—Camila dejó todo protegido para su hijo —continuó Valeria—. Si Rodrigo volvía a casarse, la nueva esposa no tendría control sobre la herencia hasta que Matías fuera mayor.
El silencio cayó como un golpe.
Rodrigo miró a Patricia, incapaz de creerlo.
—¿Todo este tiempo…?
Patricia perdió la compostura.
—¡Yo te ayudé cuando estabas destruido! ¡Esta casa se estaba cayendo! ¡Tú necesitabas a alguien!
—Yo necesitaba tiempo —respondió él con dolor—. No a alguien que quisiera reemplazarla.
El niño comenzó a llorar con más fuerza.
—¡Basta! —gritó Patricia—. ¡Nada de esto estaría pasando si ese niño no existiera!
La frase heló la sangre de todos.
Valeria sintió que el mundo se detenía.
Rodrigo dio un paso más, con una voz fría que nunca antes había usado:
—Entrégamelo. Ahora.
Por un instante pareció que Patricia iba a discutir. Pero los guardias aparecieron detrás, cerrando cualquier salida.
La mujer miró a todos, comprendiendo que había perdido.
Soltó al niño con brusquedad.
Matías tropezó, pero Valeria lo alcanzó antes de que cayera. El pequeño se abrazó a ella con fuerza.
Patricia intentó recomponerse, pero su imagen perfecta se había hecho añicos.
—Se están equivocando —dijo con voz temblorosa—. Esa empleada los está manipulando.
Rodrigo la miró como si fuera una desconocida.
—No vuelvas a acercarte a mi hijo.
Los guardias la escoltaron fuera del cuarto mientras ella protestaba, lloraba y amenazaba con demandas.
Cuando el ruido se alejó, solo quedó el silencio.
Rodrigo se dejó caer en el borde de la cama de Camila. Se cubrió el rostro con las manos.
Valeria sostuvo a Matías, que lentamente dejaba de llorar.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
El niño levantó la cabeza y miró a su padre.
—Papá…
La palabra salió suave, casi como un suspiro.
Rodrigo levantó la vista con incredulidad.
Un año de silencio roto por una sola palabra.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Se acercó lentamente, temiendo que cualquier movimiento rompiera el momento.
Matías extendió los brazos hacia él.
Rodrigo lo abrazó con fuerza, temblando.
—Perdóname… —susurró—. Perdóname por no verte… por no entender.
Valeria apartó la mirada, conmovida.
Había cumplido su promesa.
Pero aún quedaba algo más.
Rodrigo se volvió hacia ella.
—Gracias… por protegerlo cuando yo no pude.
Valeria dudó.
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