No terminé de escuchar.
Fue como si me hubiera caído un chorro de agua helada.
Tanya.
Esa misma Tanya, su compañera de contabilidad: silenciosa, discreta, la que siempre sonreía tímidamente cuando iba a eventos corporativos.
Retrocedí de la puerta como si me hubieran golpeado. Todo mi cuerpo temblaba. Sentí que si me quedaba allí un minuto más, simplemente me desplomaría en el suelo.
Entré en la habitación, cerré la puerta, apoyé lentamente la espalda en ella y me deslicé hasta el suelo. Sentí una opresión en el pecho tan fuerte que parecía que me faltaba el aire. Me senté con la cara hundida en las rodillas, oyendo solo mi respiración agitada y entrecortada.
Esto es lo que decían.
Esto es lo que pensaban.
Esto es lo que soy para ellos.
Una molestia. Un error. Un malentendido temporal que "aún se puede arreglar".
Y en ese momento, solo me di cuenta de una cosa.
No había vuelta atrás.
Me senté en el suelo, inconsciente del tiempo y el espacio. Parecía como si el mundo a mi alrededor hubiera dejado de existir, desintegrado en sonidos aislados: las voces apagadas de Anton y su madre provenientes del salón; el tictac del reloj en la pared; mi propia respiración temblorosa.
Solo había un pensamiento en mi cabeza: tenía que irme. Ya. Inmediatamente.
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