Nadie en la finca Wakefield lo decía en voz alta. Nadie necesitaba hacerlo. La verdad flotaba en cada pasillo, se instalaba en cada rincón y presionaba cada respiración.
La pequeña Luna Wakefield se desvanecía.
Los médicos habían emitido su veredicto sin ceremonias, con voces monótonas y ensayadas, como si leyeran números de una gráfica en lugar de cerrarle la puerta a una vida. Tres meses. Quizás menos. Una línea de tiempo pronunciada una vez, que luego resonaba sin fin.
Y allí estaba Richard Wakefield —multimillonario, titán de la industria, un hombre que había pasado su vida sometiendo los resultados a su voluntad—, enfrentándose a la única realidad con la que el dinero se negaba a negociar. Por primera vez, su riqueza era inútil. Su poder no significaba nada.
La mansión era vasta, inmaculada e insoportablemente silenciosa. No el silencio sereno de la paz, sino el pesado, el que acusa. Perduraba en las paredes, te seguía a las habitaciones, se sentaba a tu lado en la mesa y te recordaba todo lo que no podías arreglar.
Richard había hecho todo lo que un padre con recursos ilimitados podía hacer. Los mejores especialistas. Tratamientos experimentales. Enfermeras privadas rotando día y noche. Animales de terapia. Música suave que se filtraba por los pasillos. Estanterías llenas de libros, juguetes importados intactos por manos pequeñas, mantas de los colores favoritos de Luna, paredes pintadas solo para ella.
Todo estaba impecable.
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