El cruel juicio de un millonario: una Coca-Cola, una herencia que vale millones.

Alejandro, a su lado, permanecía inmóvil, con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar.

El plan de Don Ricardo había funcionado, de una forma que jamás habría deseado. Había visto la verdadera cara de Sofía, y era mucho más cruel de lo que había imaginado.

Pero la pregunta ahora era: ¿cómo reaccionaría Alejandro ante esta escena? Y, más importante aún, ¿qué significaría esto para el futuro de su herencia?

El silencio en “El Dorado” era denso, casi palpable, roto sólo por el goteo de Coca-Cola del cabello de Don Ricardo y la respiración entrecortada de Sofía.

Su voz, aunque ya no gritaba, seguía siendo un latigazo verbal. "¡Fuera de aquí! ¡No quiero volver a verte! ¡Eres una incompetente! ¡Me arruinaste la noche, el vestido, el bolso! ¡No mereces trabajar en un lugar como este!". Sus palabras eran puro veneno, pronunciadas con una convicción espeluznante.

Don Ricardo, empapado y humillado hasta la médula, solo pudo murmurar un «Sí, señorita» y se giró, cabizbajo, para salir de la habitación. Cada paso era una puñalada en el corazón.

Había esperado una reacción, sí, quizá algo de indignación por el bolso, pero nunca esta crueldad despiadada. Y lo que más le dolía, lo que le quemaba el alma, era el silencio de su hijo.

Alejandro se había quedado sentado, paralizado por la sorpresa, sí, pero sin intervenir, sin defender al “viejo portero” que estaba siendo vilmente humillado.

Su rostro mostraba una mezcla de vergüenza y desconcierto, pero no la indignación que don Ricardo esperaba de un hombre justo.

Cuando Don Ricardo pasó junto a él, sus miradas se cruzaron por un instante. Los ojos de Alejandro, ahora llenos de una súplica incómoda, parecían decir: «Por favor, padre, no haga esto». Pero ya era demasiado tarde. El daño ya estaba hecho.

Al salir del restaurante, Don Ricardo se quitó el uniforme empapado en el baño, se limpió los residuos pegajosos de la cara y se puso la elegante ropa que llevaba debajo de su disfraz.

Tiraron la peluca y las gafas. Tenía el corazón roto, pero su mente —la mente del despiadado empresario— ya estaba planeando su siguiente paso. La prueba había terminado, y el veredicto fue devastador.

Al día siguiente, la mansión Alarcón, monumento al lujo y al buen gusto, estaba impregnada de una tensión casi insoportable.

Don Ricardo había regresado a casa de madrugada, sin decir palabra a nadie. Por la mañana, le envió un mensaje a Alejandro: «Necesito hablar contigo. En mi oficina. Ahora». El tono no dejaba lugar a dudas.

Alejandro llegó pálido y con ojeras. Sabía que algo terrible había sucedido, aunque no podía imaginar la magnitud. «Padre, ¿qué le pasa? ¿Está bien? ¿Por qué la llamada urgente?», preguntó, intentando parecer normal.

Don Ricardo lo miró fijamente desde detrás de su imponente escritorio de caoba. Su mirada era fría y dura, como nunca antes había visto su hijo. «Anoche estuve en El Dorado, Alejandro».

Alejandro tragó saliva. —Sí, padre. Lo sé. Sofía y yo te vimos salir. O sea, te vimos... de lejos. Pensamos que no querías interrumpirnos.

—No me refiero a eso, hijo —dijo don Ricardo en voz baja pero cortante—. Me refiero a que yo estaba allí.

Pero no como Don Ricardo Alarcón. Estuve allí como el hombre al que Sofía humilló, aquel al que le echó una Coca-Cola en la cabeza.

El rostro de Alejandro se ensombreció. Sus ojos se abrieron de par en par, la incredulidad y el horror compitiendo por controlar su expresión. "¡¿Qué?! ¡Tú eras... tú eras ese portero!"

—Fui yo —confirmó don Ricardo sin apartar la mirada—. Y vi el verdadero rostro de la mujer con la que piensas casarte.

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