Cuando me casé con mi vecino de 80 años para salvarle la casa… ¡y terminé embarazada!
Todavía no puedo creer que esto sea mi vida. Déjenme contarles cómo pasé de ser la vecina solidaria a… bueno, ya verán.
Todo empezó hace dos años. Don Raúl, mi vecino de ochenta años, estaba desesperado. Sus sobrinos querían meterlo en un asilo y vender su casa. El pobre hombre lloraba en su jardín cuando lo vi.
“Don Raúl, ¿qué le pasa?” le pregunté.
“Mija, me quieren quitar mi casa. Dicen que ya no puedo vivir solo.”
Sin pensarlo mucho le dije: “¿Y si nos casamos? Así legalmente soy familia y no pueden hacer nada.”
Se quedó viéndome como si le hubiera hablado en chino. “¿Estás loca, muchacha?”
“Probablemente,” me reí, “pero es una solución, ¿no?”
Y así fue como terminamos en el juzgado un martes por la tarde. Jajajaja, la jueza nos miraba con una ceja levantada que casi se le sale de la cara.
Firmamos papeles, comimos pastel en su cocina, y yo seguí viviendo en mi casa de al lado. Éramos solo amigos, o eso creíamos…
“Señora de Hernández,” me decía él burlandose, “¿me prepara un café?”
“Don Raúl, que sea su esposa en papel no significa que sea su sirvienta,” le respondía yo muriéndome de risa.
Pero algo pasó. No sé si fue la convivencia diaria, las tardes jugando dominó, o que el viejo resultó tener más energía de la que aparentaba. Jajajaja, no voy a dar detalles porque mi mamá podría leer esto, pero digamos que… la química estaba ahí.
Un día me sentí rara. “No puede ser,” pensé. Tres pruebas de embarazo después: TODAS POSITIVAS.
“Don Raúl,” le dije temblando, “necesito decirle algo.”
“¿Qué pasó, mija? ¿Los sobrinos otra vez?”
“No… es que… estoy embarazada.”
El hombre se quedó callado. Cinco segundos. Diez. Luego soltó la carcajada más fuerte que he escuchado en mi vida.
“¡A MIS OCHENTA AÑOS! ¡Todavía funciono!” gritaba mientras bailaba por la sala. Jajajaja, casi le da un infarto de la emoción.
Ese año fue el más raro y maravilloso de mi vida. Don Raúl se convirtió en el esposo más atento del mundo. Me compraba antojos a medianoche (bueno, se dormía a las nueve, pero me los dejaba listos), me sobaba los pies, le hablaba a mi panza.
“Mijito o mijita,” le decía a mi barriga, “tu papá ya está viejito pero te va a querer mucho.”
Nació Raulito cuando Don Raúl tenía ochenta y uno. Lo vio, lo cargó, lloró como bebé. “Gracias por darme esta alegría antes de irme,” me dijo.
Un año después, Don Raúl murió dormido, con una sonrisa en la cara. Dejó todo en orden: la casa a mi nombre, ahorros para el niño, y una carta que todavía me hace llorar y reír al mismo tiempo.
“Mija, gracias por este último año. Fue el mejor regalo que me pudo dar la vida. Cuida a nuestro hijo. Y sí, la casa es tuya, pero no porque me casé contigo para eso, sino porque fuiste mi familia de verdad. PD: Dile a Raulito que su papá era un galán hasta el final. Jajaja.”
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