Cuando doña Elvira abrió la puerta, no preguntó quién era. En el momento en que sus ojos se cruzaron con los de Santiago, el reconocimiento se asentó en su rostro como una vieja herida que se reabre. Bajó la cabeza, sin decir nada.
—Encontré la caja de metal —dijo Santiago suavemente.
Había aceptado el trabajo de cuidador de tumbas a los veinticinco años. El título sonaba sombrío, pero el trabajo en sí era silencioso y casi apacible: limpiar lápidas que ya nadie visitaba, podar la maleza donde las familias ya no venían, encender velas por los muertos olvidados. Era un trabajo honesto, de esos que solo requerían paciencia y respeto.
Cinco años antes, doña Elvira había llegado a él a través del administrador del cementerio. De inmediato, se destacó: elegante, serena, con el rostro oculto bajo un sombrero ancho y gafas oscuras, como si temiera ser reconocida incluso entre los muertos. Su petición era una tumba individual, escondida en el rincón más solitario del cementerio de San Miguel.
Las condiciones eran inquietantes.
Santiago debía cuidar la tumba como si perteneciera a su propia sangre. Debía permanecer impecable: sin maleza, sin polvo, sin descuido. Y sobre todo, había una regla inquebrantable:
Sin nombre.
"Si alguien pregunta", había dicho con una voz entrecortada por el tiempo, "díganle que es la Tumba Sin Nombre".
A cambio, ofreció diez veces el salario normal.
Y ella nunca dejó de cumplirlo. Mes tras mes, el dinero llegaba puntualmente, sin explicaciones, sin demora.
Con los años, Santiago transformó la parcela olvidada en un lugar tierno. Plantó buganvillas detrás de la piedra para que las flores florecieran incluso en el calor más intenso. Cada semana, traía caléndulas frescas. Cubrió la tierra con piedras lisas de río para que la lluvia no la arrastrara.
Sin embargo, una cosa nunca cambió.
Nunca vinieron visitantes.
Ni una sola vez.
Doña Elvira nunca regresó. Las manos afligidas no dejaron flores. La familia no susurró oraciones. La tumba permanecía sola, inmaculada y silenciosa
A veces Santiago se preguntaba quién yacía bajo aquella tierra. ¿Un criminal borrado de la memoria? ¿Un alma abandonada por el tiempo? ¿O alguien amado tan profundamente —y perdido tan completamente— que solo quedaba el dinero para proteger su descanso?
Para aliviar el peso de las preguntas sin respuesta, Santiago comenzó a hablar en voz alta mientras trabajaba.
—Los mangos están baratos este año —murmuraba mientras barría las hojas—. Supongo que no los echas de menos por ahí, ¿verdad?
“Las lluvias fueron crueles esta temporada”, decía mientras reponía la tierra. “Espero que no pases frío”.
Era su manera de llenar el silencio. Su manera de justificar el dinero que aceptó por un dolor que nunca pudo ver.
Luego, al final del quinto año, mientras regaba la buganvilla bajo un sol abrasador, una sombra cayó sobre la tumba.
Doña Elvira estaba allí.
Esta vez no lleva gafas. Solo el sombrero, que aún le oculta el rostro.
Sin decir palabra, colocó en sus palmas una pequeña caja de madera tallada a mano.
Y en ese momento Santiago comprendió que la tumba nunca había estado realmente sin nombre.
Solo esperando.
“Santiago. Hoy se cumplen cinco años. Has hecho un trabajo excelente. Eres un hombre de palabra.”
La voz de doña Elvira seguía ronca, pero temblaba levemente. Se quedó mirando la tumba un buen rato y luego se volvió hacia él.
Tengo una última petición. Dentro de esta caja hay un objeto. Mañana, con mucho cuidado, colócalo sobre la lápida, en el punto más alto, donde he dejado una pequeña marca.
Santiago recogió la caja. Quiso preguntar por la identidad del difunto, pero solo vio la mirada cansada de doña Elvira. Sus ojos reflejaban una profunda tristeza, pero también una determinación aterradora.
Haz lo que te pido. Después de eso, ya no tendrás que cuidar esta tumba. Te pagaré el contrato completo del sexto año como agradecimiento.
Dicho esto, doña Elvira se dio la vuelta y su figura desapareció entre los árboles del cementerio.
Esa noche, Santiago no pudo dormir. Rescindir este contrato significaba no solo perder una importante fuente de ingresos, sino también la sensación de perder a un amigo silencioso de cinco años. Abrió la caja de madera.
Dentro había un marco de bronce antiguo, cuidadosamente pulido. Y la foto dentro...
Santiago sintió un escalofrío. Era la foto de un niño de unos cinco años, con una sonrisa de oreja a oreja, mostrando un hueco donde le faltaban dos dientes delanteros. El niño llevaba una camisa a rayas y estaba de pie junto a una maceta de geranios en plena floración.
Santiago se levantó bruscamente, iluminando la foto con la linterna de su teléfono.
Esa foto… me resultaba demasiado familiar. Ese niño era él.
Parte III: El espejo en la lápida
A la mañana siguiente, a Santiago le temblaban las manos al llevar el portarretratos al cementerio. Lo colocó en el lugar marcado en la lápida. La foto del niño sonriente de cinco años contrastaba marcadamente con la atmósfera sombría del lugar.
¿Por qué? ¿Por qué mi foto?
Santiago rebuscó en su memoria. Recordaba esa foto a la perfección. Fue tomada durante la Navidad, cuando tenía cinco años, en el patio de su antigua casa. Su madre, una dulce mujer llamada Elena, la había tomado. Poco después, él y su madre se mudaron, dejando atrás esa casa y al padre irresponsable que los había abandonado.
Su madre le había contado que su padre, Arturo, era un alcohólico que había desaparecido sin dejar rastro. Santiago creció odiando a ese hombre al que nunca conoció.
Pero si la persona enterrada aquí era un desconocido, ¿por qué usar su foto? Si era una broma, era demasiado cruel.
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