El último día, antes de partir, toda la familia colaboró en dejar el cottage impecable. Recogieron basura, limpiaron ventanas, barrieron el patio e incluso dejaron una caja con productos para la despensa “para cuando vuelvan”, según dijeron.
Cuando al fin los coches se alejaron y el silencio volvió al valle, me senté en el porche, agotada pero satisfecha. Había sobrevivido. Más aún: había ganado respeto sin necesidad de gritar, y había demostrado —sobre todo a mí misma— que podía manejar cualquier tormenta, incluso una hecha de veinte personas.
Miré el cottage.
Por primera vez desde que lo compré, sentí que era realmente mi hogar.
Mi espacio.
Y que, después de aquella experiencia, nadie volvería a invadirlo sin que yo decidiera cómo.
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