Acababa de comprar un cottage cuando mi nuera me llamó: ‘Llegamos en dos horas con veinte familiares. Prepara habitaciones y comida; nos quedamos dos semanas.’ Yo solo sonreí… y elaboré un plan.

Pero el verdadero punto de quiebre —el que cambiaría todo— ocurrió un día de lluvia torrencial. Cuando el cottage, lleno al máximo, se quedó sin electricidad por una avería inesperada.

Y entonces todos miraron hacia mí… como si yo fuese la única capaz de sacar el barco a flote.

No sabía aún cómo, pero tenía que responder.

Cuando la luz se apagó, primero hubo un segundo de silencio absoluto. Luego, como era previsible, empezaron los murmullos.

“¿Qué pasó?”
“¿No tienes generador?”
“Mamá, no veo nada.”

Laura me miró como pidiendo instrucciones. Yo respiré profundo, manteniendo la misma serenidad que había usado desde el primer día.

“Calma. Esto pasa seguido en la zona cuando llueve fuerte. Tengo linternas en un armario. Denme un minuto.”

Las encontré y las fui repartiendo. Con la luz tenue iluminando caras inquietas, el cottage parecía incluso más pequeño.

El problema no era solo la oscuridad. El refrigerador había dejado de funcionar, el agua caliente también, y los cargadores de los teléfonos quedaban inútiles. En un grupo de veinte personas, eso era territorio fértil para el caos.

Pero, contra todo pronóstico, ocurrió lo contrario.

Un tío de Laura, Ramón, sugirió improvisar una cena fría con lo que quedaba en la despensa. Su esposa organizó un “picnic interior”, como lo llamó: extendieron mantas en el piso del salón, colocaron velas (seguras), y repartimos pan, queso, frutas y galletas. La escena, lejos de ser un desastre, tomó un ambiente cálido y casi íntimo.

Los niños, fascinados con la oscuridad, inventaron juegos. Uno de los jóvenes tocaba guitarra. Las conversaciones, sin pantallas de por medio, fueron más sinceras de lo habitual. A mitad de la noche, la madre de Laura —que siempre había sido crítica— se sentó a mi lado y dijo:

“Te admiro. Yo en tu lugar hubiera echado a todos hace días.”

Me reí.
“Yo también habría querido hacerlo, créame. Pero no habría servido.”

Ella suspiró.
“Laura a veces no piensa en lo que implica organizar algo así. Pero veo que manejaste todo con una calma… envidiable.”

Fue la primera vez que sentí que realmente valoraban mi esfuerzo.

La electricidad regresó al amanecer, pero algo en el ambiente ya había cambiado. Las personas que habían llegado como si la casa fuera un hotel distinto al suyo, comenzaron a actuar con verdadera consideración. Dejaban la cocina limpia sin que yo lo recordara, salían a caminar en grupos pequeños para no abarrotar el salón, e incluso un primo reparó voluntariamente una bisagra que estaba suelta en la  puerta del patio.

Una noche, faltando pocos días para su partida, Laura se acercó conmigo mientras yo regaba las plantas.

“Sé que fue un abuso venir tantos. No pensé en lo difícil que sería para ti.”

“Lo sé. Pero también aprendí que si no pongo límites, nadie los pone por mí.”

“Estuve cerca,” respondí con una media sonrisa. “Pero me alegro de no haberlo hecho.”

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