Las conversaciones cesaron lentamente.
—Queridos amigos —comenzó—, este último año ha sido difícil para mi familia. Pero gracias a Patricia, esta casa ha recuperado estabilidad. Espero que pronto pueda convertirse en una madre para mi hijo.
Aplausos y sonrisas llenaron el salón.
Patricia fingió emoción y se secó una lágrima inexistente. Pero bajo la mesa, empujó con el pie la silla de Matías para que dejara de moverse.
El niño se sobresaltó.
Sus ojos recorrieron el salón hasta encontrarse con los de Valeria. Por primera vez, el miedo en su mirada era evidente.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Matías se puso de pie, temblando, y señaló a Patricia con el dedo.
El salón quedó en silencio absoluto.
La música se detuvo.
—¡No! —gritó el niño con una voz rota por un año de silencio.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos invitados dejaron caer sus copas. Rodrigo quedó paralizado.
Patricia perdió el color del rostro por un segundo, aunque intentó recomponerse de inmediato.
En ese instante, Valeria dejó caer la bandeja que llevaba y caminó hacia ellos con decisión, sosteniendo un sobre entre las manos.
—Señor Santillán… ya no puedo seguir callando.
Todos la miraron sorprendidos.
Rodrigo tomó el sobre, confundido. Dentro había fotografías, grabaciones y documentos que demostraban maltratos y manipulaciones. Pruebas suficientes para destruir la imagen perfecta de Patricia.
Antes de que pudiera revisarlo, Patricia reaccionó.
—¡Esto es absurdo! —gritó—. ¡Una empleada resentida inventando cosas!
Pero en ese momento ocurrió algo inesperado.
Todas las luces de la mansión se apagaron.
El salón quedó sumido en la oscuridad y un grito desgarrador se escuchó desde el piso superior.
La gente comenzó a moverse nerviosa. Algunos invitados encendieron las luces de sus teléfonos.
Rodrigo sintió un golpe en el pecho.
—¡Matías! —exclamó al darse cuenta de que el niño ya no estaba a su lado.
Valeria miró hacia la escalera con horror.
En medio de la confusión, Patricia ya no estaba.
Y mientras los empleados corrían a encender el generador, solo una pregunta resonaba en la mente de todos:
¿Quién se había llevado al niño?
Los invitados hablaban al mismo tiempo, las sillas se movían, alguien tropezó y rompió una copa. En la oscuridad, el lujo de la mansión parecía haberse convertido en una trampa. Rodrigo sintió un frío recorrerle la espalda.
—¡Matías! —gritó otra vez, buscando a tientas.
No hubo respuesta.
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