Ella asintió. Mientras caminaban hacia los ascensores, varios empleados se volvieron para observar aquella escena improbable: una niña pequeña en un enorme rascacielos corporativo, llevando entre sus brazos el futuro profesional de su madre.
En el momento en que las puertas del ascensor se cerraban, el teléfono de Javier vibró. Al ver el número en la pantalla, su rostro se endureció aún más.
— No puede ser… —murmuró.
Sofía lo miró, preocupada.
— ¿Es sobre mi mamá?
Javier respiró hondo antes de responder.
— Sí… y tenemos un problema muy serio.
Javier invitó a Sofía a sentarse frente a su escritorio, un espacio ordenado donde reinaban carpetas meticulosamente etiquetadas y pantallas llenas de gráficos financieros. Sin embargo, cuando abrió la carta de Laura para leerla con atención, ese orden pareció desvanecerse; la situación adquiría de pronto una urgencia humana que no aparecía en ningún informe de la empresa.
La carta comenzaba de manera sencilla:
«Si lees esto, es posible que hoy no haya podido asistir a la entrevista. No quiero que pienses que no valoro esta oportunidad. La verdad es que he hecho todo lo posible por mantenerme en pie, pero algunas batallas se libran con más dureza que otras».
Javier tragó saliva. Recordaba el nombre de Laura Morales. Él mismo había revisado su expediente la noche anterior: una mujer con sólida experiencia, excelentes referencias y años sin empleo estable debido a una pausa profesional para cuidar de su hija y de su madre enferma. Un historial impecable… hasta el momento en que tuvo que encadenar trabajos precarios.
La carta continuaba:
«Si no estoy allí, no es por falta de voluntad. Es porque anoche recibí una llamada que me puso contra la pared: el padre de Sofía, a quien no veía desde hace seis años, reapareció para reclamar derechos que nunca ejerció. Hubo un enfrentamiento. Yo terminé en el hospital y él, bajo custodia policial. Sofía presenció cosas que ningún niño debería ver».
Javier levantó la mirada hacia la pequeña, sentada al borde de la silla, con los puños apretados.
— Sofía, ¿lo que está escrito aquí es verdad?
Ella asintió lentamente.
— Pero mamá dice que todo se va a arreglar —añadió—, es solo que… ahora necesita este trabajo más que nunca.
El director cerró la carta con cuidado. El teléfono volvió a vibrar. Era Recursos Humanos, confirmando la noticia que temía: Laura Morales no se presentaría hoy y, según el reglamento, su candidatura debía descartarse automáticamente.
Pero antes de responder, Javier levantó la vista y miró a Sofía. Había en ella una mezcla de valentía y fragilidad que le heló la sangre.
— Sofía, ¿por qué viniste sola?
— Porque mamá dice que, si quiero un futuro mejor, debo aprender a enfrentar las cosas difíciles. Y… porque sé cuánto necesita este trabajo. Puedo explicarlo todo —dijo con voz fina, pero firme.
Javier se levantó, caminó hacia la ventana y reflexionó. Había trabajado toda su vida en grandes empresas. Sabía cómo funcionaban las normas. Pero también sabía reconocer el momento en que esas normas dejaban de ser justas.
Regresó al escritorio, abrió la carpeta y examinó los documentos de Laura con más detalle. Todo encajaba: sólida, responsable, comprometida. Una madre que, pese a las circunstancias, nunca había dejado de luchar.
— Sofía —dijo finalmente—, no puedo prometerte nada… pero tampoco voy a permitir que tu mamá pierda esta oportunidad sin escuchar su versión.
Los ojos de la niña se iluminaron.
— Entonces… ¿la vas a ayudar?
Javier respiró profundamente.
— Haré algo mejor: iré al hospital y hablaré con ella en persona.
En ese preciso momento, alguien llamó a la puerta de la oficina. Era un agente de seguridad del edificio.
— Señor Ortega —dijo con expresión tensa—, tenemos un problema. Hay un hombre abajo que exige ver a la niña.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.