato hidráulico del maletero y se agachó junto al coche de la mujer.
“No se preocupe, en 10 minutos está rodando otra vez.”
Ella no dijo mucho mientras él trabajaba, solo lo observaba casi estudiándolo.
Andrés, por su parte, evitaba cruzar miradas.
Sentía que el tiempo le respiraba en la nuca, pero había algo en ayudarla que le traía paz, como si el universo le estuviera ofreciendo una tregua.
“¿Tiene una cita importante?”, preguntó ella rompiendo el silencio.
“Sí, señora, muy importante.
¿Y usted?”
“También, primera vez en un nuevo puesto y ya voy tarde.
¡Qué vergüenza!”
Andrés sonrió sin levantar la mirada.
“A veces los días que empiezan mal terminan bien, o eso quiero creer.”
Cuando terminó de ajustar la llanta, se limpió las manos con un trapo sucio y le devolvió la mirada.
La mujer se le quedó viendo un segundo de más.
“Gracias.
¿Cómo se llama?”
“Andrés, Andrés Herrera.”
“Gracias, Andrés.
No sé qué habría hecho sin usted, pues llegar tarde como yo.”
Rió nervioso.
“Ándele, váyase ya y suerte en su nuevo puesto.”
La mujer le sonrió, subió a su coche y desapareció entre los autos.
Andrés subió al suyo sin notar que en el apuro su pequeña memoria USB se había deslizado del bolsillo interior del portafolio y había caído en el asiento del copiloto del otro coche.
Eran las 7:42 cuando Andrés cruzó corriendo la puerta del juzgado civil número cinco.
Su camisa estaba empapada por el sudor y el portafolio parecía a punto de deshacerse con tanto jaloneo.
Un guardia le indicó el camino a la sala 2B.
El pasillo parecía eterno.
Cada paso era un latido, cada puerta una amenaza.
Entró a la sala y lo primero que notó fue la presencia del abogado Salgado.
Traje caro, sonrisa venenosa y mirada de quien ya se siente ganador.
A su lado, la empleada Paula Aguilar, vestida con sobriedad, pero con los ojos fríos como hielo.
Y entonces la vio sentada al frente con toga negra y expresión solemne, la jueza, la misma mujer de la llanta..
La sangre se le heló a Andrés.
Durante un segundo pensó que era el cansancio jugándole una broma cruel. Pero no. No había duda. La mujer del automóvil, la de la llanta pinchada, la misma a la que había ayudado minutos antes… estaba ahora sentada en el estrado, con toga negra, observando la sala con autoridad.
La jueza.
La persona que decidiría si él perdía todo… o si todavía tenía una oportunidad.
Ella también lo reconoció.
Fue apenas un parpadeo, una leve tensión en el rostro serio que llevaba, pero Andrés lo notó. Sus ojos se encontraron por un segundo demasiado largo.
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