El sol caía sin piedad sobre el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, convirtiendo la pista en un espejo de calor y luz mientras el avión finalmente se detenía.
Damián salió con gafas oscuras y una expresión tranquila que ocultaba años de agotamiento. A sus treinta y cinco años, tenía la confianza que solo se adquiere al sobrevivir al fracaso más de una vez. Había amasado su fortuna sin herencias, sin atajos: restaurantes que empezaron como un simple puesto de comida, negocios inmobiliarios que le exigieron noches de insomnio, inversiones que lo llevaron de Monterrey a Dubái y de vuelta.
Cinco años.
Cinco años sin un hogar de verdad. Cinco años de hoteles, reuniones, contratos y cenas solitarias frente a hojas de cálculo.
Y ahora, estaba de regreso.
Sin anuncios. Sin asistentes. Sin prensa.
Este regreso debía ser discreto. Personal.
Al salir la camioneta del aeropuerto y tomar la carretera hacia Jalisco, Damián posó la mano sobre una pequeña caja de terciopelo en el bolsillo de su chaqueta. Dentro había un collar de diamantes: elegante, sobrio, elegido con cuidado porque le recordaba a Lupita: belleza sencilla, sin excesos, atemporal.
—Mi amor —murmuró en voz baja, casi avergonzado por la emoción que le subía a la garganta—. Por fin volveremos a estar juntos.
Lupita había estado ahí antes del dinero. Antes de que los riesgos dieran frutos. Cuando sus planes de negocios eran garabatos en servilletas y la renta siempre se atrasaba. Ella había creído en él cuando la fe era todo lo que él podía ofrecer. Nunca pidió lujos, nunca exigió pruebas de éxito.
Por eso, cuando llegó el dinero, confió plenamente en su criterio.
Y esa confianza se extendió a la familia.
Mientras él estaba en el extranjero, Lupita había insistido en que administrar las finanzas del hogar sería más fácil si su madre, doña Pura, y su hermana mayor, Celia, la ayudaban. Ellas tenían "más experiencia", decían. "Más prácticas". La propia Lupita admitió que no le gustaban los números ni los contratos.
Damián no había discutido. La familia era la familia. Y Lupita parecía aliviada.
Cuando la camioneta giró hacia el camino privado que conduce al rancho, Damián frunció el ceño.
La puerta de hierro relucía con pintura negra recién pintada, con las iniciales doradas recién pulidas. Dos camionetas estaban cerca de la entrada: nuevas, elevadas, agresivas. Y junto a ellas, inconfundible incluso desde la distancia, un deportivo de lujo reflejaba el sol como una joya.
Su agarre se apretó ligeramente en la manija de la puerta.
Eso no había estado allí antes.
La música resonaba a través de las ventanas abiertas: norteña, fuerte y sin complejos, sacudiendo las paredes como si el rancho mismo estuviera organizando un festival.
“¿Una fiesta?” murmuró.
El nuevo guardia de seguridad lo miró con recelo, con la mano cerca de la radio. Damián no lo reconoció. Eso lo inquietó. Tras una breve llamada telefónica y una pausa de incómodo silencio, la puerta finalmente se abrió.
El todoterreno siguió avanzando.
Damián salió.
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