Julia limpiaba. Organizaba. Ayudaba a las enfermeras a preparar los suministros. Abría las cortinas cada mañana. Doblaba las mantas con deliberado cuidado. Nunca corrió hacia Luna. Observaba desde la distancia, comprendiendo que hay soledad que no se puede tocar demasiado rápido.
Lo que más impactó a Julia no fue el cuerpo frágil de Luna ni su cabello ralo.
Fue la ausencia.
La forma en que Luna parecía presente e inalcanzable, aquí y en un lugar completamente diferente. Julia lo reconoció al instante: reflejaba el vacío que sentía en sí misma.
Así que Julia no intentó arreglar nada.
Optó por la paciencia.
No forzó la conversación. Colocó una pequeña caja de música cerca de la cama de Luna. Cuando sonó, Luna giró la cabeza, apenas un poco. Un movimiento leve, pero real. Julia leyó en voz alta desde el pasillo, con voz firme, una presencia que no pedía nada.
Richard comenzó a notar algo que no podía identificar. Julia no llenaba la casa de ruido, pero sí de calidez. Una noche, vio a Luna sosteniendo la caja de música en sus pequeñas manos, como si finalmente se hubiera permitido desear algo.
Sin palabras, Richard llamó a Julia a su oficina y simplemente le dijo: «Gracias».
Pasaron las semanas. La confianza creció lentamente
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