Al multimillonario le dijeron que a su hija solo le quedaban tres meses de vida, hasta que una nueva empleada doméstica descubrió una verdad que ningún médico había visto.

Luna permitió que Julia cepillara su suave cabello nuevo. Y durante uno de esos momentos sencillos, el

El mundo se partió en dos.

Julia cepillaba suavemente cuando Luna se estremeció de repente, agarró el borde de la camisa de Julia y susurró con una voz que parecía salida de un sueño:

"Me duele... no me toques, mami".

Julia se quedó paralizada.

No por el dolor —eso se podía entender—, sino por esa palabra.

Mamá.

Luna casi nunca hablaba. Y lo que decía no sonaba casual. Sonaba a recuerdo. A viejo miedo.

Julia tragó saliva, dejó el cepillo lentamente y respondió en voz baja, ocultando la tormenta que sentía en su interior:

"No pasa nada. Pararemos por ahora".

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