El millonario había llegado temprano a casa y casi se desplomó por lo que vio.
Durante meses, Michael Reynolds vivió en una especie de impotencia que nunca antes había conocido. El hombre que controlaba uno de los mayores imperios de la construcción de San Diego había descubierto que todo su poder, toda su riqueza, no significaba nada cuando se trataba de sanar el corazón destrozado de un niño de tres años.
Esa tarde, algo lo alejó de una importante reunión con inversores. No fue la lógica ni el plan, fue el instinto. Una voz tranquila lo apremiaba a volver a casa. La siguió.
Al abrir la puerta de la cocina de su mansión, Michael se quedó paralizado. Extendió la mano para agarrarse al marco de la puerta y estabilizarse.
Allí estaba Ava. Su hija silenciosa y sumida en el dolor. Sentada sobre los hombros de la criada, riendo mientras lavaban los platos juntas. No solo sonriendo, sino riendo. Una risa alegre y musical que no había oído desde la noche en que todo se vino abajo.
—Frota aquí, princesa —murmuró Paige, guiando las manitas de la niña—. Lo estás haciendo de maravilla.
—Tía Paige, ¿puedo hacer burbujas con el jabón? —preguntó Ava. Entonces, al ver a Michael, ladeó la cabeza—. ¿Qué pasa?
Su voz, fuerte, clara y vivaz, lo impactó como un puñetazo. Creyó que tal vez nunca más la volvería a oír.
Sus piernas se debilitaron. Desde la muerte de su esposa en el accidente de coche, Ava no había pronunciado ni una sola palabra. Los médicos le habían dicho que tuviera paciencia, que el trauma podía silenciar a un niño. Pero allí estaba ella, hablando con libertad... como si los últimos meses no hubieran sido más que una pesadilla.
Paige se giró, sobresaltado, casi dejando caer un plato.
—Señor Reynolds, lo siento, no sabía que estaba en casa.
—¡Papá! —chilló Ava, y al instante retrocedió, con la culpa reflejada en su rostro.
Michael salió de la cocina y se dirigió a su oficina, cerrando la puerta tras él. Le temblaban las manos al servirse un vaso de whisky, pero el ardor no calmó la tormenta que sentía en su interior.
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