Ahora tengo treinta y dos años, una casa pagada, un hijo hermoso de dos años que tiene los ojos pícaros de su papá, y la historia más loca que contar en las reuniones familiares.

Al principio pensé que, después de la muerte de Don Raúl, lo más difícil sería aprender a vivir sin él. Me equivoqué.
Lo verdaderamente difícil empezó tres semanas después del funeral.
Aquel día estaba en la cocina preparando papilla para Raulito cuando tocaron la puerta con golpes secos, duros, como si quisieran tumbarla. Mi hijo comenzó a llorar en la cuna y algo en el pecho me dio un mal presentimiento.
Miré por la ventana.
Eran los sobrinos.
Los mismos que habían querido meterlo en un asilo.
Respiré hondo antes de abrir.
—¿Qué quieren? —pregunté sin invitarlos a pasar.
El mayor, Ernesto, ni siquiera saludó.
—Venimos por la casa.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza.
—La casa ya tiene dueño. Don Raúl dejó todo arreglado.
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