Mariana se agachó para recoger los billetes
No porque los necesitara, sino porque no quería que mancharan el mármol prístino.
Los colocó cuidadosamente en el borde del bote de basura y dijo con calma:
Deberías quedártelos. Ese dinero… lo vas a necesitar.
Alejandro se quedó congelado por un segundo.
No había resentimiento en su tono.
Tampoco hubo ninguna súplica.
Esa calma… lo inquietaba más que cualquier reproche.
—¿Sigues haciéndote la importante? —gruñó Alejandro, volviéndose hacia Camila—. ¿Ves? Pobre, pero llena de orgullo.
Camila soltó una risa burlona y se aferró más fuerte al brazo de Alejandro, mirando a Mariana de arriba abajo con desdén.
En ese momento, un grupo de hombres con trajes negros entró en el vestíbulo.
Al frente, un hombre canoso de presencia imponente y mirada respetable, seguido de ejecutivos y un equipo de prensa.
El gerente del centro comercial hizo una profunda reverencia:
Señora Mariana, todo está listo. La presentación empieza en tres minutos.
Todo el vestíbulo quedó en silencio.
Alejandro palideció.
¿Señora Mariana? —Su voz sonó entrecortada, como si alguien le estuviera apretando la garganta
Mariana asintió levemente.
Colocó el paño en el carrito de limpieza.
Se quitó los guantes con calma.
Un asistente se acercó de inmediato y le puso un elegante blazer blanco sobre los hombros.
En cuestión de segundos, el “asistente de limpieza” desapareció.
Ahora otra mujer estaba frente a Alejandro:
Su cabello estaba suelto, su postura recta, su mirada profunda y fría.
El hombre de cabello gris dio un paso adelante y anunció con voz clara: