Al multimillonario le dijeron que a su hija solo le quedaban tres meses de vida, hasta que una nueva empleada doméstica descubrió una verdad que ningún médico había visto.

Julia imaginó el pequeño cuerpo de Luna recibiendo dosis destinadas a algo completamente distinto. El miedo se apoderó de él, pero debajo, algo más fuerte: una ira limpia y protectora.

No se lo dijo a Richard. Todavía no.
Lo había visto sentado a los pies de la cama de Luna como si su vida dependiera de ello. Pero Luna estaba en peligro, y Luna confiaba en ella.

Julia empezó a documentarlo todo: horarios, dosis, reacciones. Observaba a la enfermera. Comparó los frascos del baño con los del almacén.

Lo peor fue la superposición.

Lo que debería haberse descontinuado seguía usándose.

La mansión pareció respirar de otra manera el día que Richard entró en la habitación de Luna sin previo aviso y la vio descansando tranquilamente contra Julia por primera vez en meses. Agotado y asustado, le habló con más dureza de la que pretendía.

"¿Qué haces, Julia?"

Julia se levantó rápidamente, intentando explicarse. Pero Richard, dolido y confundido, creyó ver que se había pasado de la raya.

Entonces Luna entró en pánico.

Corrió hacia Julia, se aferró a ella con fuerza y ​​gritó con el miedo de alguien que suplicaba por seguridad:

"Mami... no dejes que grite".

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