Esa noche, mi mejor amiga casi gritó cuando leyó el nombre.
—¿Gabriel Albuquerque? ¿El multimillonario? ¿Dormiste en el coche de un multimillonario?
Intenté ignorar la tarjeta durante tres días.
Pero el alquiler estaba vencido.
Llamé.
—Albuquerque.
—Es Helena… la chica que invadió tu auto.
Él rió suavemente.
No pensé que llamarías.
Necesito el dinero más que el orgullo.
—¿Cuando puedes empezar?
-Mañana.
Lo que empieza como obra…
La casa en Lomas de Chapultepec parecía de película. Tres niveles. Jardines impecables.
Estaba detrás de un enorme escritorio, llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas.
"No te escapaste", comentó.
"Necesito el dinero."
“Me gusta tu honestidad.”
El salario era el triple de lo que ganaba en mis dos trabajos juntos.
—Es demasiado.
—Es justo.
Cuando nos dimos la mano, sentí algo eléctrico.
Pero pretendemos no hacerlo.
Fue trabajo.
Sólo trabajar.
Durante semanas organicé su caótica agenda, negocié reuniones y optimicé viajes. Él reconoció mi capacidad.
«No estás aquí por lástima», me dijo una vez. «Estás aquí porque eres brillante».
Nadie me había llamado brillante antes.
Un mes después me invitó a un evento empresarial en Polanco.
—Como mi asistente —aclaró.
Luces, hombres de negocios, miradas evaluadoras.
Sin decir palabra, me puso la mano en la espalda. No era posesivo, solo solidario.
Me sentí seguro.
Y eso era peligroso.
Los rumores comenzaron.
“El nuevo asistente.”
“Siempre a su lado.”
Una noche exploté.
“No quiero que piensen que estoy aquí porque él me rescató”.
Él me miró fijamente
—Te contraté porque eres excepcional. Lo demás son solo inseguridades ajenas.
Luego añadió:
“Te admiro, Helena.”
Él no dijo “te deseo”.
Dijo admiración
Y eso significaba más.
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