Excepto Luna.
Sus ojos ya no escudriñaban la habitación. Vagaban más allá de ella, como si observara un mundo que nadie más podía ver. Existía en algún lugar inalcanzable.
Desde la muerte de su esposa, Richard había desaparecido silenciosamente del mundo que una vez lo elogió. Reuniones sin asistencia. Llamadas sin respuesta. Los titulares reemplazaron su nombre con silencio. El imperio podría funcionar sin él.
Luna no.
Sus días se convirtieron en un ritual. Se despertaba antes del amanecer. Preparaba comidas que ella apenas saboreaba. Dosificaba su medicación con precisión. Anotaba cada cambio en una libreta de cuero: cada respiración más lenta, cada parpadeo que se prolongaba demasiado, como si anotarlo pudiera anclarlo en el tiempo.
Luna rara vez hablaba. A veces asentía. A veces no respondía. Casi todos los días, se sentaba junto a la ventana, observando cómo la luz caía sobre el suelo como si perteneciera a otra persona.
Richard hablaba de todos modos.
Le contaba historias que una vez le encantaron. Le contaba viajes que habían hecho. Inventaba cuentos de hadas con héroes valientes y finales felices. Hacía promesas que sabía que no podría cumplir. Aun así, la distancia entre ellos permanecía: silenciosa, invisible, insoportable.
Entonces llegó Julia Bennett.
No entró en la casa con la refinada confianza que Richard estaba acostumbrado a ver. No había una sonrisa entusiasta, ni una demostración de optimismo. Lo que llevaba en cambio era algo más tranquilo: una calma moldeada por la pérdida. Esa que solo llega después de que el dolor ya ha hecho lo peor.
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