Los años pasaron sin darse cuenta. La boda, un pequeño apartamento de dos habitaciones, el primer hijo tan esperado, luego el segundo. Víctor trabajaba mucho, a veces se quedaba hasta tarde en las obras, pero siempre regresaba a casa. Y Ana sabía que lo hacía por la familia. Ella, por su parte, se entregaba a los niños ya la escuela, donde enseñaba literatura. En su hogar a menudo sonaban las risas, el aroma de repostería casera y las conversaciones tranquilas durante la cena.
Discutían como todos. Pero se reconciliaban rápido. Víctor nunca salía de casa sin decir “Perdóname”. Con el tiempo tuvieron nietos. La casa se llenó nuevamente de ruidos alegres, de voces infantiles. Víctor se volvió más tierno. Pasaba horas con gusto con los pequeños. Les construíaitas de juguete, reparaba cochecitos rotos, le enseñó al nieto a usar el martillo. Ana lo observaba y pensaba: "Ese es él, un verdadero padre y abuelo. ¿Podrían haber soñado con algo mejor?" Pero nada es eterno.
Hace algunos años, la salud de Víctor comenzó a fallar. Primero un ligero cansancio, luego problemas cardíacos. Ana insistía en los cheques médicos. Él se encogía de hombros. Vamos, no será nada. Pero la enfermedad lo alcanzó rápida y despiadadamente. Los últimos meses ya no podía levantarse solo de la cama. Ana lo cuidaba día y noche, cambiaba las sábanas, preparaba comida dietética, le tomaba la mano. Cuando el dolor se volvió insoportable, Víctor a menudo la miraba largamente, como si quisiera decir algo, pero se detenía media frase.
Gracias. Era lo único que susurraba. Ella respondía, no me agradezcas. Siempre estamos juntos. Y realmente creía conocerlo hasta el mínimo detalle, pues habían caminado juntos casi toda la vida. El día que su corazón se detuvo, Ana estaba sentada junto a él, sosteniendo la mano de su esposo en la suya. La habitación estaba en silencio, solo el tic tac del viejo reloj y una respiración débil. Se inclinó y susurró: “Te amo, Víctor”. Y sintió como sus dedos se aflojaban lentamente.
El mundo de Ana se derrumbó en un instante. La casa se volvió demasiado vacía. Las cosas de Víctor permanecían en su lugar. Sus lentes sobre la mesita de noche, una camisa en el respaldo de la silla, un libro a medio leer. Todo le recordaba a él y cada detalle le causaba dolor. Vecinos y familiares venían a consolarla. Decían, “Vivieron una vida maravillosa”. Pero Ana no encontró consuelo. No había perdido solo a un esposo. Había perdido la mitad de sí misma.
Continúa en la página siguiente:
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.