Rico se acercó y rozó la mejilla del niño con el hocico. Y entonces, casi imperceptiblemente, los dedos del niño se movieron.
La madre se llevó una mano a la boca con incredulidad, mientras el médico se apresuraba a revisar los monitores.
Uno a uno, los signos vitales comenzaron a mejorar, lenta y constantemente, como si algo invisible guiara al pequeño hacia la vida.
Más tarde, los médicos debatieron la causa, buscando una explicación médica. Sin embargo, el único momento que coincidía en todas las lecturas era el preciso instante en que Rico entró en la habitación.
A partir de ese día, el perro pudo venir todos los días. Con cada visita, el niño reaccionaba un poco mejor... hasta que una mañana, finalmente abrió los ojos.
Lo primero que vio fue el hocico cálido y húmedo de Rico, cerca de él, mientras el perro observaba fielmente.
Los médicos lo llamaron un milagro. Los padres lo llamaron un rescate.
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