—No sé qué hacer —continuó—. Faltan menos de dos horas para la ceremonia. No puedo casarme con esto… —señaló el vestido destrozado—. Y yo… yo fui cruel contigo. No debía haber dicho lo que dije. Es que me puse nerviosa, quería que todo fuera perfecto y… —Se tapó el rostro entre las manos.
Durante unos segundos, solo la observé. Vi a la niña que un día aprendió a caminar agarrada a mis faldas, la adolescente impaciente que siempre quería tener la razón, la mujer que hoy estaba a punto de comenzar una vida nueva.
Respiré hondo. —¿Quieres que lo intente? —pregunté finalmente.
Ella levantó la cabeza, sorprendida. —¿Arreglar el vestido nuevo?
Negué suavemente. —No. Hablo del que hice yo.
Mi hija abrió los ojos, y vi temor, duda… pero también esperanza. Caminé hacia la bolsa donde lo había guardado. Lo desplegué con cuidado. El encaje brilló bajo la luz cálida de la habitación.
—Pruébatelo —le dije.
Ella obedeció en silencio. Cuando el vestido se deslizó sobre su cuerpo, encajó con la suavidad de una caricia. Yo misma cerré los botones de la espalda, uno por uno. Cada clic sonaba como una pequeña reconciliación.
Al volverse hacia el espejo, mi hija se quedó sin palabras. El vestido la envolvía con delicadeza, resaltando su figura sin exagerar, con ese toque artesanal que ningún diseño comercial podría imitar.
—Mamá… —susurró—. Es hermoso.
Sentí un nudo en la garganta. —Siempre lo fue.
Ella se giró y me abrazó con fuerza, como hacía años que no lo hacía.
En ese instante, supe que el día, pese a todo, aún podía salvarse.
Pero lo que ocurrió durante la ceremonia superó cualquier expectativa…
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