ADVERTISEMENT

Cuando me casé con mi vecino de 80 años para salvarle la casa… ¡y terminé embarazada!

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT

—Eso ya lo veremos —respondió mostrando una carpeta llena de papeles—. Vamos a impugnar el testamento. Ese matrimonio fue un fraude.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

-¿Fraude?

—Claro. Una muchachita se casa con un viejo moribundo para quedarse con su propiedad. Historia vieja.

Raulito empezó a llorar más fuerte desde dentro. Yo lo oía, pero no podía moverme.

—Salgan de mi propiedad —dije con voz temblorosa.

Ernesto soltó una sonrisa torcida.

—Disfruta mientras puedas. Un juez decidirá.

Y se fueron.

Cerré la puerta y me derrumbé en el piso.

No lloraba solo por miedo a perder la casa. Lloraba porque era lo último que Don Raúl había dejado para proteger a su hijo. Nuestro hijo.

Esa noche casi no dormí. Me sentía sola, perdida. Mis padres vivían en otra ciudad y mis amigos tenían sus propios problemas. Miré la foto de Don Raúl en la sala.

—¿Y ahora qué hago? —susurré.

Como si pudiera responder.

Al día siguiente fui a ver al abogado que había ayudado a Don Raúl con el testamento, el licenciado Mendoza, un hombre serio de cabello blanco y mirada cansada.

Escuchó todo en silencio.

Luego dijo:

—No será fácil, pero Don Raúl dejó todo bastante bien organizado.

—¿Entonces estamos seguros?

Suspiró.

—Legalmente sí… pero sus sobrinos pueden alargar el proceso. Meses, quizá años.

Sentí un nudo en la garganta.

—No puedo perder esta casa.

El abogado me miró con suavidad.

—Lo sé. Por eso Don Raúl dejó algo más.

Sacó un sobre grueso del cajón.

—Me pidió que te lo entregara si surgían problemas.

Lo abrí con manos temblorosas.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT

ADVERTISEMENT